'Se alquila cuarto con acceso a la cocina'; el negocio invisible de los roommates, estrategia migrante en Estados Unidos
Migrantes ecuatorianos comparten habitaciones, a veces en condiciones de hacinamiento, y convierten a los “roommates” en una forma para sobrevivir al alto costo de la vivienda en Nueva York y Nueva Jersey.

Alquilar habitaciones es una tendencia entre migrantes ecuatorianos para poder ajustar presupuestos. En Nueva York y en Nueva Jersey, un apartamento puede llegar a promediar de 3.000 a 3600 dólares.
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NUEVA YORK. Francisco recuerda con claridad su primera noche en Estados Unidos. Durmió en el sofá de una sala donde ya se acomodaban varias personas más, siete, para ser exactos, en un apartamento donde el espacio se repartía como se podía. Había llegado pocos días antes con su hermano menor después de un trayecto que todavía le pesa en el cuerpo cuando lo cuenta.
Durante semanas caminaron por tramos de noche y de día, cruzaron zonas desérticas, durmieron en terminales de buses y avanzaron con grupos de desconocidos que, como ellos, buscaban llegar al norte. Tenía entonces 33 años. Hoy tiene 37. Salieron del norte de Riobamba convencidos de que trabajando duro podrían pagar las deudas familiares. Sus padres cultivan hortalizas y habían solicitado préstamos para reparar maquinaria agrícola. La migración parecía una salida posible.
“Pensábamos que veníamos a trabajar unos años, ahorrar y arreglar las deudas”, cuenta ahora desde Queens, Nueva York.
Durante los primeros meses los recibió un tío que vivía en un apartamento pequeño con otros seis hispanos. El espacio tenía dos habitaciones y un solo baño que funcionaba casi como un calendario doméstico. Los horarios estaban implícitamente asignados.
“José se levantaba a las 04.30 am. Luego venía su mujer con los dos niños a las 07.15. Si te levantabas a esa hora ya sabías que te tocaba esperar unos 40 minutos porque ese turno estaba ocupado”, recuerda Francisco. La cocina, estrecha y siempre en movimiento, también exigía coordinación. Entre loncheras, ollas y termos de café, cada quien encontraba un momento para preparar algo rápido antes de salir a trabajar. El arreglo, sin embargo, duró poco. El propietario descubrió que vivían más personas de las permitidas y les pidió que abandonaran el lugar.
Hoy Francisco vive en una avenida de Queens, Nueva York, en una habitación donde caben dos camas de media plaza, un televisor de 32 pulgadas y una cajonera. El apartamento es compartido con otras dos familias que también tienen hijos. En total viven nueve personas. Un solo baño. Una cocina.
El cuarto cuesta 680 dólares al mes. Aquí el precio no se calcula por persona sino por habitación. En algunos casos, dentro del mismo espacio pueden dormir dos o incluso tres personas. Francisco comparte el cuarto con su hermano. “Por lo menos tenemos un lugar donde llegar después del trabajo”, dice.
Se alquila cuarto con acceso a la cocina
Ese tipo de arreglos se ha vuelto cada vez más común entre migrantes latinoamericanos que viven cerca de Nueva York. En los grupos comunitarios de Facebook o WhatsApp abundan anuncios que ofrecen habitaciones disponibles. La palabra clave es siempre la misma: roommate. O rumi como mejor se entienda. Detrás de ese término, aparentemente simple funciona un pequeño sistema económico que permite a miles de personas acceder a un espacio para vivir.

