Lo invisible de las ciudades
Peajes urbanos: Sí existen, pero no son suficiente
Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador del Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación sobre asuntos urbanos. Ha publicado también como novelista.
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En los últimos días, se ha hablado mucho de implementar un sistema de cobro de peajes urbanos en los alrededores del parque la Carolina. Es comprensible que este tipo de ideas generen rechazo entre los quiteños. Y quizás debamos hablar del por qué de aquel escepticismo. Sin embargo, expliquemos un poco más este tema.
El mejor ejemplo que hay sobre la implementación del peaje urbano es el de Londres, durante los comienzos de este siglo. En la capital británica, las zonas del “City of London” y otras áreas aledañas, tienen un cargo adicional, para quienes entran en ellas, manejando un automóvil particular. Existe un descuento -para nada despreciable- si el conductor registra su ingreso en la página web de la dirección local de tránsito, en un tiempo determinado.
Sistemas similares, con pequeñas variables, se pueden encontrar en otras ciudades. En Europa, Bergen y Trondheim son las que más tiempo llevan con ese sistema en funcionamiento. Madrid, en cambio, tiene zonas donde se controla la emisión de gases de carbono; y quienes entran en dichos sectores lo hacen conscientes de que se les cobrará una tasa por ello. En Milán se cobra un peaje por entrar con vehículo particular al centro histórico. Situaciones similares podemos encontrar en Asia; específicamente en Tokio y Hong Kong. De este lado del mundo, Nueva York acaba de implementar un peaje por congestión; y Santiago de Chile tiene un modelo similar al de Miami, que es un recargo por uso de autopistas o carriles concesionados.
Ahora, si bien estamos demostrando que esto del peaje urbano no es algo nuevo, ¿por qué se genera entre los quiteños un rechazo casi tajante a este tema? En urbanismo, se recomienda que el cobro de impuestos y peajes se usen como una herramienta de persuasión a la ciudadanía. Para que funcionen de manera persuasiva, estos cobros adicionales deben ir acompañados siempre de alternativas de movilidad que nos permitan desplazarnos, sin cobros extraordinarios. Si esto no se da; lo que tenemos, en lugar de una gestión de persuasión, es una recaudación impositiva. Ahí es en donde asoma el descontento de la población capitalina.
Desde hace ya algunas administraciones atrás, los quiteños no estamos conformes con los montos que se nos recaudan. No los vemos plasmados en la ciudad. Se han cobrado tasas extraordinarias por mejoras, y estas no se evidencian en mejoramientos de vías, redes, espacios públicos o servicios. Caminamos por veredas angostas, mezquinas; con poco mobiliario urbano y una triste arborización. El ritmo con el que se deterioran las calles y vías es siempre mayor al de su mantenimiento. Las mejoras al espacio público son minúsculas, frente a las necesidades de la ciudadanía. Teniendo ya un sistema de soterramiento, gran parte de la ciudad luce postes al borde del colapso por el exceso de cables que sostienen. Contamos con sistemas de transporte público, que podrían ser mucho más eficientes, si tan solo se integraran mejor, y si el gremio de transportistas no se impusiera tanto sobre los alcaldes de turno.
En definitiva, Quito paga impuestos y servicios, que en su mayoría se van al pago de empleados; en el mejor de los casos. Hablar de un peaje urbano suena a una recaudación más, que no se verá plasmada en mejorar en los espacios y servicios que utilizamos en nuestra vida diaria. Antes de plantear nuevas recaudaciones, las autoridades municipales deberían implementar una integración de los diferentes sistemas de transporte público; así como alternativas de movilización que exoneren de dicho peaje, como, por ejemplo, el uso de automóviles eléctricos.
Las ideas bien intencionadas no prosperarán, mientras persista la desconfianza en el manejo de nuestros recursos.