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De la Vida Real

El duelo del celular

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

13 abr 2026 - 05:50

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Estaba por entrar a mi casa y me tropecé con mi hijo Rodri. El celular lo tenía en la mano y se cayó tan duro como pudo y tan rápido como quiso.

Sentí que mi alma se rompió con él. Cayó pantalla boca abajo sobre una piedra diminuta. No quise alzarlo, no quería ver. Mi hijo, por instinto, lo levantó y soltó: “hijue pu… ma, está hecho mierda”. Primera vez no le hablé por las palabrotas. Tenía razón. Estaba hecho M.

Me negué a mirarlo, pero mi hijo me lo puso frente a los ojos. Era el mejor celular que he tenido. Sí, se sobrecalentaba. La batería no duraba mucho. Si el sol le daba directo, dejaba de funcionar. A veces se colgaba. Pero era fiel, y eso vale más que cualquier defecto.

Hasta ese día no me había dado cuenta de cuánto uso el celular para trabajar. Tomo pedidos, hago registros, anoto ideas, escribo todo en notas. Mi celular resultó ser mi oficina, mi agenda y mi cerebro externo. Todo eso se rompió en menos de una fracción de segundo.

Los primeros días sentí un alivio raro por estar desconectada. Luego la angustia llegó, así que desempolvé un celular viejo que guardaba en un cajón desde hace años. No servía para nada, pero igual intenté. Me enervé al no poder hacer una llamada, no poder mandar un mensaje, no poder abrir Facebook para ver los problemas ajenos y olvidarme de los míos.

Fui donde el técnico de celulares, con el celular roto, con la esperanza de que me dijera que, cambiando el display, iba a servir. Me dijo que no: que arreglarlo me iba a costar más que comprar uno nuevo. Sentí que el paciente murió y no había solución alguna.

  • A solas con mi abuela

Entonces mi tía, que es un sol de persona, me regaló su iPhone 13. Ella tampoco supo cómo usarlo, y ahora entiendo el por qué.

Dicen que a caballo regalado no se le mira el diente. Pero a celular regalado sí se le ven los defectos.

Ahí fue cuando sentí que mi cordura se despidió de mí.

No entiendo nada. No sé cómo se manda un mensaje. Quiero subir el volumen y se apaga. Todo está al revés. Con mis hijos intentamos pasar las apps del antiguo celular, pero no se pudo, porque ya ni se prende. Perdí todo: mis conversaciones, mis fotos y hasta mis audios. Me quedé sin pasado en el WhatsApp, en un limbo digital. Ahora me toca confiar en la gente porque no tengo cómo demostrar lo que he dicho o me han dicho.

Les pregunto a mis hijos: ¿cómo hago esto?, ¿cómo configuro? Pero ellos se van al colegio y me dejan sola con el aparato. Así que me refugié en el ChatGPT para que me ayude a solucionar mi vida.

Y el ChatGPT es más paciente que ellos. Me explica sin suspirar, sin poner los ojos en blanco, ni me responde feo. El chat se toma el tiempo de explicarme y yo le agradezco de todo corazón. Mis hijos, en cambio, solo me responden, con ese tonito insoportable que tienen: “es que es un iPhone, ma, no funciona igual al que tenías”, como si eso lo explicara todo, como si yo fuera el problema y no el celular.

Gracias al Chat logré quitar las notificaciones, agrandar la letra y cambiar el fondo de pantalla. Victorias pequeñas, pero victorias al fin.

  • No soy señora de perrhijos

Hay ratos que siento que me ahogo. Mando cosas mal, no adjunto archivos. Cuando uso este iPhone me mareo. No encuentro dónde están las descargas.

El Wilson, mi marido, dice: “ya que tienes ese, no te quejes porque no te vas a comprar otro”. Y tiene razón. No me queda de otra. Todavía estoy pagando el que saqué con el plan del anterior, así que de aquí no me muevo.

Los guaguas dicen que este tiene una súper buena cámara, mejor que cualquier Android. Así me consuelan, pero no, no tiene mejor cámara que mi anterior celular. Salían las fotos un poco pixeladas, pero eso les daba un toque vintage único a las fotos.

Ninguna cámara, por buena que sea, reemplaza lo que ya había. El cariño no se transfiere, ni con el mejor wifi existente. No funciona así. Uno no elige de qué celular se enamora.

Espero que el tiempo pase, que pueda usar este aparato sin sentirme perdida. Quiero quererle a este teléfono, pero le extraño al otro, al que era mío, al que me entendía, al que nos teníamos respeto mutuo. Ese se fue. Y el técnico lo confirmó: no hay vuelta atrás.

Tal vez era lo que necesitaba para trabajar la paciencia, la tolerancia o la resignación. Quién sabe.

  • #celular
  • #iPhone
  • #Android
  • #teléfonos inteligentes
  • #Familia

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