La estética del maleante
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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Desde hace ya varios años la inseguridad se ha convertido en el principal problema de los ecuatorianos. Y como escribí en otra columna de este mismo espacio, el problema se vuelve aún más grave cuando empezamos a normalizar la delincuencia y la violencia y estas pasan a ser parte de nuestras vidas cotidianas.
Una parte sutil —pero muy poderosa— de esa normalización se da cuando la delincuencia deja de ser sobre todo una cuestión ética (relacionada a principios sobre cómo ser y por qué ser así) y se transforma en una cuestión estética: el cómo queremos ser leídos. Sabemos que estamos rodeados de delincuentes, a todo nivel: en las calles, jugando pádel o golf en clubes deportivos, siendo padres de los compañeros de escuela de nuestros hijos, e incluso en nuestros ámbitos laborales. Lo inquietante es otra cosa: tengo la impresión de que cada vez hay más gente que quiere parecer delincuente; al parecer, la estética del maleante se ha instalado como una estética predominante en nuestra sociedad.
Ejemplos de la estética del maleante sobran. Desde la famosa “piscina de los tetones”, donde un grupo de presuntos mafiosos ostentaba joyas, licor y un lujo algo decadente, hasta las calles de cualquier barrio, donde algunos jóvenes aprenden primero a parecer —y luego a ser— integrantes de pandillas. Cadenas gruesas, relojes de oro (sean verdaderos o falsos), carros con vidrios polarizados, gestos de “dueño del territorio”, chabacanería convertida en señal de estatus. No es solo moda: es un lenguaje. Y como lenguaje, comunica pertenencia, aspiración y poder.
Es triste y preocupante ver que una buena parte de nuestros niños y jóvenes ven como sus referentes estéticos a cantantes de trap y reggaetón, peleadores de artes marciales mixtas y, en el peor de los casos, capos pandilleros. Abundan además las series y documentales en plataformas como Netflix sobre Pablo Escobar y otros narcos, algunas de ellas romantizando su figura y su rol —tristemente célebre— en la historia reciente de la ciudad de Medellín.
El reciente escándalo de las “narcobarbies” en el Ecuador es otro ejemplo de esta tendencia a enaltecer la apariencia del mundo criminal. Como posteó un usuario en X refiriéndose a este caso: “El caso de las narco barbies es la mejor radiografía del Ecuador actual, el dinero se volvió dios y el cómo obtenerlo dejó de importar. La viveza criolla venció a la decencia como forma de vida y desde entonces caemos en un agujero negro sin fondo” (@FultonSerranoG). La frase es dura, pero apunta a algo real: la frontera entre “viveza” y delito se ha ido desdibujando, y esa ambigüedad abre espacio para la admiración del qué “se hizo” sin preguntar cómo.
Cuando un niño empieza por querer parecerse al maleante de su esquina —aunque sea solo a nivel estético— el paso a parecerse a nivel ético es más corto y más fácil de dar. Si es “cool” parecer pandillero, entonces será “cool” ser maleante. Y si además de esto ser maleante parece rentable, entonces la moral se vuelve un lujo que pocos se pueden permitir. La estética, en ese sentido, no es superficial: es una antesala. Primero se normaliza el signo (la ropa, el gesto, el tatuaje como marca de pertenencia a un grupo), y luego se normaliza el comportamiento (la extorsión “pequeña”, la intimidación “sin violencia”, el portar armas como accesorio).
Solo hace falta darse una vuelta por calles, parques, terminales terrestres o aeropuertos para notar que esta estética del maleante cobra cada vez más presencia. El problema no es que alguien use una cadena o se haga un tatuaje. El problema es cuando esos símbolos se vuelven la puerta de entrada a una ética perversa, que celebra la crueldad y desprecia la ley.
Debo aclarar que esto no se trata de arribismo cultural ni de policía estética, de ninguna manera; para gustos, colores, como dice el refrán. Personalmente reconozco el valor simbólico que una figura como Bad Bunny puede tener, aprecio a artistas como C. Tangana o Trueno, y yo mismo tengo un par de tatuajes. Pero en mi caso, soy consciente de la separación entre estética y ética, y tengo claro que una cosa es la provocación artística y otra, muy distinta, la glorificación del delincuente como modelo de vida.
Cuando ser maleante se convierte en sinónimo de ser chévere, estamos muy mal. Y un primer paso para ser maleante puede ser el parecerlo. Hace falta una conversación social honesta sobre qué admiramos, quiénes son nuestros referentes estéticos (y éticos), y qué tipo de “éxito” estamos celebrando.
Puedo estar exagerando un poco. Ojalá.