El regreso al uso de efectivo: migrantes dejan tarjetas y aplicaciones en medio de la tensión por redadas en Estados Unidos
El uso del efectivo en Estados Unidos se mantiene en mínimos históricos según datos oficiales. Sin embargo, en barrios con alta presencia migrante, el "cash" vuelve a ganar terreno en medio del clima de redadas del ICE.

Una clienta paga en efectivo en un supermercado latino del barrio Roseville, en Newark. En zonas con alta presencia migrante, el cash vuelve a circular como forma de cautela en medio del clima de redadas.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. En un supermercado latino de Roseville, en Nueva Jersey, la cajera pasa los productos por el lector y formula la pregunta habitual: ¿Efectivo o tarjeta? La respuesta no siempre es la misma, pero el efectivo aparece cada vez más. “Las tarjetas siguen presentes, pero el volumen de pagos en cash ha crecido de forma visible. Este super es frecuentado mayoritariamente por familias latinas”, comenta el supervisor de una de las cajas.
Lo que ocurre en esta tienda no es un caso aislado. En distintos barrios con alta presencia migrante, el efectivo ha recuperado protagonismo en pagos cotidianos, desde cortes de cabello, manicure, hasta trabajos de reparación. La preferencia no responde a promociones ni a comisiones bancarias, sino a un clima de cautela que atraviesa la vida diaria de muchas familias debido a la política migratoria del gobierno de Donald Trump, que tiene en las redadas migratorias del ICE —el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas—, una de sus caras más polémicas.
Gustavo llegó desde Cuenca hace diez años. Tras abrir un caso de asilo, obtuvo su número de Seguro Social y el permiso de trabajo. Con esos documentos habilitó una microempresa dedicada al corte de jardines durante el verano y a la limpieza de nieve en invierno. Abrió cuentas en dos bancos, construyó historial crediticio y obtuvo tres tarjetas. Durante años se habituó a pagar y cobrar a través de transferencias y aplicaciones. El sistema financiero se convirtió en una herramienta para ordenar su trabajo y acceder a pequeños créditos.
Hoy su relación con el banco es distinta. Mantiene las cuentas abiertas, pero las usa menos. “Prefiero cobrar en efectivo, porque además mis trabajadores me piden que les pague en cash”, dice. Divide el dinero para gastos semanales, compra de materiales y envíos a su familia, evitando movimientos digitales que, siente, lo exponen innecesariamente.
El cambio implica renuncias. El efectivo no deja registros automáticos, no ofrece protección ante disputas ni suma puntos o beneficios. Aun así, Gustavo asume esos costos. Tener el dinero en la mano le da una sensación de control que no encuentra en las notificaciones del banco, aunque su empleo sea formal y su documentación laboral esté en regla.
Hernán llegó en 2024. Salió de Guayaquil, cruzó la frontera y pasó sus primeras semanas entre cuartos alquilados en Queens y trabajos por día. Antes de migrar ya conocía la economía informal. En Ecuador trabajó a medio tiempo en ventas y alquilaba un taxi, una práctica que le permitió generar ingresos sin figurar directamente en la plataforma.
En Estados Unidos continuó alquilando cuentas de Uber Eats durante un tiempo, pero con la llegada del invierno y el aumento de las redadas, cambió de rumbo. Aprendió a reparar heaters (calefacciones) y a realizar trabajos básicos de plomería, oficios con alta demanda en temporada de frío. Cobra por jornada o por trabajo terminado, siempre en efectivo. “Es lo que hay ahora”, dice. Con ese dinero paga renta, transporte y comida, sin pasar por bancos ni verificaciones que todavía no puede cumplir.
Mientras tanto, el país avanza en sentido contrario. Según el Federal Reserve Bank of Atlanta, el uso del efectivo representó alrededor del 14 % de los pagos en Estados Unidos en 2024, una de las cifras más bajas registradas, frente al crecimiento sostenido de tarjetas y pagos electrónicos.

“La tendencia que estamos viendo ahora no va a aparecer en estadísticas federales, sino en lo que pasa en la calle”, señala una trabajadora de Casa de Don Pedro, organización comunitaria con sede en Newark que brinda apoyo social y asesoría a familias migrantes. Desde su oficina, donde atiende consultas sobre empleo y vivienda, cuenta que cada vez más personas preguntan cómo manejar su dinero sin depender de tarjetas o aplicaciones.
Percepción vs amenaza real
El temor a la trazabilidad financiera aparece con frecuencia en conversaciones comunitarias. Sin embargo, abogados especializados en inmigración introducen matices. Para Mayra Pesantes, asesora en temas de migración en Nueva York, indica que las agencias migratorias no utilizan el uso cotidiano de tarjetas o cuentas bancarias como método de localización.
“El acceso a información financiera está protegido por leyes federales de privacidad y solo puede darse en contextos muy específicos, como investigaciones con orden judicial”, explica Pesantes. “El uso de una tarjeta, por sí solo, no activa una detención migratoria”. Aun así, reconoce que el clima de redadas ha alimentado decisiones preventivas que no siempre se basan en información legal precisa.
Para Gustavo, la explicación jurídica no elimina del todo la inquietud. Para Hernán, el efectivo es simplemente la forma más viable de moverse hoy. En ambos casos, el cash cumple una función práctica y simbólica: reducir intermediarios, simplificar decisiones y sostener el día a día en un entorno percibido como incierto.
En calles de zonas como Roseville o Queens, el efectivo vuelve a circular como respuesta. Una manera de seguir trabajando, pagando y enviando dinero mientras el miedo, real o percibido, sigue influyendo incluso en la forma de pagar un corte de cabello o de comprar el grocery.
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