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Columnista Invitado

La máscara democrática ecuatoriana… y Habermas

Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

Actualizada:

18 mar 2026 - 05:50

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A Jürgen Habermas se le debe reconocer el haber logrado salir de la ingenuidad con la que sus maestros —de la escuela de Frankfurt— criticaron la democracia liberal y el capitalismo moderno.

Me explico: cuando Theodor Adorno y Max Horkheimer huyeron de la Alemania nazi hacia Nueva York —resulta paradójico que aquellos marxistas hayan corrido al corazón del capitalismo en lugar de procurar refugio en algún país comunista—, se dedicaron a buscar al nuevo protagonista conceptual para su propuesta revolucionaria. Pero había un problema; los proletarios norteamericanos tenían niveles de vida tan elevados que se asemejaban a las clases acomodadas de Europa. ¿Qué hacer en ese caso? Los intelectuales necesitaban una masa oprimida a la que su propia versión del marxismo pudiera redimir.

No les llevó mucho tiempo reinventarse. Pronto concluyeron que el ciudadano de clase media estadounidense estaba siendo brutalmente esclavizado por… la mala música. El pop, el jazz, las canciones de amor; enajenaban el corazón de los hombres convirtiéndolos en objetos del capitalismo que los manipulaba desde una todapoderosa razón instrumental (no, no estoy siendo irónico, esa es una de sus tesis más importantes). Hace cien años el proletariado estaba alienado porque no podía comprar mercancías, pero en la segunda mitad del siglo XX, para Adorno y Horkheimer, la ecuación se invirtió: el hombre occidental estaba siendo alienado porque consumía demasiado. Mirar telenovelas y apreciar películas serie B eran señales claras de su servidumbre a un sistema opresor.

Otros pensadores de la misma escuela, como Herbert Marcuse, llegaron a culpar a la ciencia y la tecnología de ser herramientas ideológicas a manos de un capitalismo insaciable que anhelaba reducir a los humanos a la esclavitud del consumo. Desde esa perspectiva, la efectividad de los insumos técnicos escondía un afán oculto: encadenar a las masas. Si el auto arrancaba, el televisor se encendía, o la pastilla de paracetamol bajaba la fiebre del niño, aquello obedecía a una especie de lógica conspirativa de los grandes capitales del mundo, para oprimir a la especie humana.

  • Sin ciencias sociales y humanidades, el cambio no llegará

Para los pensadores antes mencionados, y varios otros maestros intelectuales de Habermas, la democracia liberal cumplía un rol instrumental al de los intereses del capitalismo moderno. Lo legitimaba. Lo convertía en un modelo aceptable, aunque finalmente, y de forma fatal, este se despojaría de su máscara y traería de vuelta al fascismo. Las mejoras ofrecidas por la Ilustración, los beneficios del consumo, el crecimiento económico de las sociedades modernas, no serían más que un engaño histórico. Según ellos (siempre según ellos) la historia no hace sino  empeorar, aunque los usuarios de las sociedades contemporáneas occidentales (con niveles de pobreza notablemente menores que antes, acceso a información y educación nunca antes vista, y esperanza de vida cada vez más alta) no se hayan dado cuenta.

La escuela de Frankfurt intentó rescatar a un marxismo teórico despedazado por la fuerza de la realidad durante el siglo XX. Creó una supuesta teoría crítica que reaccionó ante la prosperidad creciente de los grupos humanos sobre los cuales Marx había vaticinado la ruina inminente. Y no solo que aquella ruina no llegó, sino que las mismas sociedades occidentales sobre las que Marx teorizó, bajo el sistema económico que él mismo criticó, terminaron convirtiéndose en espacios de rápido desarrollo económico y social. Por eso la teoría crítica cambió de estrategia, ahora cuestionaba el consumo y la prosperidad. Contra todo pronóstico aquellas ideas, fantásticas por su ingenuidad, tuvieron un amplio recibimiento en Occidente por parte de intelectuales deseosos de buscar culpables, incluso sobre aquello que mejoraba.

Pero Habermas era intelectualmente honesto. No desechó la necesidad de cambios en las sociedades modernas, indudablemente lejos de cualquier forma de perfección. Tampoco perdió la esperanza en las utopías. Siguió abrazándolas, pero no cayó en la tentación de tratar a sus lectores como marionetas a las que se les podía aturdir con relatos ridículos camuflados en lenguajes complejos (que es lo que habían hecho Adorno, Horkheimer, Marcuse y muchos otros). Habermas dijo la verdad: las cosas podían mejorarse notablemente en las democracias modernas, pero se requería trabajo duro y compromiso por parte de la gente común. Las instituciones eran falibles, pero podían repararse.

Lo primero que hizo fue tomar algunas ideas que había heredado de sus colegas, pero despojándolas de su rol de pasquín ideológico. No es mentira que existen fuerzas que tratan de cosificar a los seres humanos (aunque aquel concepto no fue un invento de la escuela de Frankfurt, sino que llegó desde Heidegger). Esas fuerzas generalmente actúan como sistemas. Las versiones automatizadas de la política y la economía tratan de colonizar los espacios vitales de la gente. Convertirlos en clientela —electoral o comercial—. Habermas propuso que los humanos debían defender su autonomía, pero esa autonomía solo podía entenderse desde una perspectiva lingüística. El consenso de todo lo decible constituye una esfera de libertad. La libertad en sí misma es un fenómeno del habla (por eso debes tener cuidado con los grupos que tratan de controlar tu lenguaje).

