Tablilla de cera
La guerra de Putin entra a su quinto año ¿Cuánto más puede durar?
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Cuando Rusia lanzó su invasión a Ucrania en febrero de 2022, nadie predijo que se convertiría en una guerra de desgaste que duraría varios años. Pero anteayer ya comenzó el quinto año de este abominable conflicto sin que haya esperanzas reales de un acuerdo de paz.
Al inicio, la mayoría de los analistas aseguraba que Rusia aplastaría a Ucrania en pocos días o, a lo más, semanas. En el Ministerio de Relaciones Exteriores del Ecuador, el canciller Juan Carlos Holguín se metió de cabeza en tratar de sacar al sorprendente número de ecuatorianos, la gran mayoría jóvenes, que vivían en Ucrania (lo que lo logró, con éxito reconocido), pero, a la vez, en los análisis que se hicieron, apareció la posibilidad cierta de que Ucrania resistiría mucho más de lo que la prensa internacional predecía.
Para Ucrania la guerra ha sido calamitosa. Pero para Rusia también ha sido ruinosa al obtener logros mínimos a un costo superlativo. Según un informe del Center of Strategic and International Studies:
- las bajas de Rusia sobrepasan 1’200.000, más que las de cualquiera de las potencias que intervinieron en la II Guerra Mundial;
- con las tasas actuales, las bajas combinadas de Rusia y Ucrania podrían alcanzar los 2 millones para la primavera de 2026;
- tras tomar la iniciativa en 2024, las fuerzas rusas han avanzado a una tasa promedio de entre 15 y 70 metros por día en sus más importantes ofensivas, más lento que casi cualquier campaña militar ofensiva en cualquier guerra en los últimos 100 años.
A la vez, la economía rusa está muy tensionada, con su manufactura con un crecimiento anémico de 0,6 % en 2025, y sin ninguna firma tecnológica que sea competitiva mundialmente para impulsar la productividad a largo plazo.
La esperanza de Putin de que Trump fuerce a Ucrania a ceder territorio, que en algún momento parecía probable, hoy lo es menos, aunque el apoyo de EE. UU. a Ucrania siga estando en mínimos.
Lo que pasa es que Vladimir Putin está atrapado en un dilema que él mismo creó: no puede ganar la guerra, pero teme su final. Como analiza esta semana The Economist, cualquier plan de paz será insatisfactorio para Rusia porque no le dará a Putin el territorio que quiere para declararse triunfador. Y la propia paz disparará una crisis dentro de Rusia: Putin tendría que vérselas con millones de veteranos frustrados, una economía destrozada y preguntas sobre la torpe campaña militar.
Putin no puede dejar de hacer la guerra, pero hacerla tiene costos cada vez mayores.
Dos académicos expertos en la sociedad rusa, Peter Rutland y Elizaveta Gaufman, dicen que aunque aparentemente el apoyo para Putin y su “operación especial” en Ucrania sigue alto, las cifras de las encuestas son resultado, en parte, de la coerción y el miedo, y, en otra parte, de la desinformación (The Conversation).
Por supuesto, no es posible saber en un régimen autoritario si es verdadero o no el 80% de apoyo que Putin recibe en las encuestas desde el comienzo de la guerra. Más bien parece ser que el ruso sabe que esa es la respuesta aceptable para el encuestador y sus espías.
Además, conoce muy bien de las desproporcionadas penas de cárcel e incluso de muerte para quien “propague noticias falsas” o “desacredite al ejército”.
La verdad es que tampoco la montaña de problemas internos y las sanciones externas han minado a Putin, al menos como Europa y los EE. UU. pre-Trump creían que iba a suceder.
Y no lo han hecho porque existe otro factor: la ideología. Putin tiene su propia versión de “Make Russia Great Again”, que se apoya en propaganda sofisticada y promete restaurar el poder y la influencia de Rusia en el escenario mundial.
Aunque una considerable parte de los rusos escoge lo que los sociólogos llaman “emigración interna” —es decir dedicarse a vivir su vida y reducir al mínimo la exposición a noticias rusas o a cualquier contacto con el Estado (una práctica que se inició en el período soviético)—, otra parte de los rusos sí le cree a Putin, a su propaganda e incentivos económicos.
Además, una porción de los costos humanos de la guerra se ha derivado a otros países. Esta semana leíamos que Kim Jong Un, dictador de Corea del Norte, entregaba viviendas a las viudas de los soldados norcoreanos caídos en Ucrania. Cientos de africanos, desde Kenia hasta Camerún, pasando por Sudáfrica, y hasta colombianos han muerto también peleando por Rusia, un país que no es el suyo, a miles de kilómetros de su casa.
¿En qué punto se romperá el consenso interno en torno a Putin? Los regímenes que imponen el terror en su población tienen larga vida, así que mi opinión es que aquello solo podrá ser cuando los costos de la guerra lleguen a ser verdaderamente insufribles para los rusos, lo cual no parece ser en el corto plazo.
Esta es la horrible perspectiva para Ucrania y para quienes creemos en el valor supremo de la paz, y en que no se puede masacrar impunemente a un país ni arrebatarle territorios por la fuerza.