Columnista invitada
¿La guerra contra las drogas es una guerra o una excusa?
Experta en prevención de crimen organizado. Docente de la UG, con más de 5 años de expertise en prevención de crimen organizado y lavado de activos. Licenciada en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas. Máster en Seguridad.
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Los Zetas Inc. fue uno de los primeros libros sobre crimen organizado que leí, en 2018, antes de estudiar este fenómeno de manera más sostenida a largo plazo. La obra no se limitaba a describir a Los Zetas como un grupo delictivo, sino que analizaba el emporio criminal que construyeron, con tentáculos que se extendían tanto a los sectores políticos como a los financieros en México. Un sistema que apesta a corrupción.
Su autora, Guadalupe Correa-Cabrera, es una destacada especialista mexicana en crimen organizado y en la evolución de Los Zetas. De manera casi fortuita, tuve la oportunidad de entrevistarla en Guayaquil. Sus análisis más recientes permiten comprender a Los Zetas y, en general, a los carteles mexicanos no como estructuras rígidas o entidades cerradas, sino como redes criminales adaptativas y altamente dinámicas. En este sentido, los “carteles”, tal como suelen imaginarse en el discurso popular, quizá ya no existen en esos términos, sino como configuraciones flexibles que mutan según los contextos políticos. Esta perspectiva converge con planteamientos como los de Oswaldo Zavala, quien sostiene provocativamente que “los carteles no existen”.
Para Correa-Cabrera, los “carteles” de la droga no existen en el sentido estricto del término. En economía, un cartel implica un acuerdo empresarial y monopólico. El fenómeno del narcotráfico, en cambio, funciona de manera mucho más fragmentada, adaptativa y violenta, lejos de ese modelo.
El concepto erróneo del narcoterrorismo, así como la retórica de la “guerra contra las drogas” impulsada por la administración Trump, constituye una estrategia que apela a la exageración, a los extremos, lo que se conceptualiza como una estrategia "securitizadora", donde la amenaza extrema justifica medios excepcionales: un marco discursivo que construye el narcotráfico como una amenaza existencial que justificaría respuestas militarizadas. Sin embargo, el objetivo real difícilmente puede entenderse como la erradicación efectiva del narcotráfico.
El narcotráfico no es el único mercado que compone el entramado del crimen organizado transnacional, y centrar la respuesta estatal exclusivamente en las drogas simplifica un fenómeno más amplio. Más bien, estas estrategias operan como instrumentos políticos y geopolíticos: refuerzan una lógica de control territorial y proyección de poder en las Américas.
Se asume que la política de drogas trata de drogas. Pero nunca ha sido sobre drogas. Las drogas existen en todas partes. Entonces, la pregunta es: ¿por qué no hablamos de ‘carteles’ en Estados Unidos?
La estrategia de Estados Unidos, para la especialista, no ha sido simplemente combatir organizaciones criminales o “quitar drogas”; se trata de retomar y mantener el control sobre el hemisferio. Esto no es únicamente una cuestión de seguridad, sino de recursos: petróleo, minerales y otros recursos estratégicos de la región.
Si el objetivo de Estados Unidos realmente fuera combatir el crimen organizado, la política pública debería abordar de manera integral tanto la oferta como la demanda, comprendiendo el contexto completo del mercado ilícito. Sin embargo, nada de eso ocupa un lugar central en el debate. El discurso se concentra casi exclusivamente en la figura abstracta del “narco” pese a que el 70% de las armas en México usadas por los carteles provienen de EEUU.
Para Correa-Cabrera, el avance de este discurso securitista en la región resulta profundamente peligroso, pues ignora lecciones históricas del caso mexicano. Cuando actores criminales obtienen acceso a armamento de alto calibre y adoptan estrategias militarizadas, adquieren también la capacidad de controlar territorios de manera similar a un ejército.
El ejemplo paradigmático es el de Los Zetas, cuya estructura estuvo compuesta en gran medida por exmilitares. Muchos de sus miembros provenían de fuerzas especiales del Ejército mexicano, e incluso algunos recibieron entrenamiento en Estados Unidos bajo doctrinas de contrainsurgencia. Estas estrategias fueron aplicadas en Nuevo Laredo, donde domina una gobernanza criminal por Los Zetas.
Además, el hecho de haber pertenecido previamente a las fuerzas armadas genera redes de contacto que facilitan la infiltración institucional. La militarización no solo transforma las capacidades operativas de los grupos delictivos, sino que incrementa los riesgos de corrupción, deserción y penetración criminal dentro de las propias instituciones estatales. El sistema apesta a corrupción.