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De la Vida Real

Cruzar mundos en Tonchigüe

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

02 mar 2026 - 05:50

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Soy parte de Tonchigüe desde que nací.

He visto a este pueblo de pescadores estancado en el tiempo, siempre con las calles enlodadas, pero con los años ha progresado, a su manera, pero ha progresado. La ferretería ha crecido y ahora hay más de tres.  Hay más de una cadena de farmacias, y dos o tal vez tres canchas de fútbol. Hay una panadería de pan nacional junto a una panadería colombiana. Sé quién es la señora de los corviches y también dónde venden el mejor pescado frito: donde Memo.

Sé que Tonchigüe es un pueblo de pescadores dónde pasan cosas, muchas ciertas y otras que son leyenda. Siempre he pensado que Tonchigüe es el pueblo perfecto junto al mar. Pero le falta color, orden, porque sazón tiene de sobra.

Esta vez fuimos a Tonchigüe porque el Pacaí, mi hijo mayor, tenía que hacer un proyecto del colegio sobre un cambio en una comunidad. Él eligió este: ir de voluntario a construir una casa CAEMBA.

Tonchigüe es una parroquia de Esmeraldas donde hay 140 casas CAEMBA construidas y hay todo un barrio que se llama San Antonio, allá arriba en la loma: se lo distingue por los techos azules, que ya son parte del paisaje.

Cristina Latorre, directora del proyecto CAEMBA, me contó que ahora quieren donar pintura y plantas para que la gente tenga hermosas sus casas por fuera. Me dijo: “Valen, por dentro cada una tiene su casa a su manera, pero no sabes lo limpias y lindas que les tienen. Son mujeres que se han empoderado de verdad de su realidad, de su casa y su familia”. Y es que se entrega el título de propiedad de las casas a mujeres. Ellas son las que cuidan a sus hijos, las que salen a trabajar, las que luchan por una estabilidad, entonces se merecen una casa digna”.

  • El sonido del río Mashpi

Los voluntarios trabajamos a la par con la familia beneficiaria. Solange Moreira, que tiene 26 años y tres hijos, me contó que arrendaba una casa en 80 dólares mensuales, más 20 de servicios básicos, y esa casa se inundaba todo el tiempo. No tenía baño sino una letrina que compartían con más personas. “Por eso yo hice todo para que me den mi casita”, me dijo.  El terreno lo compraron a sus cuñados, porque sin terreno propio no pueden postular a la casa.

Fuimos de voluntarios a construir con el Pacaí, de 15 años, y dos compañeros más. La familia de Solange también trabajó: el marido, los hijos, todos. Issac, el hijo menor de cinco años, se hizo muy amigo del Pacaí. E Issac le enseñó cómo debía usar el taladro, cómo había que poner bien una ventana, y le contaba que cuando hay aguaje es peligroso meterse al mar porque llegan los dragones desde China. Y el Pacaí aprendió todo de Issac, hasta de su fantasía.

Quedaron en que la próxima vez van a ir a jugar fútbol en el polideportivo. “Ese lugar es lindo, ¿diga, Pacaí? ¿Viste que hay una canchísima y unas computadoras?”, le oí decir, mientras yo despegaba unos plásticos del techo.

De la nada apareció un chico que, según yo, estaba absolutamente drogado. Pero nada que ver. Reconozco que soy un poco prejuiciosa. Le pregunté qué hacía ahí. “No ve que estaba subiendo la loma, y vi que hay construcción, y ya pues me quedé. Esa casa de ahí, la de abajo, que también es CAEMBA, es de mi hermana, así que ya me quedé ayudando aquí al vecino”.

Me dijo que se llama Jhonny, pero los demás le llamaban Clever. Y me contó que Tonchigüe ahora sí está crecido, que está bonito con esto de las casas igualitas de caña y el techo azul. “Los políticos jamás vienen hasta aquí, o si vienen solo ofrecen cosas y se van. El problema son ellos que solo roban. Aquí lo que falta es buena educación. Mucho vicio hay, los muchachos no agarran oficio pronto”.

Mientras hablaba con Jhonny para mí, y Clever para el resto, oí también a Cristina explicarle a otra beneficiaria cómo las empresas privadas donan el dinero: “La empresa con la que vinimos hoy donó las cuatro casas, incluida la tuya, y ellos son los empleados. Hacen una pizza deliciosa”. Y la señora le respondió: “Y para ellos también lindo conocer Tonchigüe, ¿diga? ¿Cómo agradecerles, mi Dios bendito?”. Y de reojo vi que lloró, y como Cristina le abrazó.

Y oí las risas de los niños que jugaban.

Y esa es la clave de compartir un día de construcción: se cruzan mundos, historias y emociones que forman un equipo y se entiende a quién se ayuda y por qué.

  • #Esmeraldas
  • #ayuda
  • #Voluntarios
  • #ayuda humanitaria

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