El Chef de la Política
Funámbulo
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Acróbata que realiza ejercicios sobre la cuerda floja o el alambre. Funámbulo. Volatinero. Equilibrista. Ahí una descripción, simple y directa, del gobierno nacional. Día a día se juega al todo o nada. Ninguna aversión al riesgo. Siempre al filo de la navaja. Constantemente propiciando faltas al borde de las dieciocho yardas, como dirían los futboleros. Están muy confiados en la precisión de sus movimientos o les importa poco o nada que en cualquier momento un descuido sea letal. Esa es la gran interrogante.
Pero no ha sido solo cuestión del funámbulo y sus hechuras, también la providencia ha jugado en su favor. No hay quién tiemple la cuerda y tampoco hay quien provoque un soplido capaz de llevar al tambaleo que antecede al cruento encuentro con la superficie. Revolución Ciudadana, sumida en sus disputas internas, no tiene espacio ahora mismo para un guion político distinto del que tiene que ver con su propia sobrevivencia electoral. Paradójicamente, cada vez que RC mueve una ficha de ataque al funámbulo, lo que consigue es que los espectadores terminen apoyando las destrezas circenses, aún cuando estas sean mal traídas. Reacciones de la polarización, dirán algunos. Consecuencias del darwinismo social, acotarán otros. Temor puro y duro, vaticinan unos cuantos más.
En el movimiento indígena sucede algo similar. Ni interpelan al funámbulo ni celebran sus piruetas. Simplemente están ahí. Pero al menos eso, están. En las actuales condiciones, el mero hecho de estar ya es bastante y puede llegar a ser decisivo. Los otros, los convidados de piedra de este espectáculo, aquellos que en algún momento tuvieron un formato parecido a lo que es un partido político, ahora no son más que piezas de museo. Un museo intrascendente que a nadie interesa visitar por aburrido, carente de ideas y plagado de inmundicia. Antes que cualquier cosa, la higiene.
Así, entre devaneo y devaneo, el funámbulo va cosechando cada vez más cuentas por pagar y menos deudas por cobrar. En efecto, y por mucho que intenten disimular los altoparlantes del acto circense, los pasivos políticos se van incrementando peligrosamente y son imprescriptibles, como muchos de los casos de corrupción denunciados y acrobáticamente esquivados. Pero en medio de lo dicho, la enorme ventaja que tiene el funámbulo, al menos de momento, es que no existe un acreedor dispuesto a denunciar la morosidad. Si nada hay entre los políticos, poco queda entre la ciudadanía organizada.
Pero la suerte del funámbulo puede cambiar. Siempre es posible que el exceso de confianza lleve a que, de sopetón, todo se le venga encima. Apagones, colapso de la salud pública, algún escándalo de corrupción no previsto, un hecho referencial de inseguridad (mayor que las decenas de eventos que se han reportado). En fin, algo que pueda servir de “disparador” para que ese auditorio que ahora observa todo desde el ensimismamiento, reaccione. Reacción puramente instintiva, desde luego, pero reacción al fin. Ahí, si eso se llega a dar, las hambres atrasadas de los actores políticos se juntarán a los resentimientos sociales encapsulados. Cuando eso pase, si pasa, no habrá poder humano que mantenga al funámbulo en pie.
Jugarse al volatinero, al equilibrista, al acróbata, produce adrenalina y ese es un bálsamo que da sentido a la vida de muchos. Cuando eso sucede en la esfera privada, nada se puede objetar. Sin embargo, si está de por medio el futuro de la gente con menores ventajas económicas ahí hay límites que no se pueden rebasar. Ahora mismo el gobierno nacional, el funámbulo del momento, está llegando a su cuota de permisividad y no parece darse cuenta de ello. No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, dice el refrán.
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Por el bien del país, ojalá que el 2026 sea un año en el que el funámbulo deje su condición de tal y asuma el rol de estadista, que para eso se le hizo el encargo. La cuerda floja en la que hasta ahora ha podido maniobrar a plenitud, con el multitudinario aplauso y lisonja de los comensales del poder, pronto puede tensarse de mala forma y ahí, mientras unos no tendrán sino que sacar el pasaporte azul y seguir la vida sin sobresaltos, otros se quedarán acá para afrontar los daños del entuerto. La suerte del funámbulo no es eterna.