De la Vida Real
La feria se salva, la cultura no
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Actualizada:
Otra vez la cultura en medio de un problema que no es cultural.
La Feria Internacional del Libro de Quito 2026 no se iba a hacer. El Municipio dice que es por una reforma al Cootad, vigente desde febrero de este año, que limita cómo se puede usar el presupuesto público. Incluso dicen que la feria sí tenía dinero asignado, más de 400 mil dólares, pero que ahora no lo pueden ejecutar. Y hasta ahí parecería un problema técnico.
Pero no.
Desde el Ministerio de Cultura dicen que esa no es todo verdad. Que sí hay recursos. Que no se está explicando bien qué pasó. Que hay cosas que no cuadran.
Y ahí es, una vez más, un problema entre instituciones.
Y aquí es donde hay que parar un segundo. Porque la cultura no puede quedar en medio de una pelea política. No debería. Pero pasa.
En medio de esta disputa, la última resolución es otra: la feria sí se va a hacer. La viceministra de Cultura lo confirmó.
Una ciudad como Quito no se puede quedar sin feria del libro. No es un lujo. No es un evento decorativo y tampoco es un capricho. Es uno de los pocos espacios donde el libro es el centro de un encuentro.
Se ha criticado la feria muchas veces, sí. Se ha dicho que puede mejorar, que organizan los de siempre. Pero, a pesar de todo, la feria se hacía. Y eso es lo que interesa.
Porque lo importante no es que sea perfecta, sino que exista.
Porque esto también es un trabajo de: escritores, editores, correctores de estilo, diseñadores, imprentas, distribuidores, libreros y librerías. Toda una cadena que depende de que estos espacios existan.
Y por un momento estuvo a punto de no pasar por un conflicto que ni siquiera estaba claro.
Porque una institución dice una cosa y la otra dice otra cosa. Y en ese cruce de versiones lo que casi se cae es la feria. Y eso es grave.
No porque “qué pena, este año no hay feria”.
Sino porque normaliza algo peligroso: que la cultura es lo primero que se corta.
Que si hay un problema, se cancela.
Que si hay dudas, se suspende.
Que si hay pelea, se deja de hacer.
Y eso no es casualidad. Eso es una decisión que toman las autoridades.
En una feria del libro se aprende. Se ven tendencias literarias, nuevas portadas, nuevos modelos de libros. Se conocen autores. Se hacen alianzas. Para los que estamos dentro del mundo editorial, es un espacio clave para entender hacia dónde va todo.
Los libros salen de sus tiendas y se encuentran con otro público. Con un público que camina, que descubre en cada stand cosas nuevas, que se abre a nuevas lecturas. Hay intercambio de aprendizaje y un diálogo real con los visitantes.
Después de una feria, todos ganan.
Ganan los escritores, libreros, las editoriales, los diseñadores, los correctores de estilo, los diagramadores, las librerías, los lectores. Y, sobre todo, gana la ciudad.
Porque durante esos días, la ciudad se mueve distinto.
Las ferias del libro no son solo un evento en el calendario. Son espacios donde una ciudad se reconoce a sí misma. Donde lo que normalmente está disperso se vuelve visible. Donde el libro deja de ser algo individual y se vuelve colectivo.
Sin feria, todo eso se diluye. Y no es exageración. Porque cuando estos espacios desaparecen, no es solo un año sin feria. Es un mensaje. Es decir, aunque nadie lo diga así, que esto no es prioridad. Que puede esperar. Que se puede dejar para después.
Pero no.
El mundo editorial no se detiene. No espera decisiones políticas ni peleas institucionales.
Y la ciudad tampoco debería hacerlo.
La feria del libro es un espacio donde debería importar el libro, las ganas de vender y las ganas de leer. No los cruces políticos ni los intereses de turno.
Porque con la cultura no se juega.
Y aunque odie todo lo que fue la pandemia, algo quedó claro: cuando todo se detiene, lo que sostiene a una sociedad es la música, el baile, un buen libro, una película, la comedia. Eso es lo que queda y lo que nos une.
Por eso una feria del libro no es un extra. Es parte de lo que sostiene a una ciudad.
Quito no se puede quedar sin feria. Y peor aún: no se puede acostumbrar a que la política pública decida qué hacer con la cultura.
Porque cuando una ciudad deja de defender sus espacios culturales, poco a poco deja de tenerlos. Y termina cayendo en algo peor: la indiferencia.