El sueño del hombre más longevo de Ecuador | A sus 123 años quiere encontrar a su hijo: "No lo conozco, ni él a mí"
A sus 123 años, Carlos Alberto Lindao Vera —nacido en 1902 en Puerto El Morro, en Guayas, según consta en su cédula de identidad— mantiene un último deseo pendiente: reencontrarse con el hijo que tuvo a los 13 años y al que nunca conoció.

Carlos Alberto Lindao, en Puerto El Morro. Según los registros oficiales, es el hombre más longevo de Ecuador.
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Gonzalo Herrera / PRIMICIAS
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“Dios lindo, ¿hasta cuándo me tienes?”, dice entre risas Carlos Alberto Lindao Vera, desde la puerta de su casa frente al estero de Puerto El Morro, a 110 kilómetros de Guayaquil.
A sus 123 años —nació el 17 de octubre de 1902, según consta en su cédula de identidad— el hombre que sería el más longevo de Ecuador aún se levanta a las 06:00, prepara café, observa la marea y toma su canoa para buscar madera o atender su 'horno' de carbón, oficio que aprendió de su abuelo y que jamás ha abandonado.

Su último sueño: encontrar a su familia
Entre tanta claridad y disciplina, hay un deseo que acompaña a Carlos Lindao, mejor conocido como 'Don Carlitos': “Que venga mi hijo. Eso es lo único que me falta cumplir. Que vea que todavía estoy vivo”.
Según relata, a los 13 años se enamoró de una joven de 14. Con ella tuvo un hijo. Pero la relación terminó pronto y la joven se marchó llevándose al niño. Desde entonces —más de un siglo después— Lindao nunca pudo conocerlo.
Ese hijo —cuya familia vive en Guayaquil, según los recuerdos de Carlos— tendría hoy alrededor de 110 años. Don Carlitos reconoce que lo más probable es que ya haya fallecido, pero aun así mantiene la esperanza de que la historia pueda alcanzar, al menos, a sus descendientes.
“Yo quisiera que lo traigan. O a sus hijos o a sus nietos, para verlos una vez. Yo les daría todo lo que es mío”.
Carlos Lindao, habitante de Puerto El Morro
“No lo conozco yo, ni él tampoco a mí”, dice sin perder la serenidad. “Ese es mi único hijo. Ojalá, con estas entrevistas, alguien le diga. Es lo único que yo quisiera antes de morir”.
Don Carlitos, el hombre más longevo del Ecuador
En Puerto El Morro todos lo conocen como Don Carlitos. Vive solo, camina sin ayuda, escucha con claridad y conserva una lucidez que sorprende a quienes lo visitan.
Nunca ha usado un celular y, aunque no recibió educación formal, aprendió a leer y escribir por su cuenta, 'hojeando' periódicos que conseguía durante sus viajes ocasionales a Guayaquil.
“Yo he trabajado toda mi vida. Pienso que si me acuesto en la cama, es que busco la enfermedad, y me hago flojo”.
Carlos Lindao, habitante de Puerto El Morro
Su rutina incluye ejercicios de brazos y piernas a las dos de la madrugada, cuando los gallos —cuenta— lo despiertan antes de que amanezca.
Creció huérfano junto a cuatro hermanos, quienes ya han fallecido. A los seis años perdió a sus padres y fue criado por una tía “como madre”, en cuya casa el alimento era ostión, concha, camarón, pescado y verde. “Eso nos mantuvo vivos y fuertes”, recuerda.
Una vida entera entre manglares, trabajo y fe
Con una memoria prodigiosa, puede relatar los recorridos en canoa, la vida en el manglar, los trabajos en estacas para camaroneras y las tres mujeres que fueron parte de su vida. La última murió hace 19 años. Desde entonces vive con el apoyo de sobrinos y vecinos, acompañado por dos gatos que lo siguen a todas partes.
Lindao también habla de Dios con devoción. Agradece cada mañana por “el movimiento y la fuerza” y, aunque la visión se le ha ido apagando, mantiene el oído y la mente despiertos. Su único pedido para el final de la vida es sencillo: partir dormido, sin sufrimiento y sin ser carga. “Que me lleve de una vez, de un solo corte”, dice.

Prefiere las comidas sencillas: aguacate con arroz, verde sancochado con queso, mejillón, y casi no consume pan. De las sopas, solo toma el jugo; las presas las guarda para sus gatos.
Su plato favorito sigue siendo el aguado de menudencias. Todo lo prefiere asado o sancochado. No ahorra: “¿Para qué voy a ahorrar? ¿Para dejar de comer?”, dice riéndose.
Al despedirse, agradece, bendice, y mira hacia el estero donde su canoa descansa amarrada. Ahí, entre el viento del manglar y los gallos que marcan sus madrugadas, el hombre más longevo de Ecuador sigue esperando que la vida le conceda su último sueño.
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