El Chef de la Política
Un presidente temerario
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Ser calificado como temerario, amante de la incertidumbre máxima, del riesgo total y del desenfreno absoluto, puede ser un valor positivo en el mundo de los negocios y de la vida privada. Sin embargo, en la esfera de lo público, en la que se juegan los intereses de una diversidad de sectores y actores, la temeridad asume una connotación distinta. Ser un gobernante temerario, por tanto, lejos de ser una cualidad de gestión es un síntoma de desapego por el bienestar de la población, sobre todo de la que se encuentra en situaciones más apremiantes.
En Ecuador tenemos un gobernante temerario. Este gobernante toma decisiones que le generan ciertas ganancias, mínimas y temporales, a costa de grandes pérdidas para el país. Beneficios particularistas y costos distribuidos entre diferentes sectores de la sociedad: así se puede interpretar la reciente decisión de imponer “sanciones” a Colombia por su no cooperación en la lucha contra el narcotráfico y la seguridad transnacional. En efecto, aun si se da por cierto que el comportamiento colombiano es el descrito, establecer un gravamen arancelario no va a cambiar las decisiones políticas asumidas por el vecino país. La razón es simple, aunque nos duela: el poder económico y político del Ecuador es tan incipiente en el contexto internacional que su capacidad para disuadir o persuadir a otros Estados es mínima, casi nula.
Eso lo sabe nuestro temerario gobernante y lo sabe muy bien. Por eso es que probablemente el arancel a las importaciones colombianas nunca entre en vigencia. Habrá una serie de reuniones en la esfera diplomática para que al final se llegue a un acuerdo y todo vuelva al punto inicial. Con eso, más allá de generar expectativas de diverso orden entre agentes económicos de ambos países, la calma retornará pronto. Si esto es así, y no se ve razones para que el cauce de este suceso sea distinto, la pregunta que surge es respecto a las motivaciones reales de Noboa para una decisión tan agreste y carente de sustento.
Ahí una posible explicación está en la utilización de esa declaración rimbombante, pero sin ningún fundamento, como medio de dirigir la atención de la ciudadanía y la opinión pública hacia un tema distinto de los que concitan el real interés del país. En efecto, al menos por unos cuantos días, discutiremos de algo diferente a lo que se ha vuelto cotidiano: denuncias de corrupción, actos de funcionarios públicos reñidos con la ética de los cargos que desempeñan, asambleístas vinculados con el crimen organizado, reducida gestión de sectores estratégicos y ausencia estatal cada vez más palpable.
Por ello, se puede elucubrar también que, con el reciente incidente, el temerario presidente que nos gobierna gana unos días bajando las tensiones, que se han acrecentado en el país, a costa de alterar las relaciones diplomáticas con Colombia. En el balance, él, a título personal, se beneficia temporalmente mientras se levanta el avispero en diferentes agentes económicos y sociales de ambos países. Ese es el juego del temerario, situarse al borde del abismo y, por el solo hecho de sentir la adrenalina en su punto más elevado, poner en riesgo los intereses generales. Tenemos un presidente que así juega los naipes y hay que asumirlo o enfrentarlo. Ahí la dicotomía. Así, evaluar que nuestro temerario presidente no ha tomado en cuenta las enormes asimetrías entre Ecuador y Colombia y los altísimos costos que conllevaría la supuesta imposición de tributos al comercio exterior entre ambos países, es poco creíble. Él sabe lo que hace y para qué lo hace. Que los resultados de sus decisiones sean en beneficio personal y de su gobierno es otra cosa. En ese escenario, hasta que la opinión pública se desgañite discutiendo sobre el tema del momento, él estará de vuelta y no tardará en buscar otro distractor para la audiencia. Ese es el libreto de Carondelet: cuando las críticas por inoperancia o corrupción arrecian, se intenta trasladar los costos políticos a otros. Antes fue la Corte Constitucional, ahora es Colombia. Mañana, ya veremos. Como vaya viniendo, vamos viendo.