En Harrison, una ciudad al norte de Nueva Jersey, un propietario administra un edificio que ilustra bien cómo opera ese mercado informal. Su propiedad tiene tres pisos y un sótano. Uno de los niveles tiene dos habitaciones y los otros dos cuentan con tres cada uno. Ninguno se alquila como apartamento completo. Cada cuarto se arrienda por separado.
“No pido muchos documentos”, explica el dueño, que accede a hablar con la condición de no publicar su nombre. “Si alguien viene recomendado por otro inquilino, para mí está bien”.
El requisito principal es económico. Los nuevos inquilinos deben pagar el primer mes de alquiler y dos depósitos adicionales antes de mudarse.
En la práctica, el propietario mantiene un acuerdo informal con uno de los residentes que actúa como responsable del pago total. Ese inquilino, al que llamaremos Alejandro, se encarga de buscar roommates y cobrarles a los demás.
“Él publica que hay habitaciones disponibles y organiza todo. Yo solo trato con él”, dice el propietario.
Cada habitación cuesta entre 600 y 680 dólares al mes. En uno de los pisos con tres habitaciones, la renta total supera los 2.000 dólares mensuales. Pero el número de personas que viven allí puede ser mayor, porque en cada cuarto a veces duermen dos o tres personas.
El dueño asegura que siempre logra llenar las habitaciones y que la mayoría de sus inquilinos son migrantes latinoamericanos. “Siempre hay gente buscando dónde quedarse en un lugar donde no se exija mucho papeleo”.
Las características del edificio muestran hasta qué punto estos arreglos se adaptan más a la necesidad que a las reglas formales del mercado inmobiliario. El propietario admite que el inmueble no cuenta con calefacción central. Cada piso tiene pequeños calefactores eléctricos y, si durante el invierno necesitan más calor, los inquilinos deben comprar equipos adicionales por su cuenta. Tampoco tiene aire acondicionado. “Eso sí no me toca a mí”, admite.
Quienes viven allí dicen que se adaptan. “No podemos quejarnos mucho”, explica uno de los residentes. “Sabemos que no estamos alquilando un apartamento completo y tampoco ‘formalmente”.

Promedios de alquiler casi imposibles
La presión económica ayuda a explicar esa resignación. El área metropolitana de Nueva York y el norte de Nueva Jersey, donde está concentrada la mayor cantidad de ecuatorianos en los Estados Unidos, se mantiene entre los mercados de alquiler más costosos de este país. Según estimaciones del índice de rentas del portal inmobiliario Zillow, los precios promedio superan ampliamente los USD. 3.000 mensuales en gran parte del norte de Nueva Jersey y pueden sobrepasar los 3.600 en algunos barrios de Nueva York. Datos del U.S. Census Bureau muestran además que el costo de la vivienda en esta región representa una de las mayores cargas del país en proporción al ingreso de los hogares.
Para trabajadores recién llegados, muchos de ellos empleados en construcción, limpieza o restaurantes, pagar un apartamento completo resulta casi imposible.
Las leyes estatales establecen límites claros. En Nueva Jersey, los códigos municipales regulan la ocupación de viviendas y fijan límites de personas por habitación basados en el tamaño del espacio. En Nueva York, la ley de vivienda también prohíbe el hacinamiento y establece condiciones mínimas de habitabilidad.
Sin embargo, en la práctica estas normas rara vez se aplican en apartamentos compartidos entre migrantes. La mayoría de los acuerdos se basa en redes de confianza informales, recomendaciones entre conocidos y pagos en efectivo.
Para Francisco, compartir espacio es la única forma de sostener su proyecto migratorio. Trabaja largas jornadas y envía dinero con regularidad a su familia en Ecuador. El objetivo sigue siendo el mismo que lo llevó a migrar hace cuatro años. “Uno se acostumbra”, dice. “No es lo ideal, pero así es como empezamos todos”. Sonríe.
En ciudades como Nueva York y en poblaciones de Nueva Jersey, miles de migrantes viven bajo ese mismo arreglo silencioso. Habitaciones compartidas, contratos informales y redes de recomendación que funcionan como garantía.
“Uno termina acostumbrándose” dice Francisco. Que al principio cuesta dormir con tanto ruido y tantas puertas abriéndose de madrugada, pero luego el cuerpo aprende a convivir con los horarios de la casa. Él se levanta antes que los niños del otro cuarto. En invierno, cuando sale rumbo al trabajo, todavía está oscuro. Entonces cierra la puerta despacio para no despertar a nadie. En ese silencio breve de la escalera comienza su día.
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