Cambio de Rueda
El violador soy yo
Santiago Roldós

Santiago Roldós

Actor, escritor, director y profesor, cofundador del grupo Muégano Teatro y de su Laboratorio y Espacio de Teatro Independiente, actualmente ubicado en el corazón de la Zona Rosa de Guayaquil. A los cinco años pensaba que su ciudad era la mejor del mundo, pero entonces también creía en Dios y en Barcelona Sporting Club. 

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5 Dic - 19:00

Te hablo a ti, hermano hombre.

Salesiano, presbiteriano, testigo de Jehová; agnóstico libertario, marchito marxista, machito leninista; avezado publicista, hípster cavernícola, barcelonaemelecista, etcétera. 

Lamento informarte que te has retratado, parafraseando a uno de los más populares referentes de nuestro patriarcado, de un sólo toque.

Apenas realizada la réplica de la acción política teatral de la colectiva chilena Las Tesis en Guayaquil, te calzaste el guante de ‘Un violador en tu camino’ (‘El violador eres tú’), y comenzaste a confirmar uno a uno cada uno de sus versos. 

Cual boxeador grogui a punto de caer, a las mujeres maduras las llamaste viejas, a las jóvenes planas y sin tetas, a las viejas ridículas, a las más pequeñas marionetas, y a todas juntas amargadas.

¿Por qué? Por no conseguir un buen trozo de verga que las serene, al estilo de lo que imaginas, y por lo visto añoras, pasaba con tu madre y tus abuelas, reducida tu propia condición a la de un consolador, colonizada tu mente por la pornografía que te educó y hoy sigue educando, en sexo, política, religión y afecto. 

En el clímax de tu gratificante y ciega ultra violencia (créeme, has dejado todo complemente claro), calificaste a algunas de ‘inviolables’, revelando la alta estima que sientes por tu crimen predilecto. Muchas de ellas te contestaron, no como te merecías, es decir con la cárcel (Las Tesis ya nos explicaron que el Estado es el primer violador), sino como se lo merecían ellas. 

Por ejemplo: ojalá mi tío hubiera pensado como tú, tal vez así no me hubiera violado de niña, o cuando tenía 12 y 15 años. Y esa chica cerró con tal entereza tu hocico que no deberías volver a abrirlo, al menos hasta que un buen análisis te permita desbaratarte y armarte de nuevo, no sé si te atrevas. 

Pero no, como en la canción del Rey, aun afuera, extraviado y en la mierda, crees tener la obligación de seguir cantando tu mísera ranchera, y en cuanto comenzó a circular un video con una mujer haciendo el 69 con un estríper, lo tuviste claro: qué dirán ahora las zorras del performance, y te lanzaste a restregarles algo sin sentido. Mamar es un derecho, igual a no hacerlo. 

Entre las figuras machistas de la frígida y la zorra con que estigmatizas y violentas uno de los momentos más serios y emocionantes de la historia de la emancipación, no tienes idea del caudal de diferencia y diversidad realmente existente en estos movimientos. 

Me temo, hermano hombre, que estamos superados, y tenemos un justificado miedo, como el que yo experimenté a los cinco años, cuando viendo y escuchando a los hermanos de mi madre en su gimnasio improvisado en casa me pregunté, con absoluta claridad, ¿eso es ser hombre? ¿Es eso lo que yo debo ser de grande?

O como cuando tenía doce, y lograba escabullirme, entre otras cosas gracias a la compasión que incluso entre los machos despertaba mi orfandad, de los padres de familia que en nuestra escuela católica, apostólica y romana organizaban expediciones a prostíbulos para ayudarnos en nuestro ‘crecimiento’. 

Es literal: toca deconstruirnos, y asumir que nosotros también hemos tenido violadores, ejemplarizantes, en nuestro camino.

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