Columnista Invitada
Cuando el poder obliga a volver: las fisuras internas del gobierno de Noboa
Dra. en Jurisprudencia, Decana de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UDLA, Directora Ejecutiva Participación Ciudadana. Con más de 20 años trabajando temas de democracia, procesos electorales, Transparencia y Diálogo Político.
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El presidente Daniel Noboa interrumpió su gira internacional y abandonó de manera anticipada un espacio relevante como el Foro Económico Internacional para regresar de forma urgente al Ecuador. En un primer momento, se conoció poco sobre las razones de esta decisión. Sin embargo, en política, los retornos anticipados rara vez son casuales o neutros. Por el contrario, suelen ser señales de alerta. Este cambio abrupto de agenda puede leerse como un síntoma de que, a los múltiples problemas que enfrenta el país, se le están sumando tensiones internas dentro de la propia tienda política del presidente. Algo, evidentemente, no está funcionando en casa.
Cuando la política interna se desordena, el poder siempre llama de vuelta.
En democracias sólidas, los viajes presidenciales están respaldados por partidos estructurados, gabinetes cohesionados y una institucionalidad capaz de sostener la gestión. En democracias frágiles, en cambio, el poder depende excesivamente de una sola figura, y cuando esa figura se ausenta, todo empieza a tambalear. En política no gobierna quien más viaja, sino quien cuenta con una organización capaz de sostener el poder cuando el líder no está presente.
Bajo esta lógica, si un gobernante se ve obligado a interrumpir una gira internacional clave para apagar incendios internos, corre el riesgo de perder capacidad estratégica, margen de maniobra y proyección internacional. El poder se vuelve reactivo y la política adopta una lógica defensiva.
Poco a poco se conocen algunos elementos que permiten interpretar el retorno del Presidente como una consecuencia directa del creciente malestar al interior de ADN. Un malestar que no responde a un solo factor, sino a una acumulación de tensiones, siendo quizá la más delicada la relacionada con la presencia en el gobierno de figuras que, por sus trayectorias y prácticas políticas, han venido desgastando la gestión desde dentro.
Una de las fracturas más visibles tiene que ver con la presencia de Cyntia Gellibert, Fausto Jarrín y Nataly Morillo en espacios clave del gobierno. Para muchos militantes, y también para la ciudadanía, estos nombres no representan renovación ni coherencia ideológica, sino reciclaje político y una contradicción abierta con el relato fundacional del movimiento.
La incomodidad que esto genera amenaza con fracturar la unidad del movimiento. Y ese descontento es comprensible. Quienes apoyaron el proyecto de gobierno lo hicieron confiando en una propuesta que ofrecía ruptura con la vieja política. Cuando se instala la percepción de que el manejo político del país ha sido entregado a actores asociados a ciclos políticos cuestionados, el sentimiento de traición simbólica se vuelve inevitable.
En este punto, ADN enfrenta su principal debilidad estructural: la falta de un partido organizado, capaz de procesar conflictos internos sin exponer permanentemente al Ejecutivo. Entonces, el movimiento deberá articularse políticamente, o el Presidente seguirá sufirendo en solitario los costos de cada crisis.
No obstante, esta coyuntura también puede ser una oportunidad. Un viraje político claro, que separe del gobierno a los funcionarios más cuestionados y perfectamente identificados, enviaría una señal potente. Ayudaría a apaciguar a las bases, y podría recuperar parte de la confianza ciudadana.
La situación del Consejo de la Judicatura no ayuda en esta coyuntura. Desmarcarse con claridad y mostrar voluntad política para respaldar, desde la bancada de ADN, la destitución de Mario Godoy, marcaría un punto importante de inflexión. Mirar hacia otro lado frente al colapso de la Judicatura no le ha hecho ningún favor al gobierno. Tener mayoría en la Asamblea es una ventaja que no puede seguir desperdiciándose. Quizá ha llegado el momento de usar ese poder para reencaminar la gestión.
ADN atraviesa hoy tensiones propias de su fragilidad como partido de gobierno. Sin embargo, un giro de timón permitiría dejar atrás mensajes contradictorios, disputas internas mal gestionadas y recomponer la conducción política de los tres años que aún restan de mandato.
La lección que deja este episodio es clara: el principal desafío del gobierno no está fuera del país, sino dentro de su propio proyecto político. No radica en la agenda internacional, sino en la capacidad —todavía pendiente— de ADN para consolidarse como un partido que gobierna.
No obstante, mientras esa tarea no se asuma con decisión, los regresos inesperados seguirán siendo un hecho recurrente.