El fantasma de Camilo
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Los restos de Camilo Torres Restrepo, el cura guerrillero que encarnó todas las contradicciones de una época rebelde, han sido hallados en la selva colombiana pocos días antes de que se cumplan 60 años de su muerte en combate como miembro del Ejército de Liberación Nacional.
Sí, de este ELN que ha terminado convertido en una banda de delincuentes vinculados al narco, que tienen su santuario en la frontera entre Colombia y Venezuela pero que también actúan en la frontera ecuatoriana aprovechando la ausencia del ejército colombiano.
Hoy ya nadie cree en los cuentos de la izquierda narcotizada, pero hace dos generaciones la situación era muy distinta pues las consignas de la revolución cultural y política encandilaban a la juventud de Occidente, de la clase media para arriba.
Nacido en 1929, en el seno de la aristocracia bogotana, Camilo Torres abandonó los privilegios para ingresar en el seminario y ordenarse sacerdote. Luego marchó a Bélgica a estudiar Sociología en la universidad católica de Lovaina, eje muy dinámico de las corrientes progresistas que estremecían a la Iglesia y a las ciencias sociales.
(A sus aulas llegarían también algunos novicios ecuatorianos que terminaron abandonando la carrera sacerdotal y dedicándose a la academia y la política democrática).
A su retorno a Bogotá, en 1958, Camilo creó con Fals Borda la Facultad de Sociología en la Universidad Nacional. Además de profesor, fue capellán estudiantil en ese hervidero de ideas revolucionarias influenciadas por el triunfo de la Revolución Cubana. Trabajó después en el Instituto de Reforma Agraria, en contacto con los campesinos, al tiempo que participaba en el debate público, escribía ensayos sobre la relación del cristianismo con el marxismo y la revolución, y se convertía en una apreciada figura pública que orientaba su fe católica al servicio de los pobres, cuestionando a la jerarquía eclesiástica que andaba (dicho en colombiano) de pipi cogido con la oligarquía.
Hombre de armas tomar, impulsó la formación de un frente de los partidos y grupos de izquierda, mas como no tenía paciencia para el lerdo avance de la democracia, botó los hábitos y se echó al monte para conquistar el poder con cuatro fusiles expropiados. Sí, era una opción insensata pues contaba 36 años y estaba viejo para iniciarse en esos trotes a diferencia de los campesinos y los dirigentes curtidos. Además, su enfoque de la política pecaba de la ingenuidad y el voluntarismo alocado de esos tiempos románticos.
Nada que sorprenda a Carlos Granés, quien, a lo largo de su ensayo ‘Delirio americano’, publicado en 2022, mantiene un enfoque muy crítico e irónico de esa corriente de delirantes de América Latina que se repiten una y otra vez y en la que Camilo encaja perfectamente. Un ejemplo más de miles de jóvenes que se inmolaron absurdamente mientras oían con fervor en la selva las emisiones nocturnas de ‘Radio La Habana, Cuba, primer territorio libre de América’, isla incandescente a la que el dogmatismo estalinista conduciría a la esclavitud y la ruina.
En ese amplio contexto histórico un Camilo se disuelve, pero en el plano individual es un personaje apasionado, rico, contradictorio, místico, alguien que puede ser mejor retratado en la novela. Pienso en ‘La esperanza’, de André Malraux, sobre la guerra civil española que conmovió a su generación.
Allí profundiza en el compromiso y los conflictos morales de los republicanos semicristianos cuya peligrosa noción del sacrificio les lleva a embarcarse en “las peores locuras siempre y cuando las paguen con sus vidas”.
Equivocados o no, personajes así, que llevan su compromiso o amor al prójimo hasta las últimas consecuencias, son incomprensibles en el mundo actual donde se repite hasta el cansancio que las ideologías han muerto y las/los jóvenes sueñan con ser influencers y pasarla bien.
Pero no, las ideologías no han muerto; se han camuflado, se han hecho la cirugía plástica, pero la estructura ósea es la misma. Al analizar las políticas de Donald Trump, por ejemplo, vemos que se perfila el duro rostro del fascismo y despierta la protesta popular en las calles de Minneapolis, como canta Bruce Springsteen con aroma sesentero.
Más difícil es encasillar a un presidente como Gustavo Petro, exguerrillero cuyo asesor es un tránsfuga político llamado Armando Benedetti con un rabo de paja que llega a Odebrecht. En tweets amanecidos que huelen a whisky, Petro mezcla Macondo con el socialismo del siglo XXI y exige la liberación de otro revolucionario de Odebrecht: Jorge Glas.
Para rizar el rizo, plantea que Camilo Torres sea enterrado definitivamente en los predios de la Universidad Nacional, mientras el ELN lo reclama como suyo. Una desgracia póstuma para este tipo honesto, consecuente y desubicado que quiso transformar el mundo a la brava y se yergue ahora cual fantasma de una generación audaz que logró cambios radicales en el campo cultural, incluso en el religioso, pero fracasó en la arena política.