Los desplantes de los ídolos
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Todo es política, todo es mensaje, todo es toro. Cuando a Marlon Brando, quizás el más grande actor de cine, le otorgaron el Óscar por su encarnación de ‘El Padrino’, delegó a una líder indígena para que lo rechazara en su nombre por “el trato que la industria cinematográfica da hoy a los indios americanos”. La mitad de la gala la abucheó; la otra aplaudió.
Con un halo de sarcasmo, decía Brando que don Vito Corleone era un capitalista que velaba por sus empresas y su familia. Fue así uno de los primeros en definir a la mafia no como algo diabólico sino como una empresa capitalista. Medio siglo después acaba de salir en ‘The Economist’ un artículo que amplía esa óptica: ‘It’s strictly business: the enduring allure of mafiosi in culture’.
Sean Penn, admirador sin reservas de Brando, tampoco acudió a la ceremonia de premiación sino que optó por entrevistarse este lunes, en Kiev, con el presidente Zelensky, a quien ya había regalado en una visita anterior el Oscar ganado con ‘Mystic River’. En el despacho del valiente y atormentado presidente de Ucrania le entregaron otro Oscar, elaborado este con el hierro de un tren destrozado por las bombas rusas.
Además de gran actor y director (ha dirigido a Jack Nicholson, ni más ni menos) Penn es un activista que defiende varias causas aunque a ratos pierda los papeles, como en su entrevista con El Chapo y su amistad con Chávez y Fidel por puro joder al imperio. Curiosamente el domingo le otorgaron su tercer Oscar por la representación de un militar fascista que se obsesiona con una guerrillera negra en California, en esa historia nada verosímil de ‘Una batalla tras otra’ que se alzó con demasiados premios.
El viejo crítico español Carlos Boyero, muy en su estilo tránsfuga, desestimó la película de Anderson y la interpretación de Penn, mientras Pedro Almodóvar consideraba mejores películas y con menores presupuestos a ‘Valor sentimental’ y a la brasilera ‘El agente secreto’, donde, añado yo, la represión de la dictadura militar de los años 70, que tanto añora Bolsonaro, es tan creíble y cotidiana como los muebles de la ambientación y el rostro del protagonista.
Un desplante de otro tipo estuvo a cargo de Timothée Chalamet, que el año pasado nos había cautivado con su impecable interpretación de Bob Dylan, y ahora anhelaba el Oscar con ‘Marty supremo’, película abrumadora que no he podido terminar dos veces aunque muestra un trabajo actoral impresionante del jugador de ping-pong.
El problema es que Chalamet se embarcó en una campaña tan desmesurada de marketing que se volvió contraproducente. Además, en una de las decenas de entrevistas, con sonrisa de niño malcriado desafió a la platea: “No quiero trabajar en ballet ni en ópera”, o sea, en algo que hay que mantener vivo “aunque ya no le interese a nadie’”.
Era una verdad a medias pues, con toda su belleza y tradición, la ópera ha visto disminuir y envejecer a su público en todo lado, salvo en París, donde, según informes de prensa, hay un renovado interés de los menores de 28 años por ese magno espectáculo.
¿Son pura frivolidad y pura pose las declaraciones y el activismo político de las/los actores que supuestamente viven en una burbuja dorada mientras el mundo se cae a pedazos? Pues no, empezando porque a este malo de opereta que es Donald Trump le importa mucho lo que opinan en su contra celebridades como Robert De Niro y Taylor Swift, cuya popularidad le hace morir de envidia.
Otro español, Javier Bardem, fue el único que acudió a la ceremonia de los óscares con una escarapela contra la guerra sobre su chaqueta negra. Cuando le preguntaron si no tenía miedo, respondió: “Sí, tengo miedo porque el mundo está en manos de mentes locas y peligrosas que no sienten empatía con el dolor y el sufrimiento”.
Recordó que era la misma escarapela que había exhibido contra la guerra que destruyó Irak en el 2003 con la mentira de las armas de destrucción masiva. Tampoco dos semanas atrás era verdad un ataque inminente de los ayatolas fanáticos de Irán.
“Creo que se puede pertenecer a este circo y al mismo tiempo ser ciudadano”, afirmó Bardem y, cuando entregaba la estatuilla a ‘Valor sentimental’ como mejor película extranjera, exclamó: “¡No a la guerra y Palestina libre!”.
Si todo espacio es bueno para rechazar las guerras imperiales y los genocidios, tanto más lo será esa gala de Los Ángeles vista en todo el mundo, aunque en la mera mitad del globo, Daniel Noboa se ha calado hasta las orejas la gorra roja de Donald Trump. Ignora Daniel que “Estados Unidos no tiene amigos ni enemigos permanentes, solo intereses”, según aclaraba Henry Kissinger, quien impulsó el golpe fascista de Pinochet en 1973, el mismo año en el que Marlon Brando rechazaba su Oscar por ‘El Padrino’.