The War on Drugs
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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A inicios de la década de los 1970, el expresidente norteamericano Richard Nixon acuñó y lanzó “la Guerra contra las Drogas”, un plan de los Estados Unidos para detener el consumo, la producción y el tráfico de drogas ilegales. En una rueda de prensa, Nixon describió al abuso de drogas como el “enemigo público número uno" de los Estados Unidos, por lo cual a partir de ese momento, el país desplegaría una ofensiva a nivel mundial para atacar las fuentes de oferta de sustancias ilegales.
En las décadas posteriores, los Estados Unidos han invertido miles de millones de dólares en combatir, sobre todo, la producción y distribución de alcaloides como la heroína, la cocaína, y más recientemente, el fentanilo. La Guerra contra las Drogas se convirtió en política oficial de los Estados Unidos, y sirvió como guía para la aplicación de leyes y la cooperación internacional del país.
Si bien en un principio -durante la época de Nixon- buena parte de los recursos del proyecto estuvieron destinados a rehabilitación y educación, esto cambió drásticamente en años posteriores. Desde el gobierno de Ronald Reagan, el énfasis cambió hacia la intensificación de las operaciones internacionales, como se dio en Perú, Bolivia y Colombia.
La Guerra contra las Drogas ha servido como justificación para que los Estados Unidos ejerza dominio geopolítico en varios territorios del planeta. A través de ofensivas ligadas a esta política, los Estados Unidos han ocupado territorios, influido en políticas locales, e incluso puesto y sacado presidentes.
La asistencia para el desarrollo y cooperación militar de los Estados Unidos relacionada a la Guerra contra las Drogas modificó la geopolítica global, muchas veces con consecuencias violentas. Ejemplos claros de esto se han visto sobre todo en América Latina y Asia, aunque también en África y en ciertos territorios del este de Europa.
En la región, tal vez el ejemplo más claro sea el llamado Plan Colombia, que durante la década de los 2000 buscó reducir el poderío de los carteles de producción y tráfico de estupefacientes que operaban principalmente en las ciudades de Medellín y Cali.
A través de la fumigación de campos de coca con glifosato, un químico venenoso que demostró afectar significativamente a cultivos no ilegales, la salud de civiles y la biodiversidad, los Estados Unidos pretendían eliminar la oferta de cocaína que luego llegaría a sus mercados.
Más de cincuenta años después, la Guerra contra las Drogas ha demostrado ser, en buena medida, un fracaso. El ataque a la oferta de drogas no ha resuelto el tema. Estados Unidos ha invertido más de un billón de dólares en esta cruzada sin lograr disminuir significativamente su consumo interno. Donde se eliminaba un cartel, aparecían otros tres o cuatro, descentralizando y fragmentado de esta manera los procesos de producción, distribución, y blanqueo de capitales ligados al narcotráfico.
Tal vez hoy los carteles de Medellín y Cali no aparezcan como los más fuertes del narcotráfico a nivel regional, pero en países como México, Venezuela, y Ecuador, han aparecido decenas -sino cientos- de carteles que operan con altísimos niveles de sofisticación y capacidad logística y militar. El problema no ha desaparecido: en el mejor de los casos, se ha desplazado.
Sé que no soy el primero, y probablemente no seré el último, en afirmar que el consumo de drogas debe ser entendido -y atendido- principalmente como un asunto de salud pública, y no como una batalla moral o una guerra contra la producción de los alcaloides.
Las sustancias dañinas han siempre estado y siempre estarán en los mercados, y el ilegalizarlas no es la solución. Peor cuando esto involucra una Guerra contra las Drogas como la que ha sido llevada a cabo durante todas estas décadas. Los Estados Unidos ya saben esto, pues lo vivieron en carne propia, cuando tuvieron que dar marcha atrás a la Prohibición del alcohol de los años 1920, que había dado paso a un importante incremento en crimen organizado en varios estados norteamericanos.
Si tanto preocupaba el consumo de drogas a los Estados Unidos como para llegar a denominarlo el “enemigo público número uno” del país, los miles de millones de dólares que fueron destinados a combatir la producción de drogas alrededor del mundo bien podían haber sido invertidos en campañas de prevención y educación en su propia población.
La Guerra contra las Drogas sólo ha beneficiado a unos pocos: los narcotraficantes, algunos políticos, y ciertas élites corruptas que han lucrado del negocio. Mientras tanto, se han regado -y se siguen regando- ríos de sangre de personas provenientes de los estratos sociales más bajos, que no han tenido mejor opción en sus vidas que entrar al vil negocio del narcotráfico.
Tal vez es hora de pensar en terminar la Prohibición.