Lo invisible de las ciudades
Quito, la ciudad fragmentada
Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador del Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación sobre asuntos urbanos. Ha publicado también como novelista.
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En mis clases enseño que la ciudad es el reflejo de la sociedad que contiene en su interior. Son las interacciones de los ciudadanos las que están moldeando y reconfigurando la forma de la ciudad, a cada minuto. Del gran espectro de actividades humanas, son las actividades económicas (o la ausencia de ellas) las que más forjan la morfología de una ciudad. La economía tiene además otras manifestaciones en la cultura de una urbe; y la que mayor resonancia tiene es la política. Se vienen nuevas elecciones seccionales. Debemos escoger nuevos alcaldes y nuevos concejales; y en el escenario quiteño, los futuros candidatos pondrán sobre la mesa esos viejos temas de discusión, que mucho se hablan y poco se atienden: movilidad, hipertrofia urbana en los valles nororientales, vaciamiento poblacional del hipercentro, incremento de la inseguridad, etc. De todo eso, el mayor problema que tenemos en la capital ecuatoriana es otro; más que nada, de orden social y político. Me refiero a la fragmentación política que reina en Quito.
Carecemos completamente de una figura política que logre aglutinar a las diversas facciones políticas y sociales de la ciudad. Llevamos algún tiempo eligiendo alcaldes con mayorías escuálidas, que apenas bordean el 30% del electorado metropolitano. Podría entenderse esto como un escepticismo sustentado en el pensamiento crítico; pero lamentablemente, no lo es. El tribalismo político nos ha dado un montón de facciones que solo comparten un algo en común: una miopía política basada en el egoísmo. Hemos perdido la capacidad de negociar y conciliar. De paso, los que llegan al poder con dichas lánguidas victorias, adoptan un discurso unilateral e impositivo, desinteresado en negociar.
Esto nos ha traído como consecuencia gobiernos metropolitanos discontinuos; en el que cada alcalde llega a girar el timón, en busca de un nuevo norte. La continuidad de los proyectos iniciados por los predecesores es malinterpretada como un acto de debilidad política. Este Quito, manejado más como una pandilla que como una ciudad, termina en mantenimientos de medios parches. Vivimos reparando; y soltamos el volante de la planificación. Así, el futuro de la ciudad queda en la incertidumbre de la deriva; mientras que los minuciosos planes que elaboran las secretarías acumulan polvo en los libreros, convirtiéndose en historias de ciencia-ficción.
Y ya que tocamos el ámbito de la planificación, hablemos del otro factor que nos ha pasado una factura muy cara: las licencias de permisos especiales. Quito debe tener el plan de Uso y Gestión de Suelo más minucioso de todo el Ecuador; el más detallado y específico. Pero nada de esa regulación trae beneficios directos en las zonas críticas de la ciudad, porque queda siempre disponible la salida de los permisos especiales. Hacemos miles de regulaciones para que no se acaten, porque existe una regla para no seguir las reglas. Esto es retórica llevada al ámbito de la planificación urbana.
Quito tiene frente a sí el desafío político de cohesionarse. Su fragmentación política no solo afecta su administración como distrito metropolitano; también la debilita como frente político en la escala nacional, quitándole relevancia en el momento de escoger el camino a seguir como país.
¿Podrá darse pronto dicha cohesión? Lo dudo. No se la ve en el horizonte. La falta de líderes se manifiesta con la presencia de muchos oportunistas. Hasta que no veamos a Quito como es, sin miramientos ni prejuicios, seguiremos pagando las consecuencias de creer que el barrio en el que vivimos es una ciudad.