Una sociedad verdaderamente democrática será capaz de librar el accionar político de la cosificación, la manipulación, y la burocracia impersonal. Esa misma democracia podría sacar a la economía de un mero juego de intereses de quienes tengan más fuerza que otros. Para ello se necesita crear espacios vitales (mundo de vida) donde cada decisión pueda escapar de la gravedad de los sistemas y se vuelva orgánica.

  • Lo más radical es ser moderado

Para ello Habermas exige que los medios de comunicación estén libres de todo control, ya sea ideológico, político, o comercial. Que la intelectualidad pueda actuar con autonomía, sin presiones -ni políticas ni económicas- y que surja una verdadera sociedad civil, completamente independiente de caudillos dogmáticos o de gerentes empresariales con agendas únicas.

La democracia moderna tiene vicios innegables y Habermas lo sabía. Por ejemplo, la notoriedad pública de temas de interés, e ideas atractivas, muchas veces se usan para exaltar a los caudillos o manipular a las masas. ¿El antídoto? Una forma de democracia deliberativa donde la esfera pública -sociedad civil, academia, medios de comunicación, etc-   pueda formar parte de las decisiones cotidianas, no solo por su capacidad de alzar la voz sino de hecho por su poder para ser parte del círculo de decisiones normas y rumbos de la sociedad. Lo mismo con la economía, sacándola de su rol de objeto y atrayéndola al ámbito de lo vital y lo participativo. Por supuesto, una utopía. Pero una utopía mucho más factible y realizable que los pesados proyectos ideológicos tradicionales que inevitablemente terminan en el autoritarismo.

La resquebrajada democracia ecuatoriana es un buen ejemplo de por qué las ideas de Habermas siguen constituyendo un proyecto deseable. Una especie de horizonte a seguir.

Ecuador tiene una vistosa máscara democrática. Nos inventamos instituciones para gestionar el accionar de la sociedad civil -una función de estado autónoma y un CPCCS-, tenemos normas como la Ley de participación, así como herramientas e instancias participativas en la Constitución. Gozamos de un pesado aparataje burocrático e institucional para que esa democracia funcione, y sin embargo nuestro sistema político sigue siendo fallido.

  • Democracia sin guardianes: Ecuador frente al vacío ético

El dichoso CPCCS se convirtió en un torpe nicho partidista que ha beneficiado al caudillo político de turno desde que se creó, hasta nuestros días. Las normas y leyes sobre participación no son más que grises saludos a la bandera que sirven para adornar ceremonias y aumentar la burocracia. Los mecanismos de “democracias directas” como las consultas populares y los referéndums fueron usados por líderes populistas para acentuar sus agendas, y terminaron convirtiéndose en torpes encuestas de popularidad del presidente de turno ante una ciudadanía apática y tácitamente analfabeta en temas de cultura política.

La política ecuatoriana sigue siendo un campo dominado por personalismos y los movimientos políticos demuestran una ignorancia y una torpeza en asuntos públicos que solo es comparable con la de la misma ciudadanía de la que pretende beneficiarse.  La llegada de las redes sociales mostró la falsa esperanza de debates públicos más amplios, pero no hizo más que darle plataforma a personajes que terminaron jugando el mismo rol manipulativo que los caudillos tradicionales, o disolviendo los temas nacionales en simples dicotomías de blanco versus negro.

La democracia ecuatoriana no solo es imperfecta sino casi fallida. La corrupción, la inseguridad, los personalismos y el uso de posiciones políticas para beneficio de agendas particulares la mantienen postrada.

La utopía soñada por Habermas propone pasos que muchos podrían considerar sencillos y triviales, pero que siguen constituyendo un horizonte de lo que se podría lograr potencialmente.  No propuso quemar una ciudad entera a nombre de ideologías violentas, no exigió la instauración de un partido único donde los líderes sociales sacralizados por dogmas tomen el control completo y deshagan la frágil democracia liberal, y no propuso la expropiación de medios privados de producción. Su planteamiento consistía en incluir a cada individuo en un sistema orgánico que interactúe con los demás desde una lógica comunicativa libre, a fin que las instituciones democráticas puedan recibir la resonancia de los grupos civiles, y donde las libertades básicas puedan emancipar el accionar de periodistas, académicos, líderes sociales y artistas en lo que el mismo autor alemán llamó “mundo de la vida”.

La arquitectura intelectual de Habermas plantea varias soluciones, de las que las democracias resquebrajadas, como la ecuatoriana, podrían echar mano. Esa es la revolución que aquel intelectual soñó. Sin embargo, es difícil de consolidar no solamente porque confronta los errores de los líderes políticos y de la economía, sino principalmente porque desnuda los defectos de todos nosotros. Los ciudadanos que siempre hemos sido parte del problema por nuestra propia apatía e ignorancia.

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