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Al educar, hay silencios más importantes que las palabras

María Brown Pérez

Es Directora ejecutiva de CRISFE. Internacionalista y máster en Educación Especial. Fue ministra de Educación y especialista de educación en UNESCO para la región andina.

Actualizada:

03 abr 2026 - 05:50

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Mi tío Alberto murió hace unas semanas. Un hombre íntegro, ingeniero destacado, persona querida y honorable, tenía la virtud de decir poco y escuchar mucho. Pero cuando hablaba, todos escuchaban; bastaba con que levantara una ceja para que sus hijos y nietos supieran exactamente qué quería decir. Era un ejemplo, de esos cada vez menos comunes, de una forma amorosa de crianza respetuosa.

Ese silencio no debía confundirse con falta de interés o de inteligencia. Mi tío Alberto Pérez Arteta no era solo inteligente, para mí era un hombre sabio. Parte de esa sabiduría, se expresaba a través de hablar poco y disfrutar de los silencios.

Con su muerte he reflexionado sobre por qué, en la educación y en la crianza, predominan las palabras —y a veces los gritos— para establecer límites, cuando la forma de mi tío para ejercer autoridad no solo parecía más eficaz, sino también más humana.

La evidencia sugiere que no se trata solo de una cuestión de intuición. El silencio, bien entendido, cumple funciones cognitivas y relacionales fundamentales. Sin embargo, conviene cuestionar una idea extendida: más palabras, o “contenidos”, no implican necesariamente mejor educación.

Desde la psicología educativa, sabemos que el aprendizaje requiere tiempo de procesamiento. La investigadora Mary Budd Rowe demostró que cuando un maestro introduce pausas de apenas tres segundos, tras la formulación de una pregunta, las respuestas de los estudiantes mejoran significativamente: son más elaboradas, más reflexivas y participativas. Es decir, el silencio no es ausencia de enseñanza, sino una condición para que el pensamiento ocurra.

Pero el silencio no solo estructura el pensamiento; también construye vínculos. El psicólogo Carl Rogers sostenía que la escucha genuina (la que no interrumpe ni invade) fortalece la confianza y la autoestima. En el contexto familiar, esto se traduce en algo profundo: niños que se sienten vistos y validados, y no dirigidos permanentemente.

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Aquí surge una distinción importante. No todo silencio educa. El silencio puede ser también indiferencia, distancia o incluso abandono. La diferencia está en la intención y en la presencia. Escuchar en silencio, mirando a los ojos, no es ignorar; es ofrecer un espacio para que el otro exista.

Esta idea también encuentra respaldo en la neurociencia. El Center on the Developing Child, de la Universidad de Harvard, ha documentado que, en los entornos menos saturados de estímulos, incluidos los verbales, se favorece el desarrollo de funciones ejecutivas como la atención, la memoria de trabajo y el autocontrol. Es decir que los niños necesitan pausas para aprender a pensar antes de actuar.

Esto conecta con una idea más exigente: la disciplina más efectiva no es la que se impone desde afuera, sino la que se internaliza. Y esa internalización difícilmente ocurre en medio del ruido constante.

Pensando en mi tío, recordé cuánto valoraba las caminatas largas, el sonido del agua, las conchas en la playa. No parece casual. Diversos estudios en psicología ambiental muestran que el contacto con la naturaleza favorece la atención dirigida y la contemplación. Tal vez su forma de estar en el mundo, más pausada y observadora, no era solo un rasgo de carácter, sino una práctica cultivada.

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Sería simplista concluir que el silencio, por sí solo, educa mejor. La autoridad de mi tío Alberto no provenía únicamente de hablar poco, sino de algo más difícil de construir: la coherencia. Su silencio tenía un peso sostenido por su ejemplo de vida, por su constancia y por los vínculos que creaba.

Ahí radica quizás la lección más relevante. En un contexto donde muchas veces se confunde autoridad con control y presencia con intervención constante, vale la pena preguntarse: ¿estamos hablando para educar o solo para llenar el silencio?

Educar también implica saber callar. No como renuncia, sino como elección consciente. Callar para escuchar, para observar o dar lugar al otro. Usar el silencio inteligente para que las palabras, cuando lleguen, tengan sentido.

Yo quisiera aprender a ser un poco más como mi tío Alberto: que mis acciones, una simple mirada o mi presencia digan más que mil palabras.

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