Ganaba USD 5.000 en una empresa en Guayaquil, tuvo que huir por extorsión y ahora hace Uber en Estados Unidos
Ernesto empezó desde abajo en su empleo en el sector portuario de Guayaquil. Con esfuerzo logró crecer, hasta que un día empezó a ser extorsionado con mensajes que lo aterrorizaron. No tenía necesidad de migrar, pero decidió comprar un vuelo a Nueva York y ahora su vida es otra.

El celular marca el siguiente viaje en la aplicación. Entre trayectos por Queens, Ernesto conduce varias horas al día para completar sus ingresos mientras reconstruye su vida en Estados Unidos.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Ernesto, nombre protegido, dice que estaba ‘un poco viejo’ cuando tomó la decisión de migrar a los Estados Unidos. Tiene 44 años, llegó a este país hace apenas dos, y aun así habla como alguien que siente haber saltado una etapa entera de su vida. En Ecuador había pasado más de dos décadas construyendo una carrera que no llegó rápido ni fácil. “Crecí en una familia humilde en Guayaquil. O había plata para comer, o para que yo vaya a la universidad”. Por varios años su vida fue una combinación de trabajo constante, apoyo económico a su madre, a sus hermanos, y pequeños ahorros para pagar la universidad.
El título llegó cuando estaba cerca de los 34. Mientras estudiaba trabajó en lo que aparecía. Uno de esos empleos lo llevó a una empresa logística ubicada en la zona portuaria del Guayas, cuando tenía 23 años. Entró como asistente de bodega, organizando inventarios y cargamentos. Cuando el supervisor se marchó, Ernesto quedó al frente de la bodega casi sin proponérselo. Era puntual, tomaba turnos extras, se inscribía en cualquier curso gratuito que ofreciera la empresa. “Siempre estaba pendiente de aprender algo más”, recuerda.
El crecimiento fue lento pero constante. La empresa empezó a mover más carga hacia el exterior y las responsabilidades dentro del almacén cambiaron. Ernesto pasó de asistente a supervisor y después a jefe de logística. Cuenta que los empleados de la empresa, le empezaban a decir ‘el ingeniero’. Cuando lo recuerda, sonríe apenas. En esa palabra todavía se mezclan el orgullo de lo que logró y la nostalgia por la vida que dejó atrás.
Aprendió un inglés técnico para comunicarse con proveedores y clientes. Su salario también fue cambiando con el tiempo. Primero unos mil quinientos dólares, luego más. Cuando tuvo que dejar el país ganaba cerca de USD 5.000 al mes entre sueldo y bonos. Con ese dinero compró una casa, un carro y pudo ayudar a su madre.
Durante mucho tiempo creyó que ese era el camino natural de su carrera. Trabajaba en una empresa grande, con operaciones internacionales, dentro de un complejo industrial. Sin embargo, el ambiente comenzó a transformarse de forma sutil.
“Primero era una que otra noticia de asaltos, o secuestros, luego eso era el pan de cada día”.
Ernesto, al comentar la realidad alrededor de los empleados de la empresa en que trabajaba en Guayaquil
En la empresa empezaron a tomar recomendaciones de seguridad: salir de la planta en grupo, no quedarse solo en el estacionamiento, variar las rutas de regreso a casa. Después llegaron las historias de extorsiones entre compañeros. Recuerda que un compañero desapareció varios días. Otro fue interceptado en la carretera que conecta Guayaquil con la empresa y apareció dos días después golpeado y sin sus pertenencias.
El día que marcó su salida
Uno de los episodios que terminó de encender las alarmas se lo contó un compañero de trabajo con quien tenía confianza. Lo llamó aparte un día, lejos del ruido de la bodega y le pidió que no se molestara por lo que estaba a punto de decirle. Le explicó que unos días antes lo habían interceptado cuando salía de la empresa. No fue un secuestro largo, pero sí lo suficiente para entender cómo operaban. Los hombres que lo detuvieron no buscaban solo dinero. Querían algo más útil.
Le pidieron que desbloqueara su teléfono y que les diera cinco contactos de personas que trabajaran en la empresa. Cinco nombres de compañeros que, según ellos, podrían pagar extorsiones. Al principio se negó. Entonces le mostraron fotografías de su familia y le dijeron que sabían dónde estudiaban sus hijos y dónde trabajaba su esposa. Bajo esa amenaza terminó cediendo. Dio cinco números. El de Ernesto estaba entre ellos.
Antes de despedirse, su compañero le dejó una advertencia que todavía recuerda con exactitud. “Esos tipos dijeron que no te diga nada, ni que busque a la policía, pero te lo cuento para que te prepares”, le dijo. “En algún momento te van a llamar”.
Dice no supo qué hacer con esa información. Pensó en renunciar, pensó en ignorarlo, pensó que quizá nunca ocurriría. Hasta que un día su teléfono mostró un nombre que ya circulaba entre compañeros: ‘Llamada desde La Roca”. No contestó. “Sentí que las piernas dejaron de funcionarme y caí en la silla”.
Después llegaron los mensajes. Sabían su nombre completo, el cargo que ocupaba, algunos detalles de su rutina. Avisó a sus superiores y al departamento de recursos humanos. Le recomendaron cambiar rutas y tomarse unos días para pensar. Le dieron una licencia de diez días. El miedo, sin embargo, no se detuvo.
Empezó a dormir mal. Perdió peso. El cabello comenzó a caerse en mechones pequeños. Cada trayecto al trabajo se volvió una sospecha. La idea de irse apareció poco a poco, como una puerta que antes ni siquiera había considerado. Un familiar y algunos amigos que vivían en Estados Unidos le dijeron que podía intentar allá. Ernesto lo pensó poco tiempo. Compró un boleto de avión con destino a Nueva York y se marchó. “Así nomás”, dice. “No tenía necesidad de salir de Ecuador, pero tampoco podía seguir viviendo así”.
La despedida con su familia y amigos fue breve y discreta. No hubo reuniones largas ni celebraciones. El miedo también había invadido esos momentos. Dos años después vive en Estados Unidos. Al inicio empezó a trabajar entregando comida. Luego empezó a trabajar en ventas dentro de una empresa distribuidora y estudia inglés cuando el tiempo se lo permite. Para completar los ingresos, todavía maneja algunas horas como conductor de Uber. Sabe que todavía está lejos del profesional que era en Guayaquil. “Aquí no soy más el ingeniero”. Baja la mirada y ríe un poco. “Uno empieza más abajo”.
Cuando habla de regresar, su respuesta tiene dos tiempos. El primero es inmediato: sí, volvería. Volvería por su madre y su familia, por su ciudad, por la vida que estaba construyendo antes de que el miedo se instalara en su vida. El segundo llega después de unos segundos de silencio. “Pero todavía no siento que sea un lugar seguro”, dice. Y entonces la conversación queda suspendida en esa distancia que separa lo que se desea de lo que realmente se puede hacer.
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