¿Cómo somos los ecuatorianos? Hugo Benavides revisa las raíces históricas de la identidad ecuatoriana
El antropólogo guayaquileño, quien ha sido director del departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de Fordham, en Nueva York, acaba de presentar su último libro: 'La identidad ecuatoriana. El romance de una violencia inconclusa'. El académico analiza cómo la historia, la migración y la memoria siguen influyendo en la manera en que los ecuatorianos se entienden a sí mismos.

El antropólogo guayaquileño Hugo Benavides.
- Foto
Cortesía
Autor:
Actualizada:
Compartir:
NUEVA YORK. Hugo Benavides es un antropólogo ecuatoriano radicado en Nueva York que ha dedicado su trabajo a entender cómo la historia y la vida cotidiana influyen en la manera en que las sociedades piensan y se relacionan con el poder, la autoridad y su propia identidad. Nacido en Guayaquil y criado entre Ecuador y Estados Unidos desde muy pequeño, su experiencia entre ambos países marcó también su mirada sobre el Ecuador y las preguntas que han guiado su trayectoria académica.
A lo largo de su carrera ha enseñado en la Universidad de Fordham, en Nueva York, también fue director y fundador del Programa de Estudios Liberales de Fordham en Londres, y ha realizado investigaciones en diversos países del mundo. Doctor en Antropología Cultural por la Universidad de la Ciudad de Nueva York, sus publicaciones exploran cómo la historia, las emociones colectivas y la cultura popular ayudan a explicar comportamientos sociales que continúan repitiéndose.
En diálogo con PRIMICIAS, vía zoom desde México, donde por ahora trabaja como consultor/editor de un proyecto editorial sobre el estado de Veracruz , reflexiona sobre temas cercanos a la experiencia cotidiana ecuatoriana: la relación con el poder, las tensiones entre regiones, los conflictos que reaparecen con el tiempo y las huellas que el pasado sigue dejando en la forma en que el país se entiende a sí mismo.
Benavides acaba de publicar su último libro: 'La identidad ecuatoriana. El romance de una violencia inconclusa', un título que viene a tono con la realidad ecuatoriana de inseguridad en este tiempo.

Usted ha vivido entre Ecuador y Estados Unidos prácticamente toda su vida. ¿Cómo marcó esa experiencia su mirada sobre el país?
Nací en Guayaquil, pero mis padres migraron cuando yo tenía apenas diez meses y crecí también en Nueva York. Luego regresé a estudiar en Ecuador y más tarde volví para continuar mi formación académica. Durante mucho tiempo sentí que no pertenecía completamente a ningún lugar. Con los años entendí que esa sensación no era individual, sino una experiencia compartida por millones de ecuatorianos que viven entre dos realidades.
¿Esa sensación de no pertenecer terminó influyendo en su trabajo académico?
Totalmente. Primero porque fue proceso marcado por el esfuerzo y las oportunidades que había que buscar. En mi familia nunca hubo recursos económicos; mis padres eran migrantes trabajadores y ninguno pudo terminar sus estudios. En los años noventa tampoco existían doctorados en Ecuador en arqueología o antropología, así que si quería seguir ese camino tenía que hacerlo afuera. Todo fue a través de becas, paso a paso. Esa experiencia te cambia la perspectiva, porque entiendes la educación y la migración no como conceptos abstractos, sino como decisiones que implican sacrificios reales.
Hace décadas escritores como Miguel Donoso o Jorge Enrique Adoum intentaron explicar quiénes somos. ¿Esa pregunta sigue vigente?
Sigue siendo igual de necesaria. Tal vez ahora más urgente, porque la violencia que vive el país nos obliga a mirarnos con honestidad. Una de las grandes ideas que repetimos es que la violencia llegó de afuera, cuando en realidad ha estado presente desde hace generaciones en la vida cotidiana, en la escuela, en la familia y en las relaciones sociales.
Muchas prácticas que hoy cuestionamos fueron normalizadas durante décadas. Crecimos pensando que el miedo o el castigo eran formas válidas de formación, y eso termina influyendo en cómo entendemos la autoridad y el poder.
Usted mencionó experiencias sobre la educación y el castigo. ¿Por qué eso es importante para entender al país?
Porque esas prácticas moldean cómo entendemos la autoridad y el poder. Crecimos normalizando el miedo y la disciplina basada en la agresión. Luego esa lógica se reproduce en la política y en la sociedad sin que siempre seamos conscientes de ello.
Cuando una sociedad vive acostumbrada a la represión, aparece la idea de que alguien fuerte debe imponer orden. Esa expectativa no surge de la nada, está conectada con experiencias históricas profundas.
En Ecuador reaparece constantemente la búsqueda de líderes salvadores. ¿Esa tendencia tiene raíces culturales profundas?
Sí, políticas y culturales al mismo tiempo. Permite delegar responsabilidades colectivas, porque se espera que una figura fuerte resuelva los problemas mientras el resto queda al margen. Esa dinámica se repite desde hace décadas y explica por qué el entusiasmo político suele transformarse rápidamente en frustración. No es algo reciente ni exclusivo del presente, sino parte de una historia social más larga.
"Durante siglos se nos enseñó que no éramos suficientemente civilizados, inteligentes o modernos. Aunque racionalmente lo neguemos, ese mensaje permanece. Muchas decisiones colectivas nacen de esa inseguridad histórica".
Hugo Benavides, antropólogo ecuatoriano
¿Eso afecta la manera en que los ecuatorianos se perciben a sí mismos?
