El Chef de la Política
Una sociedad cínica
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Esa es una descripción fría y decepcionante de nuestra sociedad. La vergüenza ante la mentira o el engaño es cosa del pasado y ahora, el que más recurre a la falsedad, es el que tiene mayores espacios de crecimiento personal o profesional. Los referentes sociales y los valores comunitarios también han pasado a mejor vida. No solo eso, ahora la defensa de elementos esenciales de la convivencia pacífica son puestos en duda o incluso ridiculizados. La obscenidad en su más alto grado nos gobierna en lo público y en lo privado, sin profundas distinciones. No es creíble que lo que ocurre en la vida pública se diferencie en mayor medida de lo que sucede casa adentro, en nuestras relaciones cotidianas.
El político, sin ningún tipo de resquemor, declara a voz en cuello que las cosas van para mejor y que pronto, casi a la vuelta de la esquina, seremos uno más de esos países a los que llaman industrializados. El empleo va al alza, la inseguridad va a la baja. Tanto es así que ahora somos referentes mundiales de lo que se debe hacer para vivir mejor. A la par, en otra dimensión, fruto de la pura imaginación según ellos, las estadísticas dicen lo contrario y los análisis que acompañan a los números también. La tensión, sin embargo, es solo aparente, dirán los serviles de siempre. Si se mira bien y se cree a pie juntillas en el discurso oficial, el país marcha sobre ruedas. Podría funcionar mejor, claro que sí, pero para eso se requieren unos años más de gobierno.
El funcionario público va en la misma línea de desfachatez y cinismo. Dice que lo que ha hecho ha sido en bien del país y sus ciudadanos. Aunque en la otra orilla la mayoría tenga una valoración diametralmente opuesta, eso importa menos. Descaro en su máxima expresión. Dicen una cosa y a la brevedad la realidad les responde con argumentos en contrario; no obstante, la sonrisa acicalada y el juego de palabras, burdo y mal planificado, es la salida inmediata. Mañana será otro día y mañana habrá otro tema de discusión. Impúdicos viviendo de los recursos de la ciudadanía.
Jueces y fiscales aportan con lo suyo. Juzgan con el pavor que conlleva el grito del patrón que está del otro lado y que les ha garantizado el espacio de trabajo. Saben que, si no son dóciles, pronto volverán al mundo del anonimato del cual nunca pensaron salir. Por eso, orondos y sin vergüenza alguna, proponen ternas que nunca debieron proponer o dirigen allanamientos que jamás debieron darse. Las razones jurídicas que les devela como cínicos les resultan irrelevantes pues, más temprano que tarde, todos nos olvidaremos de sus fechorías.
Pero en la vida privada las cosas tampoco van por buen camino. Ahí está el profesional que sin ningún tipo de escrúpulo engaña al cliente. El estudiante que recurre acríticamente a la inteligencia artificial y luego intenta asumir burdamente la autoría de sus tareas. El analista que presume conocimientos que le resultan ajenos pero que a cambio de una lisonja del poder se las juega y pone la cara sin ningún reparo ante el micrófono irresponsable que se presta para ello. En fin, prácticas que se consideran dignas de tacha ahora son relativizadas, cuando no abiertamente defendidas y ensalzadas. Pero no todo está perdido. Siempre hay espacio para la esperanza y la reivindicación de una sociedad cínica, como la nuestra. Los diferentes espacios de acción y gestión ciudadana pueden ser un poderoso articulador de ideas nuevas y referentes de conducta social. La acción política está no solo en los espacios de poder a los que se accede vía voto popular sino también en aquellos círculos pequeños de discusión y debate en los que se tiene que proponer y hacer. Ambas cosas a la vez. En esa microfísica del poder hay un lugar aún para al menos ralentizar el proceso de deterioro social que vivimos.