De ganar 4 dólares la hora a dueña de su propio spa: La imparable historia de la ecuatoriana Bárbara Andino en Estados Unidos
Sobrevivió con salarios mínimos y tuvo que hacerse cargo de sus hermanos. Hoy, su spa en Nueva Jersey es más que un negocio: es un refugio para las mujeres migrantes.

Bárbara Andino, migrante ecuatoriana en los Estados Unidos. Dirige su propio spa desde hace siete años en Hackensack, Nueva Jersey.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Llegó a Estados Unidos a los 18 años desde Urdaneta, Los Ríos, cuando su vida todavía se medía en turnos dobles y en cuentas que no alcanzaban. “Cuatro dólares por hora”, recuerda, y una familia en Ecuador que dependía de lo que ella pudiera enviar. No había espacio para la vocación ni para los sueños que no pagaran la renta. Había que trabajar, estudiar. Pagar los bills. “O te levantas o te levantas”, resume hoy, como quien ha repetido esa frase demasiadas veces para seguir avanzando.
En ese inicio, todo giraba en torno a la urgencia. Jornadas largas, estudio en paralelo y la presión constante de responder por otros. Su madre atravesó una depresión posparto que marcó a la familia, y Bárbara asumió el cuidado de sus hermanos mientras intentaba abrirse camino por su cuenta en Estados Unidos.
Su vida laboral tomó forma dentro de una misma compañía, donde empezó como operaria y fue ascendiendo hasta supervisora. Con el tiempo, esa trayectoria se consolidó en la industria de la imprenta, en la que trabajó cerca de dos décadas hasta llegar a ser gerente general.
“Más horas, más responsabilidades, más ingresos”. En Ecuador ya había aprendido a sostener a su familia con largas horas de trabajo y esa dinámica no cambió al migrar. Con el tiempo, logró estabilidad, pero también entendió que había construido su vida alrededor de la necesidad, no de lo que realmente quería hacer
El paso a sus sueños
El punto de quiebre no fue inmediato, pero sí inevitable, cuenta. La industria del papel empezó a deteriorarse y, casi al mismo tiempo, la empresa en la que trabajaba fue vendida. Ese cierre de ciclo la dejó sin espacio dentro de una estructura en la que había crecido durante años.
Fue entonces cuando tomó una decisión que no venía de la experiencia, pero sí de una certeza que llevaba tiempo. Años en su cabeza. “Siempre dije que iba a tener un spa, no sé de dónde me salió, pero siempre lo dije”, recuerda. Sin haber trabajado antes en estética, empezó a formarse en cuidado de la piel y terapia de masajes, mientras construía, paso a paso, una nueva ruta profesional. “No era una apuesta segura. Lo sé, pero era la única forma de no quedarme quieta”.
Hoy, su spa en Hackensack, Nueva Jersey, lleva siete años en pie. Atravesó una pandemia, cierres forzados y la incertidumbre constante de los pequeños negocios migrantes. No lo cuenta como una historia de éxito fácil. Habla de meses sin ingresos, de decisiones al límite, de esa sensación permanente de estar sosteniendo algo que puede caerse en cualquier momento. Y, aun así, sigue.
Pero mantener el negocio implicó entender algo más que lo técnico. Con el tiempo, notó que su espacio no terminaba de conectar con una parte de su propia comunidad. Su local proyectaba una estética distante para muchas clientas latinas, demasiado ajena, demasiado “americana”. Era una barrera silenciosa.
Decidió intervenirlo empezando por lo más simple: colocó letreros en español en las ventanas. El efecto fue inmediato. La gente empezó a entrar, a preguntar. A quedarse. “No era solo un cambio visual. Era decir ‘hola, aquí hablamos español, como tú’. Un gesto que decía que ahí también había lugar para ellas, sin necesidad de traducirse, ni preocuparse del acento, ni sentirse fuera de sitio.
De spa a confesionario migrante
Aquí el trabajo va mucho más allá de la piel. Bárbara y su equipo terminan siendo terapeutas, confidentes, testigos de vidas que se desarman y se reconstruyen en una camilla. “Escuchas historias de divorcios, de hijos, de pérdidas. Te conviertes en alguien que sostiene”, cuenta. Es una consecuencia directa de la migración.

Con el tiempo, Bárbara empezó a entender qué había detrás de esas conversaciones. Mujeres que trabajan, mantienen incluso dos hogares: uno aquí y otro en Ecuador. envían dinero, pero se dejan para el final. Lo ve en los cuerpos y en los relatos. En quienes llegan después de años de haber priorizado todo menos a sí mismas.
Algunas historias se quedan. Como la de una clienta que, tras jubilarse, regresó a su país para empezar una nueva vida con su esposo. Él fue diagnosticado con Alzheimer y decidió quitarse la vida. “Eso te cambia la perspectiva. No puedes seguir postergando lo que quieres hacer”, dice.
Esa experiencia ha ido moldeando también su forma de mirar a la comunidad. Le interesa trabajar con mujeres migrantes que llegan con formación, pero sin herramientas para integrarse. No habla de cambiar identidades, sino de aprender a moverse en códigos culturales distintos sin perder lo propio. “No es dejar de ser quién eres, sino aprender cómo te presentas y cómo debes de moverte aquí”, explica.
Cuando habla de sí misma, evita cualquier épica. Prefiere describirse con palabras más sencillas. Perseverancia, trabajo duro, soledad. Comunidad. Y, al final, una certeza acumulada por su experiencia: “Que sí se puede. Más que como promesa, como resultado de haber resistido y de encontrar personas que te sostengan desde el corazón, así sea a la distancia”.
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