Dolor e indignación en Quito por el asesinato del padre Maximiliano Estupiñán: “No tienen idea a quién le quitaron la vida”
Entre el dolor y la indignación, cientos de fieles despidieron en Cotocollao al padre Maximiliano Estupiñán, recordado por su cercanía con las comunidades rurales de Quito, su vida sencilla y el fuerte vínculo que construyó en parroquias como Nono, donde soñaba con regresar.

Fotografía de archivo del padre Maximiliano Estupiñán, asesinado cerca de Guayllabamba, parroquia rural de Quito.
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El padre Maximiliano Estupiñán fue velado entre lágrimas, rostros tristes y miradas cargadas de impotencia en la iglesia San Juan Bautista de Cotocollao, en el norte de Quito.
Desde la tarde del 24 de marzo de 2026, el templo recibió a cientos de fieles que acudieron para darle el último adiós, tras ser asesinado en su vivienda ubicada cerca de Guayllabamba, en el nororiente de la capital.
La noticia golpeó a la comunidad católica del norte de la ciudad, pero sobre todo a varias parroquias rurales del Distrito Metropolitano, donde sirvió durante años.
Por su carisma y sencillez se ganó el apelativo de padre Max o “Maxito”, una forma cercana de abrirse a todos: desde niños hasta adultos mayores.
Muchos de ellos llegaron hasta la iglesia de Cotocollao para acompañarlo en su velorio. A paso lento, con bastones e incluso con respiradores, varios adultos mayores se abrían camino para colocarse frente al féretro.

Al verlo, las lágrimas brotaban en silencio. Luego, ya sentados, contaban que lo conocían bien, que él los cuidó con un amor profundo, como un padre. La mayoría había viajado desde Nono, lugar donde sembró un vínculo que, dicen, es para toda la vida.
Prometió regresar a Nono, su “lugar favorito en el mundo”
Lidia, sobrina del sacerdote, recuerda que el padre Maximiliano dejó con pesar la parroquia de Nono, en el noroccidente de Quito, una zona enclavada en el Chocó Andino.
Sus paisajes y su clima lo conquistaron. “Era su lugar favorito en el mundo”, cuenta.
Llegó por primera vez como párroco en 2016 y permaneció dos años. Regresó en 2023 para un segundo periodo que debía extenderse hasta finales de 2026.
Sin embargo, según Magdalena Cueva, moradora del sector, no tenía planes de irse. Su salida respondió a un reemplazo temporal en Santa Cruz de Casitagua, en sectores como Rancho Bajo y La Planada.
“Nos dijo que iba a regresar a Nono. Se iba por seis meses, pero ya no se dio… porque lo mataron al padrecito”.
Magdalena Cueva
Quienes lo conocieron recuerdan que disfrutaba de la tranquilidad del lugar. Era común verlo con botas de caucho, incluso al momento de celebrar misa.
Su sobrina afirma que siempre fue un hombre de campo, lo que le permitió conectar de inmediato con la comunidad. A pesar de su traslado, visitaba con frecuencia a sus amigos en Nono, donde incluso se recolectaban firmas para pedir su regreso.
Junto a la comunidad impulsó mejoras en la iglesia y transmitió su aprecio por las antigüedades. Tenía dos vehículos clásicos que cuidaba con esmero.

Lidia recuerda que la última vez que habló con su tío fue el domingo 22 de marzo. Estaban planificando un viaje a Manta e intercambiaron varios mensajes, pero luego dejó de responder.
“No tienen idea a quién le quitaron la vida”
En la iglesia de Cotocollao, todos coinciden en su legado de humildad, trabajo y sencillez. Pero junto al dolor también emerge la indignación.
Jenny Solórzano, quien compartió más de 20 años con el sacerdote, asegura que llevaba una vida austera, sin lujos ni objetos de valor.
Incluso preparaba sus alimentos en una cocina de leña antigua, y todo lo que recibía lo destinaba a ayudar a su comunidad.
“La persona que lo asesinó no tiene idea a quién le quitó la vida. Era un ser maravilloso, siempre entregado a servir, sobre todo a los adultos mayores”.
Jenny Solórzano
Para María Elena Estupiñán, hermana del religioso, la noticia fue devastadora. Sin embargo, encuentra consuelo en el cariño de la comunidad, que llenó las misas celebradas en su memoria.
Recuerda que muchos pensaban que era extranjero, aunque en realidad nació en Ecuador, de madre alemana.
“Sus facciones hacían pensar eso. Mi mamá era alemana, pero el cabello rubio y los ojos verdes los heredó de mi papá”, cuenta.

Antes de ordenarse sacerdote, estudió leyes y tenía gran habilidad para la construcción. Levantó sus propias cabañas en Chillogallo y en Chaquibamba, cerca de Guayllabamba, donde fue encontrado sin vida.
Su familia cree que el crimen aún deja varias preguntas. Presumen que los atacantes lo agredieron tras un robo de objetos como un celular, una computadora y dinero en efectivo.
“Yo creo que los reconoció, y por eso lo atacaron”, agrega su hermana.
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