A la sombra de los imperios
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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La presidenta de México exige disculpas a Felipe VII por los excesos de los conquistadores españoles, pero no le dice ni pío a Donald Trump por la usurpación de la mitad del territorio mexicano en 1848. Desde su olimpo, Trump advierte que toda una civilización morirá en una noche, para no volver jamás. Sin embargo, Daniel Noboa se congratula de que tropas de ese mismo país vengan al Ecuador a combatir el narcotráfico. Seguimos viviendo a la sombra de los imperios.
Hagamos números: si contamos desde la creación del virreinato de Lima (1542) hasta la batalla de Pichincha (1822), resulta que hemos sido durante más años súbditos de la Corona española que miembros de la Gran Colombia y la República del Ecuador.
Luego estuvimos bajo la hegemonía de EE.UU. a lo largo del siglo XX, más directamente cuando instalaron las bases en Galápagos y Salinas al inicio de la Segunda Guerra Mundial; y después, cuando sus compañías intervinieron en la explotación del banano, el atún y el petróleo, aunque durante la llamada Guerra del Atún contra el Gobierno de Nixon, en 1970, tuvimos un notable momento de dignidad. Hoy sus drones y sus naves de guerra pueden apresar pescadores manabitas e incendiar los barcos de pesca impunemente, con el sambenito de la droga, mientras su portaviones nos visita.
Recuerdo que en el colegio estudiábamos la historia de la dominación española desde el punto de vista de las colonias americanas, lo que estaba muy bien; hoy acabo de leer ‘Una historia de España’, del periodista y novelista Arturo Pérez–Reverte, una serie de artículos publicados en ‘XL Semanal’ desde el punto de vista de un español, obviamente.
Lo curioso es que este español es más crítico que nosotros de la historia de su país y su gente. Página tras página va desnudando con ironía, desde adentro y con un lenguaje coloquial, los defectos, los errores políticos, las debilidades y torpezas no solo de sus reyes y autoridades sino también del pueblo llano.
Sorprende a los descendientes de la Madre Patria descubrir cuántas de esas reflexiones y caracterizaciones se aplican también a nosotros, a los ritos y maneras de ser que nos impusieron los curas codiciosos y retrógrados que él retrata, sus hidalgos vagos y tramposos, sus soldados ignorantes, aunque también destaque a los grandes escritores y pintores, que de todo hay en este Pérez–Reverte que nos deleitara con sus novelas de espadachines, truhanes y mujeres misteriosas. Cito un par de perlas.
Sobre el catolicismo anota: “nos equivocamos de Dios: en vez dD uno con visión de futuro que bendijese la prosperidad, la cultura, el trabajo y el comercio —cosa que hicieron los países del norte, y ahí los tienen hoy—, los españoles optamos por otro Dios con olor a sacristía, fanático, oscuro y reaccionario”.
Y pinta a los españoles de la época como “fanfarrones, perezosos e improductivos; o sea, soldados, frailes y pícaros antes que trabajadores... con esa mala leche, ese valor suicida y ese odio contumaz que tienen los españoles cuando algo o alguien se les atraviesa en el gaznate”.
La palma se la lleva Fernando VII, cuyo artículo se titula “Un absoluto hijo de puta”. A él le tacha de cínico, vil, cobarde y le achaca la pérdida de las colonias, el declive del imperio y el haber acentuado las divisiones de la España fratricida para los siglos siguientes.
Al mismo tiempo iba surgiendo otro imperio, pero en otro libro, tan entretenido como el de Pérez–Reverte aunque más estructuado y documentado: ‘Cómo ocultar un imperio: Historia de las colonias de Estados Unidos’, de Daniel Immerwahr, 2023.
Es el autor un profesor estadounidense que avanza desde la conquista del Oeste hasta la guerra contra España, cuando EE.UU. se apropia de las últimas grandes colonias españolas, empezando por Puerto Rico y Filipinas, mientras Cuba se independiza... a medias.
Menos conocida es la ocupación de decenas de islas e islotes en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, conflicto del que EE.UU. emerge como campeón de la democracia y potencia global. Entonces permite la indepenciencia de Filipinas, pero, según Immerwahr, “además de Guam, Samoa Americana, islas Marianas del Norte, Puerto Rico, las islas Vírgenes y un puñado mas de pequeñas islas, EE.UU. posee aproximadamente 800 bases militares de ultramar alrededor del mundo”.
Sin embargo, Washington había descartado desde 1945 el desprestigiado término ‘colonias’ para referirse a sus territorios extracontinentales donde vivían millones de personas con estatus legales distintos. En lugar de colonización se empezó a hablar de globalización. No era solo hipocresía y juegos del lenguaje lo que camuflaba al imperio: quedaba en pie cierto respeto a las instituciones democráticas, a la ONU y al derecho internacional.
Pues eso acabó bruscamente con Donald Trump, quien ha hecho trizas la imagen democrática de EE.UU. y su credibilidad. Ahora es el emperador quien ejerce grosera y caprichosamente su poder. Para muchos, este liderazgo impulsivo, despótico e irracional agudiza la decadencia norteamericana en beneficio del imperio chino, imperio milenario que avanza sin hacer ruido en América Latina, financiando grandes obras de infraestructura como la represa Coca Codo que nos acaba de clavar, envuelta en corrupción y letales fallas técnicas, porque sean del color que sean, así es como funcionan los imperios.