Leer juntos: un gesto pequeño con grandes efectos en la educación
Jefa de Formación Docente en CRISFE. Es psicopedagoga e investigadora, con más de una década de interés sostenido en educación. Canta y escribe por convicción.
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Una de las frases que con más frecuencia escucho de padres -sobre todo de niños pequeños- es esta: “Mi hijo no lee” o “no le gusta leer”. Lo dicen con preocupación y, muchas veces, con una mezcla de frustración e incertidumbre. Desean que sus hijos lean más, pero no siempre saben cómo lograrlo.
Cuando los padres me preguntan qué hacer para desarrollar este hábito, suelo compartir un método muy sencillo y práctico que puede generar no solo interés por los libros, sino también algo aún más valioso: cercanía y vínculo entre padres e hijos.
Antes de explicar a qué me refiero, conviene recordar un dato preocupante. En Ecuador seguimos arrastrando una estadística alarmante: los ecuatorianos leemos, en promedio, apenas un libro y medio al año. Y si miramos el problema desde el sistema educativo, la situación tampoco mejora. Se estima que siete de cada diez estudiantes que terminan el bachillerato no lo hacen con las competencias lingüísticas necesarias para iniciar con solvencia estudios superiores o incorporarse al mundo laboral.
En este contexto, la pregunta sobre cómo fomentar la lectura en los niños adquiere aún más relevancia.
Cuando los padres me preguntan qué pueden hacer, suelo recomendar una estrategia conocida como lectura compartida. Este enfoque tiene distintas formas. Existe la lectura tradicional, en la que el adulto lee al niño; también la lectura dialógica, en la que el niño asume un rol más activo y participa en la lectura del texto.
Sin embargo, en esta columna quiero referirme especialmente a una modalidad: la lectura compartida interactiva.
En este tipo de lectura, el adulto no lee para el niño, sino con el niño. La diferencia es fundamental. La lectura deja de ser un acto pasivo para convertirse en una experiencia compartida en la que ambos participan activamente.
La dinámica es sencilla: mientras leen un cuento, el adulto invita al niño a interactuar con la historia. Puede pedirle que señale ilustraciones, que nombre personajes, que formule preguntas o que responda a ellas. En otras palabras, se busca que el niño participe constantemente durante la lectura.
¿Por qué es importante este tipo de interacción?
Porque la lectura compartida interactiva favorece el desarrollo de habilidades cognitivas, emocionales y lingüísticas.
Desde el punto de vista cognitivo, fortalece la atención, estimula la imaginación y contribuye al desarrollo de la memoria. Desde el plano afectivo, crea un espacio privilegiado de encuentro entre el adulto y el niño: un momento para conversar, imaginar y disfrutar juntos.
Y desde el ámbito lingüístico, sus beneficios son especialmente relevantes. Los cuentos exponen a los niños a palabras nuevas, estructuras gramaticales variadas y diferentes formas de narrar.
Además, según el investigador español Raúl Gutiérrez Fresneda estimulan el desarrollo del lenguaje oral, una habilidad clave para el aprendizaje de la lectura. Y menciona que la lectura compartida constituye una de las actividades más influyentes en el desarrollo del lenguaje y en la adquisición temprana de la alfabetización. Leer con los niños no consiste únicamente en narrar una historia; implica dialogar, formular preguntas, hacer predicciones y comentar el texto, promoviendo que el niño construya significado mientras lee.
La buena noticia es que ponerlo en práctica no requiere grandes recursos. Basta con algunos hábitos sencillos como: fomenta la lectura manteniendo libros variados y adecuados para la edad al alcance de los niños, eligiendo historias que conecten con sus intereses; dedica al menos 15 minutos diarios a leer juntos y releer las historias cuantas veces lo pidan; y acompaña este momento con preguntas abiertas sobre la trama, los personajes y posibles finales para fortalecer su comprensión e imaginación.
Pero, el consejo más importante es este: disfrutar del momento.
Dejar las pantallas por un rato, buscar un lugar tranquilo, y que permita generar un espacio para la imaginación y la cercanía entre padres e hijos. Visto así, la lectura compartida se convierte en un encuentro que vale la pena repetir cada día.