Columnista Invitada
La renuncia estratégica de Marcela Aguiñaga
Dra. en Jurisprudencia, Decana de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UDLA, Directora Ejecutiva Participación Ciudadana. Con más de 20 años trabajando temas de democracia, procesos electorales, Transparencia y Diálogo Político.
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Hace pocos días, el tablero político ecuatoriano volvió a moverse. Y no con cualquier ficha. Una de las figuras con mayor proyección electoral hacia las próximas elecciones seccionales decide renunciar a su cargo, dejando más preguntas que respuestas sobre las razones de fondo.
El video de despedida de Marcela Aguiñaga no fue casual ni improvisado. Fue, más bien, una pieza de comunicación política cuidadosamente construida. En él, combina con habilidad una justificación personal —que bordea lo íntimo— con un reposicionamiento político que no pasa desapercibido.
Lo que podría interpretarse como un simple cierre administrativo, en realidad puede leerse como una jugada orientada a reconfigurar su capital político. Y esto no es menor. Aguiñaga lleva tiempo moviéndose en un terreno complejo: distanciada de Revolución Ciudadana, sin una estructura partidaria formal que la respalde plenamente, enfrentando cuestionamientos legales y operando en un sistema político marcado por la volatilidad y la incertidumbre.
Si se decodifica su discurso, aparecen algunas claves relevantes. La primera es el uso de una narrativa de accountability discursivo. No hay cifras, no hay balances técnicos detallados. Sí hay una apelación a principios, valores y circunstancias personales. Es lo que en ciencia política se conoce como “justificación performativa”: se renuncia y no solo se informa, se construye simbólicamente para ser percibido como legítimo.
En ese sentido, el discurso cumple una doble función. Por un lado, comunica la decisión. Por otro, instala un relato que busca validarla frente a distintos públicos: ciudadanía, élites políticas y una base que, aunque ya no esté formalmente organizada bajo su liderazgo, sigue existiendo. Porque Aguiñaga, guste o no, conserva capital político propio.
Pero hay un elemento que no puede ignorarse: su pasado. El vínculo con el correísmo sigue siendo un karma para ella, un peso. Por lo que, la renuncia, podría ser un intento de liberarse —al menos parcialmente— de ese lastre y abrir una nueva etapa con mayor autonomía. Entonces su salida no se presenta como abandono, sino como coherencia.
Pero más allá del discurso, vale la pena preguntarse: ¿qué implica políticamente su salida?
Aguiñaga no es una figura menor. Su llegada a la Prefectura del Guayas no fue únicamente resultado del arrastre partidario, sino de una combinación de experiencia técnica, presencia territorial y capacidad de articulación. Supo moverse entre bases y élites, construyendo un puente político que hoy no es fácil de reemplazar.
Por eso, su renuncia deja un vacío. No solo administrativo, sino político. Un espacio sin un reemplazo claro, en una provincia que se sabe que es clave en el mapa electoral del país.
Por lo tanto se pueden barajar algunas hipótesis: ¿Esto constituye una retirada o corresponde mas bien a a una reconfiguración? ¿Es una salida obligada o es una jugada anticipada?
Varias voces opinan que esta decisión es sin duda un movimiento estratégico: alejarse de las tensiones internas del correísmo, tomar distancia del desgaste y reaparecer más adelante como una opción renovada. Podría ser una candidatura a la Alcaldía en el corto plazo. O quizás una apuesta hacia el 2029. Pero seguramente desde otra plataforma política.
De ser así, esta renuncia no sería ni de lejos un final. Sería el inicio de otra etapa. En ese sentido, la salida de Aguiñaga —con discurso incluido— termina siendo una intervención política compleja. Protege su capital, evita un desgaste mayor y deja abierta la puerta para su retorno. Pero, al mismo tiempo, su salida manda señales que el sistema político no debería ignorar.
Primero, evidencia el peso del personalismo en la política ecuatoriana. Las trayectorias individuales están por encima de las estructuras partidarias. Segundo, evidencia las dificultades del correísmo para mantener cohesión interna y proyectarse como una alternativa ordenada. Y tercero, en el Ecuador, no siempre dejar un cargo significa perder el poder. A veces, simplemente se transforma en otra opción política.
Con las elecciones locales estando tan cerca, la salida de una figura como Aguiñaga, reconfigura el tablero en Guayas, pero también instaura una nueva fase de incertidumbre política. Entre sus razones altruistas personales declaradas y el cálculo estratégico, su renuncia podría ser, en realidad, una de las jugadas más inteligentes de los últimos meses.
O, por lo menos, una de las mejor narradas.