Enfrentar el duelo en la distancia: el dolor de los migrantes ecuatorianos que no pudieron despedir a los suyos
No poder viajar por la muerte del padre o la madre por no tener papeles. O por una enfermedad. Son realidades a las que se enfrentan migrantes ecuatorianos. ¿Cómo superar esa etapa?

Carmen ha levantado un altar en su casa, en Elizabeth, Nueva Jersey, donde periódicamente eleva sus oraciones y evoca recuerdos de su madre. Ella no pudo viajar a Guayaquil a despedirla porque no tiene una residencia legal.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. El teléfono sonó de madrugada en un pequeño apartamento de Nueva Jersey. Era marzo. Carmen sabía, incluso antes de contestar, que esa llamada le cambiaría la vida: su madre había muerto en Guayaquil. Quiso tomar el primer avión, correr hacia el abrazo de sus hermanos, pero la realidad la detuvo: no tenía papeles. Mientras ellos velaban el cuerpo, ella encendió una vela frente a una foto descolorida y se abrazó a la nada. “Sentí que me arrancaban algo y yo no podía hacer nada”, recuerda.
Desde entonces, su duelo no ha encontrado reposo. En su cocina hay un pequeño altar improvisado: flores secas, un rosario y el pañuelo de encaje que perteneció a su madre. Ese rincón es su refugio, su manera de inventarse un ritual que nunca pudo vivir en Ecuador. La psicóloga Sonia Rodríguez Jaramillo explica que cuando no hay cuerpo presente, el migrante queda atrapado en lo “no dicho, lo que faltó por expresar, la herida por curar o por disculpar”. Y subraya: “El funeral no es solo despedirse, es resolver afectos, saldar cuentas, agradecer, pedir perdón. Si no lo haces, quedas con una experiencia no procesada, con unos afectos no elaborados”.
Pablo, quien vive en Nueva York desde hace más de diecisiete años, conoció otra barrera: la pandemia. Su padre murió en Quito cuando las fronteras estaban cerradas. La distancia, esta vez, no era por papeles, sino por una prohibición global de vuelos. “Lo peor no fue la distancia, fue hacer trámites desde aquí mientras mi familia estaba rota”, recuerda. Durante meses, su duelo se congeló en llamadas entrecortadas y en la impotencia de escuchar a su madre llorar al otro lado de la línea. Cuando por fin pudo viajar, lo primero que hizo fue ir al cementerio. “Fue más que despedirme de él, fue despedirme de la culpa”.
Sonia lo describe como un “duelo congelado”: la pérdida se queda suspendida hasta que un gesto simbólico, un viaje, un altar, una carta, permite reanudar el proceso. “Cuando no puedes estar, necesitas recursos y otras personas familiares, amigos/as, que ayuden a tramitar la despedida: mirar fotos, hacer álbumes, recordar experiencias gratas, construir un rincón con velas y flores. Esos actos ayudan a procesar, a no obviar el duelo”
Rosario, en cambio, tuvo que cargar con otra forma de ausencia. Ciudadana estadounidense, podía viajar sin problemas. Pero un diagnóstico médico la retuvo en Nueva York cuando su padre agonizaba en Guayaquil. Sus hermanos se lo reprocharon. “Me dijeron que había exagerado y que había preferido quedarme, antes que a mi papá”, confiesa. Lo que no entendieron fue que la enfermedad la inmovilizó más que cualquier frontera. “Ahí aparece la culpa”, explica Sonia. “Porque sientes que te quedaste en deuda, que no pudiste acompañar, que no cumpliste con lo esperado. Y la culpa se suma al dolor, lo multiplica”.
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Tres historias distintas, una marcada por la migración irregular, otra por una pandemia, otra por la enfermedad, desembocan en un mismo desenlace: la imposibilidad del último adiós. Según datos oficiales, más de 2,3 millones de ecuatorianos viven fuera del país, más del 10 % de la población nacional. Si bien no existen estadísticas públicas que indiquen cuántos han enfrentado la muerte de un familiar sin poder regresar, múltiples relatos coinciden en que este es un fenómeno frecuente y emocionalmente devastador entre la diáspora.
Rituales a distancia, para sanar lo no dicho
Las videollamadas aparecieron como consuelo improvisado: velorios transmitidos en WhatsApp, misas por Zoom, rezos en pantallas. “Ahora la tecnología permite mantener la cercanía, enviar fotos, conversar, recordar en familia aunque sea por videollamada”, explica Sonia. “No reemplaza un abrazo, pero ayuda a mantener el vínculo y a procesar lo vivido.

Para suplir esa ausencia, los migrantes inventan rituales propios. Carmen guarda la ropa de su madre en una caja que nunca abre del todo. Rosario mantiene conversaciones en su mente con su padre. Pablo convierte cada visita al cementerio en un reencuentro consigo mismo. La psicóloga observa que estos gestos, aunque pequeños, son necesarios: “He visto personas que levantan altares, que hacen álbumes de fotos, que encienden velas. No obvian el duelo, lo tramitan con los recursos que tienen”.
“La muerte es un elemento central, no hay vida sin muerte”, reflexiona Sonia. “Pero el migrante la vive en condiciones extremas: se queda con la herida de lo no dicho. Lo importante es no obviar el duelo: recordarlo, agradecer, incluso preparar la despedida si sabemos que alguien está enfermo. Guardar los mejores recuerdos para que acompañen, porque esa es la verdadera tarea del duelo”. Ese dolor por no poder despedir a un ser querido se entrelaza con el propio dolor de haber migrado, con la nostalgia de lo que se dejó atrás y la imposibilidad de cerrar ciclos en la tierra de origen.
El duelo migrante no se mide en misas ni en lutos, sino en kilómetros, en abrazos que nunca se dieron, en maletas que no llegaron a hacerse. Cada adiós pendiente flota como una deuda de amor que ninguna frontera podrá saldar.
Claves para acompañar el duelo en la distancia
- Conversar, escribir mensajes y enviar fotos para mantener el vínculo afectivo con los familiares a la distancia.
- Crear altares simbólicos con fotos, flores o velas que permitan agradecer, perdonar y recordar.
- Elaborar álbumes o revisar fotografías antiguas para recuperar los recuerdos gratos de la persona fallecida.
- Compartir el duelo en comunidad, apoyándose en familiares o amigos, incluso a través de videollamadas.
- Prepararse emocionalmente cuando un ser querido está grave, de modo que la despedida no sorprenda como un golpe súbito.
- Fuente: Psicóloga Sonia Rodríguez Jaramillo
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