De la Vida Real
El oficio de conservar la historia
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Actualizada:
La idea llega y se queda dando vueltas hasta que, por algún lado, se ejecuta. Tenía muchas ganas de conocer un lugar que hable del Quito antiguo, pero que no esté en el centro. Era una idea que me surgió de la nada.
El jueves de la semana anterior tuve una llamada inesperada.
—Valen, quiero invitarte a que conozcas la Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit.
Acepté la invitación. Puse Waze. Luego de cuarenta minutos llegué a Cotocollao, tomando en cuenta que vivo en Conocoto. Ni bien bajé del auto me quedé enamorada del lugar y de la atención de las personas que trabajan ahí. Entré y empezamos el recorrido con una señorita que, aparte de ser guía, es historiadora. Tenía un conocimiento casi ilimitado, lo que preguntaba me respondía.
“La Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit está en el norte de Quito y funciona en lo que fue un antiguo internado jesuita. Es la biblioteca más grande del Ecuador y también un espacio de investigación. Aquí llegan investigadores nacionales e internacionales. No es solo un lugar para leer: es un lugar para buscar, comprobar y cuidar la memoria”, me explicó la guía.
Hice el recorrido completo. Conocí la capilla y el coro me impresionó, como me impresionó un área donde se ve como Santa Marianita de Jesús se azotaba con cilicios. Todo está organizado de una forma que no abruma. Los espacios se respetan uno tras otro sin necesidad de explicaciones largas.
Conocí el herbario del padre Luis Sodiro. Hay ejemplares de más de cien años de antigüedad, plantas que ya no existen y que se sabe que existieron gracias a esa colección botánica. Hay más de trece mil ejemplares, de más de siete mil especies. Cada uno está ahí porque alguien decidió conservarlo y hacerlo bien.
Seguimos recorriendo otros espacios. Llegamos a una colección donde se entiende cómo algunas especies desaparecieron y hoy solo se conservan en registros científicos. Hay colecciones de todo tipo, algunas del siglo XVI, de las que no se sabe con certeza cómo llegaron hasta allí. No todo tiene una respuesta, pero todo tiene un lugar y una razón para seguir existiendo.
Luego fuimos a ver la colección de mariposas del padre Piñas. Es una colección trabajada durante décadas, con miles de ejemplares. Cada uno tiene información precisa sobre el lugar y el año en que fue recolectado. No está pensada para decorar. Es archivo. Es registro. Es trabajo sostenido en el tiempo.
También están los cuadros pintados por Emilio Moncayo. Hay un cuadro por cada provincia del Ecuador y otros de distintos lugares. El encargo lo hizo el padre Aurelio. El mérito está en la perspectiva central: todo se ve desde un solo punto. No había drones. Había técnica, complicada de entender, pero clara en el resultado.
Estar en la biblioteca más completa del país fue una experiencia que recordaré siempre. Es un lugar que te lleva al pasado sin necesidad de discursos. La historia aparece sola, en objetos concretos y bien cuidados.
Ricardo Gutiérrez, director de la biblioteca, dijo que quería mostrarme algo. Me llevó a una sala con sillones de cuero color vino, de esos sillones que se hunden cuando uno se sienta.
Entró una chica vestida de blanco, con guantes y mascarilla. Abrió una caja de cartón con el cuidado que un cirujano cardiaco abre un corazón infartado, y sacó algo pequeño, envuelto en papel de seda.
—Este es el único retrato comprobado para el que Antonio José de Sucre posó—, me dijo Ricardo.
Es una pintura diminuta. No pude esconder el asombro por lo chiquitita que era la obra y, por qué no decirlo, por lo fea también. Me quedé callada. Por educación, por prudencia y por puro patriotismo.
La Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit es uno de esos lugares que, igual que sorprenden, fascinan. Está ahí, cumpliendo su función, guardando documentos, objetos, imágenes y registros. No necesita presentarse como algo nuevo, porque ha estado ahí por años. Su valor está en permanecer y en permitir que alguien, en algún momento, vuelva a mirar lo que otros decidieron conservar.
Nos quedamos conversando un rato con la guía sobre la comida que se servía en la época de la Colonia y la Independencia. Me contó que la comida estaba dividida por clases sociales: en la clase alta se comía ají de carne, se tomaba vino —no chicha—, se preparaban sopas exquisitas y muy laboriosas, como el puchero, y se hacían postres muy elaborados, como las mistelas. Ahí supe que las mistelas han existido por siglos, ¡y yo juraba que eran algo moderno!