Tragaluz
Virgilio Hernández en pie de guerra y Cynthia Viteri se trepa al carro de la protesta
Felipe Burbano de Lara

Felipe Burbano de Lara

Sociólogo, doctor en Ciencia Política de la Universidad de Salamanca. Durante 12 años adquirió destrezas en el periodismo. Empezó como redactor económico en el Diario Hoy, donde llegó a ocupar el cargo de Director General. Tras cursar estudios de postgrado en la Universidad de Ohio, se desempeña como profesor investigador de Flacso (Ecuador).

Actualizada:

6 Oct 2019 - 19:00

Las violentas protestas de la semana pasada dejarán algunos damnificados políticos por la audacia y el oportunismo de sus declaraciones. “Por la boca muere el pez”, dice el adagio marinero. 

De todos los políticos correístas, fue Virgilio Hernandez quien lanzó el grito de guerra más sonoro, con tambores y cañonazos. “Hay que dejarle una sola disyuntiva a Lenín: ¡Se cae el paquetazo o se cae el Gobierno!(…)”. ¡Wow! El buen revolucionario lanzado con todo en contra del traidor.

Inmediatamente, vino el llamado a la revuelta: “hay que organizar (la) resistencia en cada esquina. Se viene el estallido”. Solo faltaron las trincheras, los fusiles y las balas.

Los correístas pusieron el momento político en un punto dramático de relación de fuerzas, se jugaron todo. ¿Y si no cae el gobierno y el paquetazo sigue? Será una derrota social enorme para ellos.

Por lo pronto, ya recibieron un primer revés con la suspensión del paro anunciada por los transportistas.

Las declaraciones de Hernández muestran todo lo que se jugaba con el esperado ajuste: la credibilidad del correísmo, su capacidad de movilización, y sus afanes desestabilizadores, frente a la credibilidad del gobierno de Moreno y de quienes piensan que hoy enfrentamos las consecuencias de una década de despilfarro, corrupción y absusos de poder. Un duelo ideológico y de credibilidad.

Hernández quiere lavar la cara de los correístas, manchada por todos lados, erigiéndose como el crítico mayor del ajuste. Levantó el fantsama de la escalada de precios y del costo de vida para alejar la mirada del pasado. Se equivoca el buen revolucionario. 

Su coidearia, la inefable Gabriela Rivandeneira, panflateria número uno, caja de resonancia de cuanta frase de izquierda emerge en el escenario, remató el estribillo radical: “las calles son el espacio para demostrar el descontento de las mayorías”.

Y luego, en lenguaje militar, proclamó “la unidad de la esperanza” para detener la “avanzada neoliberal”. 

¡Patria libre o muerte, venceremos!

Y mientras los correístas llamaban a la insurrección en cada esquina, en cada calle, desde el Sillón de Olmedo Cynthia Viteri se trepaba rápidamente sobre el carro de la protesta social, en un gesto sorprendente de oportunismo, superficialidad política e irresponsabilidad.

En la práctica -dijo Viteri- el gobierno ha decretado el aumento de los precios de los pasajes. En la práctica -añado yo- Viteri no quiere verse enfrentada a esa decisión que le corresponde como alcaldesa de una ciudad que maneja el transporte público. 

Doró su píldora demagógica con una frase sonora pero hueca y mal intencionada: “escondieron la serpiente en un canasto de manzanas”, dijo.

Ella entiende la política como un juego entre los que mienten y los que dicen la verdad, entre los que engañan y los que desenmascaran el engaño. Juega a ser la heroína de los pobres. 

Su argumento, poco sustentable, es el mismísimo de Virgilio Hernández y de Rivandeneira: se afectará el bolsillo de los ecuatorianos.

El problema no es ese, porque el bolsillo se viene deteriorando desde que el Estado se quedó sin recursos, sino cómo se rompe el círculo vicioso de una economía asfixiada por el déficit fiscal.

Que otros asuman el costo de la crisis, a mi déjenme en paz en mi ciudad, que otros asuman el país entero. 

Ojalá la crisis y las protestas violentas dejen damnificados políticos entre los que quieren lavar su cara manchada, y los oportunistas, calculadores de mezquinos intereses políticos. ¡Ojalá así sea para irnos desintoxicando de héroes, traidores y candidatos/as a nuevos mesías!

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