En sus Marcas Listos Fuego
Queridísimo doctor Suing
PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.
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Queridísimo porque usted sabe cuánto lo quiero. Queridísimo porque a usted le consta cuántos abogados creemos en su honestidad, decencia y probidad.
Queridísimo, además, porque llevo horas intentando conjugar ese adjetivo en pasado y no he sido capaz. ¿O se lo conjuga simplemente diciendo que ya me resulta imposible quererlo querer?
Es que doctor Suing, qué rápido cedió usted ante los cabildeos y qué lento reaccionó usted ante el fenómeno Godoy.
Es usted, y solamente usted, el causante de que ese oscuro personaje sea el presidente del Consejo de la Judicatura. Es usted, y solamente usted, el que por una cuestión básica de honorabilidad pudo decir “no” y este bochorno en la justicia del Ecuador no hubiese siquiera comenzado.
Es usted, doctor Suing, el ser humano habilitado a equivocarse, pero propenso a remediar sus culpas; contó con múltiples minutos, horas, días y hasta semanas para hacer lo correcto: quitarle el respaldo a Godoy, como lo hizo en su momento Saquicela con Wilman Terán.
Pero calló. Cuando abrió la boca, tartamudeante, buscó excusas. Cuando le exigieron respuestas, las evadió. Cuando le pedimos que haga lo correcto, nos ignoró.
Y hoy, usted, quien antaño fuese un perseguido político, traicionó a sus apellidos, esos que con tanto ahínco y esfuerzo llevó a lo alto, para ahora desplomarse como el coloso en el que nunca se convirtió.
Y por no dar la espalda al defensor del narcotráfico hoy no le queda otra opción que renunciar. Y me rompe el alma.
Me rompe el alma ver a un hombre de su entereza y decencia arrodillarse ante el poder. Me rompe el alma, y en mil pedazos, ver a un jurista de su talla enterrar al Derecho con paletadas de política.
¡Carajo! Que me rompe el alma escribirle esta columna a un tipo al que aprecio tanto.
Pero no me rompe el alma decirle públicamente que usted, mi queridísimo doctor Suing, es un pusilánime.
José Dionicio Suing Nagua. Dionicio. El filósofo que tanto influyó en Santo Tomás de Aquino.
Usted, queridísimo, ¿en qué influyó? En colocar en la cabeza del Consejo de la Judicatura a un abogado con nexos jurídico-familiares con Fito y Rasquiña. ¡Good job! ¡Qué grande le quedó el segundo nombre! ¡Y que grande le quedó el puesto!
¿Y nos dice que le falló el perfilamiento? A un hombre de su estirpe profesional, ¿cómo diantres se le pasó por las galletas datos tan relevantes?
¿No es hora de decir la verdad? Usted no decidió ese nombre. A usted se lo impusieron. Es que digamos la verdad: el hombre que toda una vida luchó por el Derecho y la Justicia finalmente claudicó ante la Política y el compadrazgo.
¿Cuántos años tiene ya, queridísimo amigo? ¿Cuántos años acaba de botar a la basura?
Y lo curioso, lo más curioso, es que aún le quedan escasos segundos para hacer lo correcto, o al menos los rezagos que quedan de lo correcto.
Así que hágame el favor de cerrarme la boca. Tenga los cojones de aceptar que se equivocó y de decirme así, de un sopetón, que esta columna deberé esconderla con bochorno. Tenga las agallas de demostrarme que soy injusto con usted.
Hasta eso, gran jurista, hasta eso serán sus hijos quienes tendrán que cargar con un apellido mancillado.
Cordialmente,
Felipe Rodríguez Moreno
Un abogado que creyó siempre en usted.