Una Habitación Propia

“Así va a ser más fácil graduarme”

Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

27 Ene 2022 - 19:00

Leyendo las noticias de nuestro país, me encontré con un artículo de Yadira Trujillo en el que la periodista habla de un estudio realizado por la Cooperación Técnica Alemana y su proyecto PreviMujer. El trabajo se titula “De la evidencia a la prevención: Cómo prevenir la violencia contra las mujeres en las universidades ecuatorianas”.

Inmediatamente, me vino a la cabeza el profesor de Estudios Ecuatorianos que, después de ponerme una nota bajísima, me invitó a tomar una cerveza en Las Peñas para conversar sobre mi rendimiento.

No fui. Estudiando como una salvaje pasé con las justas. 

Mucha gente en la Escuela de Literatura, la Facultad de Filosofía y Letras, e incluso la Universidad Católica, sabía del comportamiento inadecuado, por decirlo suave, de este individuo. Ya había pasado antes y volvería a pasar. Me parece que después de unos años avanzó más con una alumna que sí lo denunció y solamente entonces lo despidieron.

Estoy hablando de hace más de veinticinco años, esos oscuros tiempos antes del #metoo. Ninguna denunciaba porque el mal era para ella: se quedaría en esa materia y tendría que repetirla al año siguiente, posiblemente con el mismo sinvergüenza.

En esos tiempos se creía más a los hombres, se sigue creyendo más a los hombres, pero al menos ahora estamos unidas contra el acoso, tenemos las redes sociales y las redes sororas, nos tenemos una a la otra y es vergonzante para una institución que su nombre se vincule a solapar conductas inapropiadas de profesores contra alumnas.

O, al menos, era lo que yo pensaba.

Veintiocho mil personas, entre estudiantes, profesores y administrativos de dieciséis universidades públicas y privadas participaron en el estudio.

Una de cada tres estudiantes universitarias ha sido agredida por algún miembro de la comunidad universitaria. Han sido diez ocasiones, en promedio, en el último año. 

Una de cada tres. Diez veces.  

En los últimos doce meses, además, una de cada tres estudiantes reporta haber sido agredida por su pareja o expareja desde que está en la universidad. Dieciocho veces, en promedio, en el último año.

Las docentes y las administrativas han compartido cifras similares.

Que los profesores, compañeros y administrativos acosan sexualmente a las estudiantes universitarias lo sabemos todos y todas desde que accedimos a la educación superior hasta el día de hoy.

Que muchas de nuestras parejas o exparejas preferirían que no fuéramos a la universidad y que, debido a eso, la violencia escala a niveles catastróficos también lo conocíamos perfectamente.

Una mujer cultivada es una mujer más difícil de someter.   

Una universitaria tendrá eventualmente los recursos para no depender de un hombre y, por lo tanto, podrá independizarse cuando asomen el maltrato, la humillación, el acoso, los celos enfermizos.

Sabíamos todo: lo que no teníamos eran las cifras. 

Según el reportaje de Yadira Trujillo y los datos de la investigación, muchos días de productividad académica se pierden debido a la violencia contra las mujeres. Las estudiantes pierden once días al año cuando son atacadas por sus parejas y casi trece días cuando son agredidas por otros integrantes de la comunidad universitaria. 

La cifra es mucho mayor cuando sufren, al mismo tiempo, ambos tipos de violencia, llegando a casi veintinueve días desaprovechados al año.

Un mes detrás de otros compañeros y compañeras.

Y lo que queda por procesar y sanar. Y lo queda de trauma. Y lo que queda de terror cuando ves a diario a quien te ha agredido o te ha acosado. ¿Eso quién lo mide?

Aquí viene, quizás, el dato más siniestro: el apoyo de compañeros y compañeras frente al acoso y la violencia contra las estudiantes.

Según el estudio, el 56% de las mujeres y el 77% de los hombres acepta implícitamente la subordinación de las mujeres. El 38,3% de mujeres y el 47,1% de hombres acepta implícitamente la violencia contra las mujeres. 

El 35,8% de mujeres y el 32,4% de hombres justifica explícitamente la violencia contra las mujeres. El 38,8% de mujeres y el 58,2% de hombres culpa a las mujeres de la violencia sexual.

Y el 32,8% y el 53,1% de hombres tienen una imagen misógina de las mujeres. Lo mismo se ha evidenciado en profesores y personal administrativo.

Por espeluznante que suene, las cifras son las que son. Es lo que tienen las matemáticas: reflejan sin filtros las realidades inmundas.

En una encuesta a casi 30.000 estudiantes universitarios de nuestro país, las mujeres tenemos conceptos, justificaciones y percepciones que se acercan a las de los hombres.

Ya quisiera yo ver que el 0% de las mujeres piensa que las mujeres son inferiores, que el 0% de las mujeres justifica explícitamente la violencia contra sus pares, que el 0% de las mujeres culpa a las otras de la violencia sexual que se ha ejercido contra ellas.

No es así.

El patriarcado, bestia perversa de mil cabezas que se regeneran, ha calado tan hondo en nuestro ser privado y público que las unas a las otras nos llamamos fáciles y tentadoras cuando un profesor nos acosa. Otra vez la misma cantaleta: la minifalda, el lápiz de labios, la sonrisa perversa, los zapatos de taco.   

Hagan lo que hagan ellos, las mujeres, incluso las mujeres, lo justificarán con un “ella lo provocó” y mirarán hacia otro lado pensando que ellas no tienen nada que ver con eso, que gracias a dios son puras e inocentes y a las puras e inocentes no les pasan esas cosas.

Yo era pura e inocente en mi primer año de universidad y un profesor me invitó a una cita para subirme la nota.

¿Cómo se explica que un alto porcentaje de chicas universitarias justifiquen la violencia sexual? Es así como nos han criado, como hemos crecido, como nos hemos formado a nosotras mismas.

Ellas y nosotras. Las buenas y las malas. Las putas y las puritanas. Las niñas bien y las niñas mal.

¿De dónde lo sacamos? De la religión: de Eva, la tentadora, la mala, la víbora. De nuestros padres: protege el himen, hazte la difícil, no conseguirás marido si alguien piensa que te has acostado con alguien antes del matrimonio.

De la sociedad: la que es acosada sexualmente de alguna manera se lo buscó solita. Algo hizo. Los hombres no violan ni acosan porque sí, hay que darles motivo y, si das motivo, te lo mereces.

Si no existe el motivo lo buscarán: tú te sentabas en primera fila no porque quisieras aprender, sino porque querías que el profesor te viera las piernas, las tetas, la mirada mórbida.

El estudio es aterrador porque aterradora es nuestra sociedad. Que las chicas no nos defendamos entre nosotras significa que el camino apenas ha empezado, que el trabajo de las feministas de Ecuador fue, es y va a seguir siendo dar palazos en la frontera del país más poderoso del mundo: el patriarcado.

La derribaremos, la desmontaremos, no tengo dudas.

Pero leo las cifras del estudio con el corazón encogido, con ganas de despertar a las chicas de la burundanga del machismo, con más rabia que nunca.

Pero la rabia, ya lo sabemos, nos hará dar palazos más fuertes a la puerta del machismo institucionalizado y, quién sabe, pronto habrá una generación que logre tumbarlo.

Mientras tanto, seguimos aquí, peleándola.

No hay ningún poder en el mundo que nos haga retroceder.  

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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