Lo invisible de las ciudades
Entre Skid Row y La Bota
Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador del Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación sobre asuntos urbanos. Ha publicado también como novelista.
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Los diferentes medios a través de los cuales comparto mis reflexiones urbanas me permiten obtener diferentes tipos de reacciones, por parte de quienes expresan su interés en temas urbanos. Disfruto y agradezco los diferentes puntos de vista expuestos y compartidos. Semanas atrás subí a las redes sociales el primero de una nueva serie de videos, con reflexiones sobre urbanismo. El primer tema tratado en este formato fue el caso de Skid Row; aquel sector de Los Ángeles poblado principalmente por gente abandonada a su suerte. En el video explico —tal como lo he hecho en otros medios— que la estrategia del municipio angelino es particular y hasta macabra: en lugar de atender a estas personas, se prefiere dotar al sector en cuestión de más mobiliario urbano y servicios sanitarios. Esto se hace, mientras los barrios colindantes no ven aumentado su equipamiento. Es más, algunas de las zonas en la periferia de Skid Row ven dichos equipamientos disminuidos o desatendidos. Todo esto, con el propósito de anclar a la población sin techo que deambula y acampa en las calles de Skid Row. El objetivo de dicha estrategia no es resolver el problema; se quiere evitar que este se esparza a otros sectores de la ciudad. Se trata de un caso muy particular de segregación inducida.
Fue interesante la reacción de las personas ante este caso. La pregunta que predominó por encima de otras fue, si existía una situación similar acá, tanto a nivel local como nacional. Alguien expresaba específicamente su preocupación al respecto por el barrio La Bota, al norte de Quito. Al respecto expliqué que su inquietud merecía ser revisada con seriedad y de manera minuciosa.
En términos generales, opino que los diferentes casos locales de segregación barrial están más de la mano con la segregación social. Acá, las infraestructuras de los barrios más necesitados reciben atención a cuentagotas y de manera cíclica; es decir, se atienden sus necesidades de manera parcial, en tiempos cercanos a las elecciones. Así se genera la expectativa en los votantes, de ver atendidas sus urgencias, ya terminados los tiempos de campaña; cosa que no suele ser así.
Pero el problema serio se aprecia, cuando notamos una relación entre el barrio que uno habita, y el espectro de oportunidades disponibles.
Décadas atrás, cuando me iniciaba en el ejercicio de la escritura de opinión editorial, advertía el problema que se nos venía en Guayaquil, como consecuencia de la desatención y marginación de los asentamientos periféricos. Advertía que sus habitantes se encontraban con puertas cerradas; y que la única alternativa que les queda para mejorar su situación de manera inmediata, es su asociación con lo ilícito. Hoy, Guayaquil está pagando el precio de haber ignorado la situación de muchos, con tal de mantener una fachada impoluta de ciudad cosmopolita. Entre el modelo de Singapur y el de Río de Janeiro, optamos por el modelo de Río; empeorándolo aún más.
La pregunta que queda en el aire entonces es: ¿Tienen alguna esperanza de mejorar los barrios ignorados por sus gobiernos municipales? Mantengo mi optimismo al respecto. Los barrios con orígenes más precarios suelen ser los que —con el paso del tiempo— se convierten en los barrios tradicionales y emblemáticos. No dejemos esta premisa solamente en lo relacionado a lo turístico. Con esta afirmación aclaramos que son estas zonas las que terminan definiendo las personalidades de sus ciudades.
Dejemos claro esta verdad innegable: los ciudadanos no necesitamos de los gobernantes para transformar nuestras ciudades. En contraparte, ellos sí necesitan de nosotros, para seguir siendo gobernantes.
Con esto queda claro, de qué lado se encuentra el mango de la sartén.