Columnista invitada
Arrestar o abatir a los líderes de los carteles no los elimina, los moderniza
Experta en prevención de crimen organizado. Docente de la UG, con más de 5 años de expertise en prevención de crimen organizado y lavado de activos. Licenciada en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas. Máster en Seguridad.
Actualizada:
El Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) es uno de los carteles más jóvenes y, al mismo tiempo, más poderosos de México. Surgió de redes vinculadas a Joaquín “El Chapo” Guzmán y a su lugarteniente en Jalisco, Ignacio “Nacho” Coronel. En sus inicios operó bajo el nombre de Los Matazetas, hasta consolidarse bajo el liderazgo de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, y Erick Valencia Salazar, “El 85”. Desde entonces, la organización no solo se ha expandido territorialmente, sino que se ha reconfigurado y renombrado estratégicamente como parte de su evolución.
Entre 2013 y 2022, el CJNG habría estado vinculado a aproximadamente el 81 por ciento de las muertes violentas relacionadas con carteles en México, según el periodista de investigación Chris Dalby. La cifra no solo refleja su capacidad operativa, sino su centralidad en el actual paisaje de violencia del país. Sin embargo, el escenario criminal mexicano nunca es estático. Constantemente emergen nuevos actores, muchos de ellos grupos escindidos o alianzas circunstanciales creadas para resistir la incursión de carteles dominantes en territorios disputados.
El CJNG no es únicamente una organización dedicada al narcotráfico. Su portafolio criminal es amplio y diversificado. Incluye la producción masiva de drogas sintéticas en la región de Tierra Caliente, la extorsión sistemática a productores de aguacate y la injerencia en operaciones mineras de oro, plata y hierro. También ha sido vinculado con el robo de combustible, el llamado huachicol, una economía ilícita que, según diversas investigaciones, ha implicado redes de corrupción y colusión con sectores del aparato estatal como de fuerzas militares mexicanas.
En CJNG: A Quick Guide to Mexico's Deadliest Cartel, Chris Dalby desmonta la ilusión de que la captura o muerte de los “capos” debilita al crimen organizado. El patrón es contundente: cada vez que un líder es detenido o abatido, la organización no colapsa; muta. Una nueva generación asume el control, generalmente más joven, más descentralizada y más agresiva. Las estrategias de descabezamiento no desmantelan al crimen organizado; lo recalibran. El resultado son estructuras más eficientes, más informales y más difíciles de rastrear y desarticular.
Como sostiene Guadalupe Correa-Cabrera, los “carteles”, tal como los imaginamos —jerarquías rígidas con cabezas claramente identificables— podrían estar volviéndose obsoletos y acercándose a su fin. Lo que emerge son redes criminales operativas adaptativas, comprendidas en la doctrina militar como sistemas complejos adaptativos. Se fragmentan, se reensamblan, tercerizan la violencia, diversifican portafolios, se especializan en mercados específicos del crimen organizado y explotan los vacíos de gobernanza con precisión empresarial. CJNG, como marca, va a cambiar, pero la red que está detrás difícilmente desaparecerá.
En México, la detención o muerte de líderes de carteles rara vez ha significado la desaparición del conocimiento criminal. Por el contrario, miembros de distintas organizaciones suelen redistribuirse dentro del ecosistema delictivo, llevando consigo conocimiento operativo sobre rutas de tráfico, mecanismos de lavado de dinero, producción de metanfetamina y fentanilo, esquemas de extorsión y asesinatos selectivos. Junto con esta experticia técnica, también trasladan conexiones internacionales, particularmente vínculos con intermediarios extranjeros, comúnmente conocidos como “fixers” o “brokers”.
Estos fixers operan como actores relativamente autónomos que conectan grupos criminales que de otro modo estarían desconectados a través de las fronteras. Su función va más allá de la simple intermediación: facilitan el comercio ilícito, coordinan la logística transnacional, aseguran los flujos financieros e insertan operaciones dentro de estructuras empresariales aparentemente legítimas diseñadas para ocultar la actividad criminal. De manera crucial, también cultivan y sostienen redes de corrupción, penetrando activamente autoridades aduaneras, cuerpos policiales y segmentos del sistema judicial para garantizar protección operativa. En Ecuador, durante el punto más alto de la influencia proyectada por el recientemente abatido “El Mencho”, uno de los intermediarios que articulaba redes criminales transnacionales fue el presuntamente fallecido Leandro Norero.
Para Ecuador, independientemente del eventual rebranding del CJNG o de la transformación de su estructura, lo que se perfila es una probable intensificación de la violencia. Si en 2025 cerramos con una tasa de homicidios del 51 por cada 100.000 habitantes, este patrón podría replicarse o aumentarse por estructuras locales como Los Lobos, Chone Killers y Los Tiguerones, que tienden a adaptarse rápidamente a las lógicas de fragmentación y competencia del ecosistema criminal transnacional.
El país podría enfrentar ciclos recurrentes de escisión, alianzas efímeras y lealtades cambiantes, donde la inestabilidad organizacional se traduzca en disputas territoriales más frecuentes y en dinámicas criminales crecientemente impredecibles. En este escenario, la violencia no solo aumentaría por control territorial, sino también por la competencia para captar nuevos patrocinadores o empleadores emergentes tras posibles reconfiguraciones del CJNG, así como por la apertura de nuevas rutas estratégicas, incluidas aquellas potencialmente vinculadas al tránsito de precursores químicos para la producción de drogas sintéticas para consumo local e internacional.