De la Vida Real
Las que se quedan
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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En los últimos tres años, diciembre me ha llevado al hospital.
Un año fui yo, otro año fue mi hijo y este, otra vez yo. El 23 de diciembre. Un día antes de Nochebuena. Mientras la gente estaba alborotada, haciendo compras de última hora en los centros comerciales, atascada en el tráfico y en los supermercados, yo entraba al quirófano.
Uno piensa que una cirugía es, ante todo, un asunto médico. Que todo gira alrededor del doctor y del procedimiento. Pero no. Lo más fuerte no fue la operación en sí, sino todo lo que pasa alrededor: la espera, la fragilidad, ese estado extraño en el que el cuerpo está ahí, pero la cabeza te lleva a los lugares más catastróficos posibles. Ahí fue donde entendí el verdadero papel de las enfermeras.
Los médicos aparecen, hacen su trabajo y se van. Es un trabajo crucial, pero es un trabajo puntual. Las enfermeras, en cambio, se quedan. Están ahí cuando despiertas medio confundida. Cuando no sabes si el mareo es normal o es un síntoma letal. Cuando el dolor aprieta hasta la inconsciencia. Se quedan ahí, a tu lado, mirando el suero, revisando horarios y tomando los signos vitales. Se quedan cuando ya no hay nada espectacular que hacer: solo cuidar.
Mientras estaba en la sala de recuperación, escuché a dos enfermeras que conversaban. Era una de esas conversaciones casuales. Una enfermera le decía a la otra que este año le tocaba trabajar el 24. Que le daba pena no pasar la Nochebuena con sus hijos.
—Ya hablé con mi mamá para que se quede con ellos —decía—, pero no es igual. Todavía son chiquitos mis guaguas.
La otra, un poco mayor, le respondió con una naturalidad que dolió un poco:
—Con los años, una se acostumbra. Este año a mí me tocó salir, pero… tantos años que he pasado aquí.
No hubo drama. No hubo quejas. Solo una contestación tranquila. Y ahí fue cuando algo se movió en mí.
Pensé en eso de “acostumbrarse”. En cómo ciertas ausencias se vuelven rutina. En cómo el trabajo, poco a poco, ocupa espacios que deberían ser intocables. No como una tragedia, sino como una suma de renuncias pequeñas que casi nadie ve.
Las enfermeras no ganan como los médicos. No tienen el mismo estatus. Pero son ellas las que sostienen lo cotidiano: lo incómodo, lo repetitivo y lo invisible. Son las que ayudan a levantarte cuando todavía no confías en tus piernas. Las que limpian las lágrimas, la sangre y el sudor. Las que repiten las mismas indicaciones, una y otra vez, sin perder el tono. Las que te dicen “ya falta poco”, aunque todavía falte bastante.
Les veía pasar con ojeras y zapatos gastados. Haciendo turnos largos, sabiendo que al día siguiente no habrá feriado especial ni pausa navideña. Será otro día igual.
Pasada la medianoche, mientras en muchas casas se brindaba, ahí estarán ellas, en su rutina habitual: enfermeras, auxiliares, camilleros. Te sacan en silla de ruedas. Te explican qué hacer para que la recuperación vaya bien. Te dan gelatina. Te cambian el suero. Te preguntan si el mareo ya pasó. Son gestos pequeños, pero constantes.
Y, en medio de eso, pensé: ¿qué comerán ellas esa noche? ¿Habrá una cena improvisada en un tupper? ¿Un arroz rápido, frío, comiendo de pie? ¿Un café con galletas, apurado entre pacientes? ¿Alguien les guardará un pedazo de pavo para después? Pensé en esa parte mínima y doméstica que nunca aparece cuando hablamos de vocación o sacrificio.
Tal vez nunca vuelva a ver a esas enfermeras. Tal vez ellas nunca se acuerden de mí. Pero yo me quedé con sus voces, con lo que escuché entre anestesia y sueño. Me quedé con la sensación de que, mientras yo contaba las horas para regresar a mi casa, ellas contaban sus turnos.
Y entendí que no son las únicas. Hay muchas personas que trabajan cuando el resto descansa: guardias, policías, bomberos, periodistas, personal de hoteles, entre miles de profesiones más, que, para que funcione el sistema, no pueden dejar de atender sus obligaciones.
Nos acostumbramos a que estén. A que resuelvan. A que nos cuiden y nos informen. Pero, cuando algo falla, reclamamos.
Cuando salí, pasada la medianoche, no pensé en grandes ideas ni en cambios profundos. Pensé en esas enfermeras volviendo al pasillo, en la luz blanca que nunca se apaga. Pensé, otra vez, en qué estarían comiendo esa noche. Me fui adolorida, pero agradecida de que todo salió bien con mi cirugía.
Y con la idea de buscar una cábala para que, este año, diciembre me salve del hospital.