Fines de semana de identidad: comida, familia y comunidad entre ecuatorianos en Estados Unidos
Restaurantes llenos, cocinas encendidas y partidos vistos desde el sofá, ya que las ligas de migrantes, como las de Queens, en Nueva York, han hecho una pausa por el frío y las redadas. Así, los ecuatorianos en Estados Unidos reinventan sus rituales familiares.

Óscar Núñez y sus hijos comparten el almuerzo dominical en el restaurante El Guayaquileño, ubicado en Elmhurst, Queens, un punto de encuentro frecuente para ecuatorianos que buscan reconectar con los sabores de casa.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Los domingos siguen ocupando un lugar particular en la vida de muchos ecuatorianos que residen en Estados Unidos. Aunque no siempre conservan la forma que tenían en Ecuador, continúan funcionando como una pausa, dentro de semanas marcadas por jornadas largas, traslados extensos y horarios fragmentados. Ese día concentra intentos de reunirse, cocinar algo típico o reencontrarse con una rutina que recuerde, aunque sea parcialmente, a la vida anterior.
Pedro llegó a Nueva York hace poco más de seis años después de cerrar su negocio de venta y reparación de celulares en Durán, presionado por extorsiones que lo obligaron a vender todo y salir del país. Durante sus primeros años intentó sostener una costumbre que había marcado su vida adulta: jugar fútbol todos los domingos. “La pelota es sagrada para mí” afirma con emoción.
Se las arreglaba para estar disponible puntualmente a las 19:00, sin importar cuántas horas hubiera trabajado antes. Ajustaba turnos, adelantaba pendientes y organizaba la semana alrededor de ese horario fijo. Al principio, la cita funcionaba como una forma de llenar las horas que se volvían demasiado largas lejos de casa y, sobre todo, como una necesidad de sentirse parte de algo familiar. No fue difícil encontrar equipo. El barrio donde vive está lleno de ecuatorianos y las noticias circulan rápido. “Alguien siempre conoce a alguien que necesita un jugador más”. Así terminó integrándose a un grupo que, como él, pasaba la semana entre construcción, restaurantes o repartos y encontraba en la cancha un espacio común.
“Era el único momento en que no pensaba en la plata que tenía que enviar a Ecuador, ni en el próximo cumpleaños de mi vieja”.
Pedro, migrante ecuatoriano al recordar los partidos de fútbol que tenía los domingos
El equipo se armaba con migrantes de distintas ciudades del país: Macará, Cuenca, Ambato, entre otros rincones de ‘la tierrita’, pero con el tiempo empezó a desarmarse lentamente. Primero faltó el arquero, luego el delantero, después el volante que organizaba el juego. No fue por lesiones ni por sus turnos laborales, mucho menos por desinterés. Varios dejaron de asistir tras escuchar sobre redadas migratorias en canchas y espacios públicos. “La ‘people’ comenzó a cuidarse más, ya nadie quería arriesgarse, aunque los chicos tenían seguro social”, cuenta Pedro. El fútbol desapareció del calendario y el domingo cambió de escenario.

Ahora las reuniones ocurren en departamentos pequeños donde ven partidos por televisión. La conversación sigue siendo la misma: jugadas discutidas como si estuvieran en la cancha, recuerdos de los equipos locales, bromas que duran horas. A veces alguien lleva empanadas, otro aparece con cerveza, otro improvisa algo caliente en la cocina. El ritual sobrevivió, solo cambió de forma.
Restaurantes favoritos, como parte del ritual
Para Óscar Nuñez, el domingo tiene un destino fijo. Pase lo que pase durante la semana, intenta llegar a su lugar ecuatoriano favorito: El Guayaquileño, un restaurante ecuatoriano ubicado en Elmhurst, Queens, que recrea recetas tradicionales familiares. Cuando los horarios coinciden, va con su esposa y sus dos hijos. Cuando no, asiste solo o con ellos. Su madre casi nunca puede acompañarlos porque trabaja los domingos, una realidad frecuente entre migrantes mayores de 65 años que continúan activos laboralmente para sostener gastos o ayudar a la familia.
Sentarse en ese restaurante se convirtió en su propio ritual. “El domingo no puede faltar”, dice. El plato cambia, pero casi siempre termina pidiendo algo que le recuerde la costa ecuatoriana; encebollado, bolones, entre otros.
Roberto Macías, propietario de El Guayaquileño, confirma que los fines de semana, especialmente los domingos, el local alcanza su mayor movimiento. “Ese día se llenan las mesas con familias completas o grupos de amigos. Es cuando la gente viene a reconectarse con la comida y con su identidad”, explica. Según cuenta, los pedidos más repetidos son el encebollado, los bolones y los maduros, platos que forman parte central del menú tradicional del restaurante.
Para Roberto la comida cumple un papel que va más allá del gusto. “La gente se siente en casa desde que cruza la puerta”. Para muchos clientes, explica, los platos funcionan como un vínculo inmediato con su lugar de origen, una manera de reconectar con recuerdos familiares. En el salón se escuchan acentos conocidos, conversaciones sobre fútbol ecuatoriano, el mundial y niños que alternan español e inglés con naturalidad. A veces llegan familias completas; otras personas que comen solas mientras mantienen una videollamada abierta con Ecuador. El restaurante termina convirtiéndose en un punto de encuentro donde la identidad se comparte alrededor de una mesa para más de cuatro personas.
El domingo se come bien
En la casa de Wanda, el domingo comienza más tarde que cualquier otro día. Es el único momento en que todos duermen hasta después de las 09h30. Nadie pone alarma. El día empieza lento, con la pregunta inevitable que aparece cerca de las diez: “¿Qué se va a cocinar?”. Porque algo es seguro, ese día no hay desayuno improvisado ni arroz con atún.
El desayuno o el almuerzo, al menos uno de los dos, debe ser un plato típico ecuatoriano y elaborado. Maduro con queso, tortillas de verde, muchines, pescado frito con patacones y ensalada, café recién pasado que se sirve mientras alguien termina de freír el último maduro. Comer toma tiempo y nadie parece apurado. El domingo, en esa casa, tiene permiso para alargarse.

Después del almuerzo llega la salida al supermercado para comprar lo necesario de la semana. Wanda —una guayaquileña que lleva 15 años viviendo en Nueva Jersery— suele mirar el recibo y lanzar la frase que ya se volvió parte del ritual familiar: “¿Adivinen cuánto se me fue en estas cuatro cosas'”, pregunta entre risas, mientras todos intentan calcular el precio antes de escuchar la cifra final. El comentario siempre genera sorpresa y una conversación inevitable entre el costo de la vida en Ecuador vs. Estados Unidos.
En invierno permanecen más tiempo dentro de casa, pero apenas la temperatura supera los 50 grados Fahrenheit (10°C), el plan cambia automáticamente. El día debe terminar afuera. Un parque, una caminata corta, cualquier excusa sirve. Las llamadas empiezan a circular: “Pregúntale a Marcos si quiere unirse”, “Avísale a fulano”. Alguien propone llevar el postre. Casi todos los planes nacen de manera improvisada y terminan extendiéndose hasta que cae la noche.
Así, entre partidos vistos desde el sofá, restaurantes llenos de conversaciones en español y cocinas donde el tiempo avanza sin prisa, el domingo se convierte en un espacio donde las costumbres se ajustan sin desaparecer. Cada historia muestra una forma distinta de sostener algo familiar confirmando que, incluso lejos, ciertos rituales encuentran la manera de repetirse semana tras semana.
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