Gina Chung, la ecuatoriana que convirtió Ñañitas To-Go en un refugio gastronómico en Nueva York
Desde Queens, un negocio de café y desayunos ha logrado reunir a la comunidad migrante alrededor de sabores que remiten a casa.

Gisela y Gina Chung, emprendedoras ecuatorianas que manejan el local Ñañitas To Go, en Nueva York, que vende comida típica.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Gina Chung tiene 45 años, nació en Milagro y, de lunes a viernes, trabaja como técnica farmacéutica en una farmacia de Brooklyn. Fuera de ese horario -cuando a otros se les acaba el día- sostiene, junto a su hermana Giselle, un negocio pequeño y obstinado que ha ido ganándose un lugar en Queens: Ñañitas To-Go, una cafetería y cocina de “snacks” ecuatorianos en Woodside.
Llegó a Nueva York por una razón familiar y concreta: sus padres y hermanos ya vivían aquí desde hacía años, y ella era la única que se había quedado en Ecuador. En la ciudad comenzó trabajando en una empresa de reparación de artículos de cuero; después se certificó en el área farmacéutica. A la par, mantenía viva su otra identidad -la de emprendedora- porque en Ecuador ya tenía una cadena de cafeterías llamada Mi Waffle Café, con presencia en Milagro y Guayaquil.
El giro que la llevó a crear Ñañitas To- go no fue una epifanía romántica ni una apuesta repentina. Fue una decisión trabajada con método: dos años de proyección y ensayo, primero con ventas en línea, luego con un grupo de WhatsApp para ofrecer sus productos, y más tarde en ferias donde se aprende rápido qué funciona y qué no. Entre esas pruebas, participó en el Bronx Night Market, un evento gastronómico y cultural que convoca a decenas de vendedores de varias nacionalidades.
“Lo que estaba afinando no era solo un menú, sino cómo vender comida ecuatoriana en Nueva York sin despojarla de su identidad.” Afirma. Ñañitas To-Go no se define como restaurante, sino como una cocina enfocada en lo que se desayuna -o se pica- en Ecuador, como las humitas, pan de yuca, hayacas, torta de choclo, torta de maduro, bocaditos de guayaba con queso. Los fines de semana se suman bollos, ceviches y encebollados.
En el centro de la oferta de Ñañitas To-Go hay dos platos que Gina y Giselle consideran un reflejo de su propia historia: las humitas y las torrejas de choclo. Son preparaciones comunes en varios países andinos y, en Ecuador, se elaboran con maíz tierno y queso, envueltas en hoja de choclo y cocidas al vapor. En el local cumplen una doble función, alimentan y también identifican, porque quien las pide suele saber con precisión qué sabor está buscando.

El nombre del negocio también es un código íntimo. “Ñañitas” viene de cómo se llamaban entre hermanas desde niñas y además porque se apoya en una palabra muy costeña. Para Gina significa amor, unión, confianza, casa. No lo cuenta como eslogan, lo cuenta como biografía.
Café ecuatoriano, a la orden
Si hay un elemento que Gina subraya como diferenciador, es el café. Lo menciona como un detalle técnico y una declaración de origen. Ñañitas se presenta como “Coffee & Roots, un sabor ecuatoriano con alma americana”, y esa definición toma forma en cada taza. Agregan que todas las bebidas se preparan con café amazónico ecuatoriano importado directamente desde su país, una manera de sostener la identidad del proyecto incluso en lo más cotidiano.

Ese mismo cuidado estaba ya presente cuando todo empezó en una cocina doméstica. Antes de tener un local, Gina y Giselle vendían waffles y crepes desde casa a un pequeño círculo de conocidos. Aquella primera jornada, en la que lograron vender decenas de unidades y reunir algunos cientos de dólares, no significó un despegue económico, pero sí algo más importante para ellas, la constatación de que había personas dispuestas a confiar en lo que estaban creando.

Aunque Gina no se presenta como víctima ni construye un relato épico de sí misma, sí habla del desgaste. “Hubo momentos en los que pensé detenerme por el cansancio y por la acumulación de responsabilidades. Aun así, continué; no porque el proyecto prometiera grandes ingresos, sino porque significaba construir algo importante”.
Cuando compara a la mujer que llegó a Nueva York con la que hoy está al frente de la cafetería, lo que más le llama la atención es su propia evolución. Habla de una capacidad nueva para adaptarse, para aprender sin perder el equilibrio y para avanzar sin certezas. Por eso no imagina el futuro como una expansión sin límites. Prefiere pensar en un proyecto estable, humano y sostenible. En esa forma de mirar el camino queda también una lectura sobre la experiencia migrante, donde salir adelante no depende de atajos sino de trabajo constante, paciencia y la decisión de seguir incluso cuando todo avanza despacio.
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