Muchísimo. Cuando una sociedad crece escuchando que lo propio vale menos, eso afecta la manera en que se piensa colectivamente. Cuesta confiar, cuesta reconocerse y también cuesta construir proyectos comunes porque siempre existe la sensación de que lo externo es mejor o más válido.
Si el Estado se percibe como algo ajeno, ¿qué consecuencias tiene eso en la manera en que los ecuatorianos se organizan y resuelven sus problemas cotidianos?
Históricamente el poder se ha sentido como una estructura que controla más que acompaña, por eso muchas personas no ven al Estado como un espacio propio sino como algo del que hay que cuidarse. En ese contexto, las soluciones se buscan en relaciones personales y redes cercanas. No es solo un tema de confianza familiar, sino una forma histórica de organización social donde la comunidad termina reemplazando funciones que deberían ser institucionales.
¿Existe una identidad ecuatoriana común o seguimos fragmentados?
Sí existe una identidad ecuatoriana, pero no es uniforme ni ordenada como a veces imaginamos. Podemos ser profundamente solidarios y, a la vez, muy desconfiados; sentir orgullo por el país cuando estamos fuera, pero criticarlo constantemente cuando estamos dentro. Nos reconocemos en ciertas costumbres, en la comida, en la forma de reunirnos o conversar, incluso en el humor, aunque vengamos de regiones o historias distintas. Esa mezcla, que muchas veces parece incoherente, en realidad es parte de lo que nos une.
¿Nos cuesta aceptar esas contradicciones?
Mucho, porque solemos pensar que la identidad debería ser clara y sin conflictos. Intentamos elegir solo una parte de lo que somos y dejar fuera lo demás. Por ejemplo, hay momentos en que queremos mostrarnos modernos y distantes del pasado, pero al mismo tiempo seguimos muy ligados a la familia, a la comunidad o a tradiciones que nos dan sentido. Esa tensión aparece también cuando alguien intenta alejarse de su origen o cuando sentimos incomodidad con rasgos propios del país. En lugar de ver esas diferencias como algo natural, tendemos a negarlas, y allí aparece parte del conflicto.
La división Costa-Sierra sigue apareciendo. ¿Por qué esa diferencia continúa tan presente?
Porque forma parte de cómo se formó el Ecuador desde el inicio. No son dos identidades completamente separadas, sino dos fuerzas que siempre han convivido y dialogado, aunque a veces lo hagan desde la tensión. Muchas familias llevan ambas historias al mismo tiempo: abuelos serranos, nietos costeños, migraciones internas constantes. Esa mezcla demuestra que la división existe, pero también que nunca ha sido absoluta.
Entonces esa tensión no necesariamente debilita la identidad nacional.
Exacto. Más bien la produce. El país funciona como un equilibrio entre opuestos que se necesitan mutuamente. A veces pensamos que esas diferencias deberían desaparecer, pero en realidad han sido parte del movimiento natural del Ecuador, algo que cambia de forma con el tiempo sin desaparecer del todo.
Entre migrantes también ocurre algo llamativo: algunos ecuatorianos intentan tomar distancia de su origen. ¿Cómo interpreta ese comportamiento?
Tiene que ver con inseguridades profundas sobre la identidad. Migrar implica adaptarse, pero en algunos casos esa adaptación pasa por intentar borrar lo propio. Aparece la idea errónea de que para integrarse hay que dejar atrás acentos, costumbres o referencias culturales. En el fondo muchas veces hay vergüenza aprendida hacia el origen, algo que viene de historias más largas sobre cómo nos hemos valorado como sociedad.
¿Ese distanciamiento termina afectando a la comunidad?
Sí, porque no solo es una decisión individual. Cuando alguien rechaza su origen también se distancia de su historia familiar y colectiva. Y eso genera una ruptura emocional que muchas veces aparece después, cuando la persona intenta reconectar con aquello que había dejado atrás.
¿La migración está cambiando lo que significa ser ecuatoriano?
Sí, porque muchos de esos rasgos: el humor, la generosidad, la cercanía familiar, la capacidad de adaptarse y también cierta cautela frente a los demás, vienen de procesos históricos largos, formas de sobrevivir socialmente que se construyeron con el tiempo y que todavía aparecen en la vida cotidiana. Pero hoy la identidad ya no está limitada al territorio. También se construye fuera del país, en los vínculos que las personas mantienen a través de la familia, la comida, las celebraciones o incluso las discusiones políticas. El Ecuador ya no se vive solo dentro de sus fronteras.
Después de tantos años observando al Ecuador desde fuera, ¿qué le sigue llamando la atención?
Que el país cambia mucho en apariencia, pero mantiene estructuras emocionales muy profundas. Surgen nuevos líderes, nuevas crisis o nuevas discusiones, pero muchas reacciones sociales siguen conectadas con experiencias históricas que todavía influyen en cómo pensamos y actuamos.
Si tuviera que decirle algo a un joven ecuatoriano, dentro o fuera del país, que intenta entender su lugar en el mundo, ¿qué le diría?
Que trate de conocerse sin miedo y sin vergüenza de su origen. Entender la propia historia ayuda a mirar el presente con más claridad. Quedarse en Ecuador, migrar o volver son experiencias distintas, pero todas forman parte de un mismo proceso. Lo importante es reconocer que la identidad no es algo fijo ni perfecto, sino algo que se construye constantemente, y que aceptar esa complejidad permite vivirla con mayor libertad.
Compartir: