Entre autopistas y recuerdos, esta es la banda sonora con la que los ecuatorianos se mantienen conectados en Estados Unidos
Canciones, llamadas y noticias convierten cada trayecto de los migrantes en Estados Unidos en un puente con Ecuador.

Algunos cantantes preferidos por los migrantes ecuatorianos en Estados Unidos.
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NUEVA YORK. El carro arranca y, con él, una voz que no pertenece del todo al presente. “Nuestro juramento”, canta Julio Jaramillo desde los parlantes, y por un instante la autopista desaparece. Roberto no cambia la canción. Tampoco la deja solo de fondo. La canta. A veces en voz baja, a veces como si alguien más estuviera escuchando. Maneja por Nueva York, pero lo que suena tiene otro clima, otra luz, otro tiempo.
En ese espacio reducido, entre el volante y la calle, la música acompaña. Ocupa. Llena. Ordena. “El carro se convierte en una especie de cuarto propio sobre ruedas donde la memoria se activa”, afirma Roberto. Sus trayectos están marcados por baladas, rancheras y canciones ecuatorianas que no necesitan presentación. Hay días en que basta una frase para alterar el ánimo completo. “Y aunque los muertos aman…”, sigue la letra, y él ajusta el volumen como si afinara algo más profundo que el sonido. “Después de muertos amarnos más”. Manejar, en su caso, es también una forma de recordar.

A varias millas, Douglas Ríos conduce con guitarras eléctricas de fondo. Su playlist no se queda en un solo país. Quito aparece, pero también Buenos Aires, Santiago, California. El rock arma un mapa que responde a una mezcla entre fronteras y afinidades. Trabaja en logística en Nueva York, organiza rutas, calcula tiempos, pero cuando maneja, su recorrido es otro. Cada canción abre una ciudad distinta, como si la migración no hubiera reducido el mundo sino expandido sus conexiones.
Douglas dice qué, en lugar de nostalgia, prefiere hablar de energía. El volumen alto, las guitarras, las voces que llegan desde distintos puntos del continente. “Hay algo en ese mix que reduce el estrés del tráfico. Me recuerda a mi época cuando conducía en Quito, cuando iba a la universidad”. La carretera deja de ser solo trayecto y se vuelve escenario.
Diana, en cambio, no busca refugio en el pasado ni en la geografía. Su carro mezcla presente y pasado. Suena a Bad Bunny. A reguetón, baladas, tecnocumbia. La lista cambia según el ánimo, pero nunca se queda en silencio. Hay mañanas en que necesita impulso, tardes en que una canción le recuerda a una fiesta, a un momento ligero, a una versión de sí misma que no está atravesada por el cansancio. El tráfico avanza lento, pero adentro hay ritmo.
A veces canta. A veces solo deja que el beat marque el paso. Convertir el trayecto en algo más llevadero. “Antes de prender el carro, y antes de ajustar el retrovisor, primero ajusto lo más importante: el playlist”. Su estrategia es hacer del carro un espacio donde la ruta se reorganiza antes de llegar al siguiente destino.
Mi canción favorita, la voz de mis padres
Jessica conduce sin música. O casi. Su carro funciona como una extensión de la sala o del comedor de su casa en Ambato. Marca un número y la distancia se acorta en segundos. Habla con su familia mientras cambia de carril, mientras espera en un semáforo, mientras estaciona frente al supermercado. Las conversaciones se cuelan en cada trayecto. Preguntas simples, respuestas largas, silencios compartidos.
No hay playlist, pero hay una rutina. Llamar de camino al trabajo. Llamar de regreso. Llamar cuando el día se complica. “¿Qué novedades hay por allá?”. En ese intercambio, el carro deja de ser un lugar de tránsito y se convierte en un punto de encuentro.
Lo que ocurre dentro de estos carros no es solo una escena íntima. Es una práctica extendida en la vida migrante. Según el Pew Research Center, más del 80% de los latinos en Estados Unidos consume música en español de manera regular, incluso después de años fuera de su país. Plataformas como Spotify o YouTube han facilitado ese acceso permanente, mientras que las llamadas por WhatsApp han reemplazado lo que antes eran conexiones esporádicas. La distancia transforma el vínculo.
Más que nostalgia, aseguran todos ellos, es una forma activa de mantener presencia. De actualizar el vínculo con el país de origen en medio de una rutina que transcurre en otro idioma, con otras reglas. El carro funciona como ese espacio intermedio donde Ecuador viaja con ellos.
En cada trayecto hay una decisión consciente, aunque no siempre se formule así. Qué escuchar, a quién llamar, en qué idioma pensar. Afuera espera el trabajo, las obligaciones, la adaptación constante. Adentro, durante esos minutos de manejo, Ecuador sigue sonando, hablando, respirando.
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