Un niño con autismo sin su padre y una esposa venezolana en angustia; así esperan a Mateo, ecuatoriano detenido por ICE en Estados Unidos
La detención de un quiteño por agentes de ICE en Nueva Jersey, trastocó la existencia de una familia y dejó en suspenso la vida cotidiana, el trabajo y la crianza de un niño con autismo.

Mateo, quiteño residente en Nueva Jersey, está detenido en un centro del ICE. En la imagen junto a Isa, su esposa venezolana.
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NUEVA YORK. La mañana del 22 de enero del 2026, empezó como otras tantas. Desayuno rápido, una conversación amorosa y el apuro habitual antes de salir. Mateo tomó el auto y dejó a Isa, su esposa, en su trabajo, un consultorio pediátrico en Nueva Jersey. Nada indicaba que ese trayecto breve, repetido durante años, sería el último que haría en libertad.
Minutos después, ya de regreso a casa, unas luces se encendieron detrás de su vehículo en una avenida de Elizabeth, Nueva Jersey. Mateo se detuvo sin sobresaltos. Pensó en una infracción menor, en un control de rutina. El agente se acercó y le pidió la licencia. ¿Pasó algo oficial?, preguntó. El agente respondió que después le explicaría el motivo. Mientras Mateo buscaba el documento, otro automóvil apareció y se colocó delante del suyo, cerrándole el paso, como si existiera una huida que nunca intentó.
La explicación llegó sin rodeos: “Somos inmigración. Tu visa expiró hace diez años”. No hubo advertencias ni posibilidad de aclarar nada. El auto quedó abandonado en un estacionamiento cercano. Mateo fue trasladado sin saber a dónde. Antes de que le retiraran el teléfono, alcanzó a escribir un mensaje breve a su hermano. “Avísales a mis papás y a Isa. Diles que estén tranquilos”.
Isa recibió la noticia horas después, cuando el día ya había avanzado. Primero fue la incredulidad. Luego el miedo, después el silencio. Durante casi cuarenta y ocho horas no supo dónde estaba Mateo ni qué estaba pasando con él. No había un lugar al que llamar ni una respuesta clara. La espera se volvió una forma de angustia sostenida.
Mateo había llegado a Estados Unidos desde Quito cuando tenía 18 años, junto a sus padres. En marzo cumpliría diez años en el país. Aquí trabajó, pagó impuestos y armó una vida. También es padre de un niño con autismo que depende de él no solo económicamente, sino en su cuidado diario y en su estabilidad emocional. Otro caso en que un ecuatoriano —esta vez de forma distinta a la historia del niño Liam Conejo— ata su angustia migratoria al destino de su hijo.
La detención por parte de agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, ICE, no suspendió esa responsabilidad. La dejó en pausa. Desde que está bajo custodia migratoria, Mateo no puede trabajar, no puede cumplir con la pensión alimenticia ni sostener los gastos que antes cubría. “Cada día encerrado agranda un vacío que se siente afuera en el pago de la renta, de las facturas de la luz, en las compras del supermercado. En la compañía habitual”.
Centros de detención y espacios de dolor
Cuando finalmente logró hablar con él, dice que escuchó una voz distinta. Mateo le habló de espacios abarrotados, de personas durmiendo sentadas o en el piso, de horas interminables sin información. Le contó que vio gente golpeada, desorientada, sangrando. Escenas que ella escucha desde la distancia, sin poder intervenir, sin poder acercarse.
Isa es venezolana y su única familia en Estados Unidos es Mateo. Vivían juntos y compartían gastos, rutinas y decisiones grandes y pequeñas. Dice que quiere ir a verlo, que muere por hacerlo. Lo piensa todos los días. Pero ni ella ni los padres de Mateo se atreven a acercarse a los centros de detención. El miedo a ser detenidos también los paraliza. “Nadie quiere exponerse, nadie quiere desaparecer también”.
El vínculo se sostiene entonces con llamadas cortas y vigiladas, minutos contados que llegan de vez en cuando y se cortan justo cuando más falta hacen. Isa vive pendiente del teléfono. Cada vibración altera el pulso. Cada silencio se alarga demasiado.
Mientras esperan una audiencia, intentan reunir el dinero para una posible fianza que ronda los 15.000 dólares. Ya han tenido que cubrir honorarios legales elevados. Todo ocurre contrarreloj y en medio de ese desgaste, Isa y la familia de Mateo agradecen las llamadas de amigos y familiares que preguntan, que acompañan, que sostienen también desde la oración y la palabra de aliento.

Pero esa angustia no se queda en Ecuador y Estados Unidos. Desde Venezuela, la familia de ella observa la situación con una mezcla de amor y desesperación. “Si Estados Unidos ya no es un lugar seguro, quizá sea mejor volver”, le recomendó su abuela.
“Todos saben la situación de mi país y que mi abuela me diga que regrese, confirma mi preocupación que aquí corremos más peligro que en Venezuela”.
Isa, migrante venezolana en Estados Unidos, cuyo esposo ecuatoriano está detenido
A pesar de todo ella se levanta cada mañana con una imagen fija en la cabeza: Mateo entrando por la puerta de la casa y diciendo, ‘Aquí estoy, amor’. Esa escena, repetida como un ritual íntimo, es lo que le permite atravesar los días y sostenerse en medio de la incertidumbre, mientras imagina el miedo y la dureza de lo que él está viviendo lejos de casa.
Y si Mateo leyera hoy esta historia, Isa quiere que sepa algo sencillo. “No estás solo. Estoy orgullosa de ti y pase lo que pase, donde tú estés, estará mi hogar. Justo allí donde volvamos a reencontrarnos”.
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