Del país que se dejó al país que se recuerda: cómo cambia el vínculo con Ecuador
Tras el primer año fuera, muchos migrantes ecuatorianos en Estados Unidos ven cómo su vínculo con el país deja de marcar la vida diaria y empieza a transformarse.

Ilustración sobre la nostalgia de migrantes ecuatorianos en Estados Unidos.
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PRIMICIAS
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NUEVA YORK. Durante sus primeros meses en Estados Unidos, Fernando, 46 años, contador quiteño, llevaba un registro meticuloso del tiempo. Cada mes marcaba en el calendario cuánto llevaba lejos. Al inicio, lo que más extrañaba era lo sensorial y lo físico: el olor a eucalipto en las mañanas frías de Quito, la conversación rápida en la despensa de la esquina, la sensación de que el dinero rendía distinto, el modo en que la ciudad le hablaba sin pedirle traducción.
El cambio llegó en su rutina. Un día dejó de apuntar fechas. Otro día se dio cuenta de que ya no llamaba a Ecuador para “sostenerse”, sino para ponerse al día. Empezó a posponer conversaciones largas porque al día siguiente madrugaba. “Me pasó sin darme cuenta”, dice.
“Antes todo lo comparaba con Ecuador. Ahora comparo mi semana con mi semana anterior aquí”.
Fernando
La historia de Sara, 29 años, guayaquileña en Brooklyn desde 2024, corre por el carril contrario. Ella afirma que llegó liviana de nostalgia. Venía cansada de su vida anterior y con una decisión casi práctica de no mirar atrás. “Al principio no extrañaba nada. Estaba enfocada en resolver”. Lo inesperado apareció después, cuando ya no tenía que correr todo el tiempo: una canción ecuatoriana que le sonó distinta en un carro, una receta de su abuela que buscó en el teléfono, una llamada que se alargó más de lo planeado.
“Ahora sí me entra la nostalgia. Mi relación con mi país cambió el día en que me mezclé en un desfile por error: sentí que me conectaron al enchufe ecuatoriano otra vez”.
Sara
Dos trayectorias opuestas que conducen al mismo punto. “El primer año no solo es un periodo de ajuste económico o legal. Es un punto de quiebre emocional”, dice Mónica Sarmiento, psicóloga que trabaja con población migrante en centros comunitarios de Nueva Jersey. “Al inicio, o estás inundado de nostalgia o estás anestesiado por la urgencia de adaptarte. Después de doce meses, cuando la vida empieza a estabilizarse, aparecen las verdaderas emociones. Y ahí es cuando la relación con el país de origen se reconfigura”.
Para Jorge, 41 años, de Ambato, que trabaja en construcción, el umbral del año fue menos emocional y más silencioso. Durante los primeros meses llamaba todos los días a Ecuador, aunque fuera cinco minutos. Le preocupaba que, si no hablaba, la familia pensara lo peor. Con el tiempo, el contacto se concentró en ciertos momentos. “Yo sigo pendiente de mi mamá, de mis hermanos, pero ya no puedo estar conectado todo el día. Si me descuido acá, se me cae todo”, dice. La distancia le cambió el ritmo, no el afecto.
“Después de un año fuera, muchas personas dejan de verse a sí mismas como temporales. Empiezan a construir vida cotidiana donde están. Eso altera la centralidad del país de origen. No lo borra, pero deja de organizar cada decisión”.
Mónica Sarmiento, psicóloga
Deportaciones también marcan la relación con Ecuador
Hay un factor que, desde 2025, se ha filtrado en la relación cotidiana de muchos migrantes con el país: la conciencia de que el regreso no siempre es una elección. “Por la cantidad de deportaciones que se están registrando, muchos ecuatorianos están siendo retornados desde Estados Unidos en vuelos oficiales. Eso convierte al país de origen en algo más que un recuerdo y vuelve a ser una posibilidad administrativa que nadie controla del todo”, explica Arturo Ramírez, asesor de trámites migratorios en Nueva York.
Esa presencia del retorno forzado cambia la manera en que se habla de Ecuador. Fernando lo nota cuando escucha noticias sobre vuelos que aterrizan en Guayaquil. A partir de ahí mide lo que cuenta por teléfono. No quiere que su madre imagine escenarios que él mismo intenta mantener fuera de su día a día.
Sarmiento señala que esta incertidumbre suele intensificar los movimientos emocionales propios. “Cuando el retorno deja de ser una idea abstracta y se convierte en una posibilidad real, la relación con el país de origen se vuelve más compleja. Para algunos genera distancia; para otros, una reafirmación del vínculo”.
Las experiencias de varios migrantes muestran cómo, pasado el primer año fuera, el vínculo con Ecuador deja de estar guiado por la urgencia del comienzo y entra en una etapa distinta. Para algunos se vuelve más silencioso; para otros, más presente. En ambos casos, la relación con el país ya no responde a la misma lógica que al inicio de la migración.
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