El mago y el depredador
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Mezcla óptima de italiano y francés, Giuliano da Empoli anda muy sonado y solicitado por su reciente ensayo ‘La hora de los depredadores’, donde analiza la letal alianza de los billonarios de la tecnología con políticos como Trump que están redefiniendo el orden mundial a patadas.
Curiosamente, el politólogo Da Empoli había saltado a la fama internacional hace cuatro años no con algún otro ensayo sino con una estupenda obra de ficción que acabo de leer: ‘El mago del Kremlin’, novela que recrea con bastante apego a los hechos históricos, la vida y milagros de Vladislav Surkov, quien fuera durante quince años el principal asesor de Vladimir Putin.
Este genio de la propaganda y la manipulación política, figura discreta, amoral y fascinante, este Surkov, fue clave en la conquista del poder del oscuro exagente de la KGB, así como en el manejo maquiavélico (perdón por el cliché pero así nos entendemos mejor) de las sucesivas crisis, victorias electorales y guerras de exterminio, desde Chechenia hasta la invasión a Ucrania.
Para efectos de la novela, de la creación de diálogos y situaciones, el mago se convierte en Vadim Baranov, mientras Putin empieza a ser llamado el zar y percibido como tal por el pueblo ruso que –tras la década loca de Yeltsin, diez años de la libertad y el desenfreno de una democracia que le asusta– añora volver al autoritarismo que anida en Rusia desde los tiempos de Iván el Terrible.
Aunque no es el protagonista de la novela, Putin encarna el poder y se roba la película (de paso, ya hay una película, en la que Jude Law interpreta al zar). Sus reflexiones, sus réplicas a Baranov, su poderoso instinto de animal político, un animal salvaje que conecta con la oscura fuerza de la historia (no solo rusa) nos ayudan a entender el misterioso y muchas veces irracional funcionamiento del Kremlin, que fomenta la división y el caos en Occidente.
Página tras página seguimos la historia poblada de anécdotas que nos cuenta Baranov sobre lo que pasó desde la caída de la Unión Soviética, cómo y por qué sucedió. Es el punto de vista de los rusos, humillados repetidas veces por EE.UU. y la OTAN.
Humillaciones que las irá cobrando fríamente Putin, sin sobresaltos ni exageraciones porque todo el relato es filtrado por el racionalismo francés, tan distinto del barroquismo delirante al que nos acostumbraron los maestros del boom latinoamericano cuando retrataron a los caudillos y déspotas de estas tierras.
Gracias al profundo conocimiento de la política y de la historia de este profesor de la Escuela de Ciencias Políticas de París, y gracias también a la libertad y clarividencia que permiten la ficción, con un lenguaje muy bien logrado, porque el tipo sabe escribir, Da Empoli crea una obra apasionante sobre el poder y su ejercicio despiadado por parte de un rubio desteñido de rostro mineral, acolitado por su asesor de propaganda, quien nos cuenta que la élite rusa está unida por su pasado común de miseria y comparte con su pueblo el resentimiento, la rabia y el deseo de revancha.
Baranov, por supuesto, exacerba esos sentimientos y no deja pasar la oportunidad de burlarse de los rituales de Occidente, cuyos líderes y pensadores se reúnen cada año en Davos a intercambiar ideas románticas y plantear consensos deleznables frente al pavor creciente.
Con aires de profeta bíblico, añade que el único fin de la política es calmar a la gente de la angustia que le produce el caos y la ferocidad del mundo. Y concluye que estamos obligados a escoger entre el apocalipsis o el poder. Pero no ese pseudo–poder que practican en Occidente esos “payasos enmascarados en un escenario de tragedia. No; el poder que retorna a su origen primario: el puro ejercicio de la fuerza”.
Terminada en 2021, la novela prefigura la invasión a Ucrania, una de las obsesiones del nuevo zar. Y, a su modo, justifica el advenimiento de un depredador tipo Trump como respuesta a las debilidades democráticas de los occidentales. Hoy, porque se parecen, Putin entiende perfectamente a Trump cuando declara que su único freno es su propia moral, no las instituciones ni el derecho internacional ni pendejadas así.
No hay duda de que el legado de Surkov/Baranov sigue vigente: las técnicas de desinformación y las fake news; las campañas electorales basadas en el odio y el miedo; el arte de convertir la realidad en espectáculo teatral, en fin.
Sin embargo, en el mismo foro de Davos que menosprecia el mago, Mark Carney, primer ministro de Canadá, convocó esta semana a los ‘middle powers’ a aceptar que el viejo orden internacional se rompió para siempre y asistimos a la rivalidad creciente de las grandes potencias. Pero no todo está perdido, hay muchas cosas que pueden hacer los ‘middle powers’ juntos. No solo la dignidad sino la supervivencia misma de la especie está en juego.
Baranov habría sonreído con displicencia ante esta conclusión.