De la Vida Real
Mi hijo me hizo escuchar a Bad Bunny
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Bad Bunny me parece una pendejada, pensaba hace un año. Canta pésimo, decía. Me enerva porque canta como idiota, repetía.
Y ahí, detrás mío, estaba mi hijo de 15 años: “Ma, Bad Bunny es toda una eminencia. Es un tipo con talento. Lo que pasa es que no es de tu generación. Seguro a mis abuelos les parecía horrible la música que oías en tu adolescencia. No puedes juzgar a un cantante sin conocer su historia”. Y me cantaba: “Pol Dios, señora, hay cosas más importantes que sentarse a criticar los logros de un cantante”.
Su argumento no me convenció para nada. Y eso es raro, porque a mi hijo Pacaí le creo todo. Es un chico que entiende de música: sabe de letras, de historia musical y de contextos históricos.
Pero cuando me hablaba de su amor por Benito, perdía toda credibilidad.
Hasta que, hace un año, le oí hablar de tú a tú con un músico, que es de mi edad, al que aprecio mucho: Juan Fernando Andrade. Es, además, uno de los escritores ecuatorianos que más me gusta.
Oí a mi hijo defender, frente a Juan Fernando, por qué Bad Bunny es tan buen cantante y músico. Juan Fernando asentía con la cabeza, le hacía preguntas y el Pacaí respondía con argumentos. Ahí dije: “Chuta, creo que tanto al oyente como a Bad Bunny los estoy menospreciando”.
Y decidí conocer su música: su faceta como intérprete urbano de trap, su faceta como artista comercial y luego como compositor que eleva a su país y a América Latina en la industria musical.
El Pacaí me hizo oír la letra de “Hawái”. Luego me mostró un corto en donde Bad Bunny aparece de viejo, mirando atrás su vida. Y me fui enterando de quién es este ser tan amado por las nuevas generaciones y tan criticado por las viejas generaciones.
Bad Bunny sí tiene canciones horribles, pero otras son un sueño. En unas canta como tarado, en otras, mucho mejor. Tiene unos diez años en los escenarios: está en proceso, pero está dejando huella.
Por medio de sus canciones conocemos su vida, su entorno, su forma de entender el amor, el barrio y la fama. Es un artista que busca su cauce y que no se ha encasillado.
El Pacaí es fanático de Héctor Lavoe y me explica que, en un video, Bad Bunny usa elementos del maestro de la salsa. Y le comento a mi hijo que me aterra esa muletilla que tiene Bad Bunny de cantar como si no supiera vocalizar, y me pone videos donde canta con voz clara y potente.
Me explica que ese es su estilo, que es su huella. Y me ha enseñado otros videos donde canta hasta ópera.
Cuando vimos el medio tiempo del Super Bowl, yo a Bad Bunny lo sentí cercano. Sabía que su papá trabajaba de camionero, que su hermano es modelo y que a su otro hermano no le gusta la fama. Sabía, también, que le costó salirse del sistema musical pop gringo para formar su movimiento. Me dieron ganas de llorar, porque él no cree que “allá” es mejor. Sabe que las cosas aquí tienen color, ritmo y sabor.
Bad Bunny es criticado por gente que no se ha dado el tiempo de ver más sus habilidades como cantante. Pero en el arte nada es bueno ni malo: el arte tiene etapas y está lleno de matices. Uno no puede pelear en redes si te gusta o no este artista. Uno puede mirar y ser objetivo frente a la maravilla puesta en escena de esos catorce minutos, en donde no se perdió un solo elemento latino.
Y estoy segura de que a muchos se nos erizó la piel al ver al niño dormir en medio de la fiesta, al ver la boda, el carrito de tacos y la señora que vende en el bar.
Porque esas escenas las vemos todos los días. No es algo lejano para nosotros. Además, me encantó que no habló ni cantó en inglés. No todos entendemos ese idioma, pero en este lado del planeta casi todos entendemos y hablamos español.
Bad Bunny no será guapo ni será el prototipo de artista al que estamos acostumbrados, pero Benito tiene su encanto. Uno lo descubre cuando se mete en sus letras, sobre todo en su último álbum, Debí tirar más fotos. Y lo confirma cuando lo ve hablar en entrevistas.
Bad Bunny, cuando quiere, vocaliza mejor que muchos de nosotros. Pero prefiere usar ese estilo de voz que a millones de personas les gusta y a otro millar nos aterroriza.
Mi hijo me enseñó que, en el arte, no solo se juzga desde nuestro punto de vista, sino que también se entiende conociendo al autor, su historia y de dónde viene.
¿Sabían que Benito, de chiquito, era monaguillo? ¿Y que su segundo nombre es Antonio? ¿Y que no es fiel ni a su barbero?