La Parcería, un sueño ecuatoriano y colombiano que se ha convertido en un polo de la cultura latina en Madrid
Es un lugar de encuentro para "lo latinoamericano" en la capital española. La Parcería nació como un proyecto colombiano al que se unió una ecuatoriana. Hoy, la pareja fomenta laboratorios culturales, como el reciente que incluyó voces de la Amazonía ecuatoriana.

Johan Posada, el fundador de La Parcería, un espacio para la cultura latinoamericana en Madrid.
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Soraya Constante
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MADRID. En una puerta de La Parcería, que da acceso a la sala principal, se lee una frase que funciona casi como advertencia y declaración de principios: “Hasta que el lugar se haga improbable”. La cita, del escritor francés Georges Perec, se quedó de una exposición, pero bien puede sugerir que el centro cultural está hecho para mutar con cada encuentro, exposición o baile, hasta volverse irreconocible, incluso improbable. Esta semana, por ejemplo, el aire traía ecos de la Amazonía ecuatoriana: el canto de una mujer waorani, Manuela Ima, conectado desde el Yasuní, atravesaba la sala mientras una audiencia pequeña escuchaba cómo ese gesto formaba parte de un intercambio de saberes que desbordaba cualquier frontera física.
La escena no es una excepción, sino la regla. La Parcería, en Madrid, se ha consolidado como un espacio de encuentro para lo latinoamericano —“nuestra cosa”, como titularon uno de sus festivales— y como un laboratorio cultural que lleva quince años reconfigurándose sin perder el pulso político. Desde su fundación, el 12 de octubre de 2010, el proyecto ha transitado por distintos espacios, pero ha mantenido la intuición de generar conversación desde el pensamiento crítico, el antirracismo y los feminismos.
“Lo nuestro desde el principio fue un proyecto de defensa cultural”, explica el colombiano Johan Posada, uno de sus fundadores, de 40 años. Y matiza: “Quisimos poner en diálogo las artes y los saberes para tener nuevas referencias. Para no solamente hablar del cine francés, sino que podemos hablar de otro cine también”.
En los orígenes, el cine latinoamericano y la música —especialmente la salsa— funcionaron como imanes. El “salsódromo” improvisado en espacios vacíos del centro de Madrid convocaba a cientos de personas en un momento atravesado por la energía del 15M. La Parcería creció ahí: en ese cruce entre fiesta, política y ocupación simbólica del espacio público.
El propio nombre es una síntesis de ese cruce cultural. Nace de “parce”, una palabra colombiana que, como explica Posada, tiene una genealogía compleja: “nació en contextos de barrio, de cárceles, del narcotráfico en los años 80 y 90”, y fue escalando hasta convertirse en sinónimo de amigo. El giro llegó cuando una integrante brasileña conectó esa palabra con “parceiro” y con “parcería”, que en portugués significa asociación. El nombre terminó condensando esa idea de vínculo, de alianza, de traducción entre mundos.
La parte ecuatoriana en la Parcería
Pero hay otra historia más íntima y, en esta etapa, decisiva, que también explica qué es hoy La Parcería. La de Camena Camacho, artista ecuatoriana de 41 años, cuya entrada al proyecto no fue planificada, sino casi accidental. “Le conocí un día a Johan en el metro, yo estaba dibujando porque en ese momento hacía muchos murales e ilustraciones, y él se me acercó, me contó que tenía un espacio, que se llamaba La Parcería, y que si quería ir a hacer un mural ahí”, recuerda.

Su relación personal comenzó hacia 2013 y el punto de quiebre de esta pareja creativa llegó con la maternidad y se planteó el problema de la falta de red. “Con la maternidad, se me abre esta necesidad de tener red y comunidad”, explica Camena. Esa carencia se convirtió en motor. Lo que hasta entonces había sido un proyecto impulsado principalmente por Posada comenzó a mutar. “Cuando yo llego es como la segunda fundación del colectivo”, dice.
A partir de ahí, la transformación fue estructural. “Comenzamos a trabajar a través de los proyectos de infancia”, recuerda. Camacho no solo se integró sino que redefinió el rumbo. “Yo fundé esa comisión (de infancia), la puse en marcha y soy la que la llevo junto a Carolina Bustamante”.
Lo que emergió de ese proceso fue algo más que una línea de programación: una forma distinta de entender la cultura. La maternidad y la paternidad obligaron a repensar el espacio como un lugar habitable también para las infancias. “Han sido procesos influenciados de una forma orgánica por nuestras propias vivencias”, resume Posada.
De ahí nacen proyectos como Balbuceando o La casa sin puertas, que, como explica Camacho, buscaban “sacar la casa al espacio público, dejar esta individualidad y buscar estos espacios comunes donde nos reconocemos y nos apoyamos”. En el fondo, se trataba de romper el aislamiento de la crianza migrante y convertirla en experiencia colectiva.
Esa intuición tomó forma en lo que Camacho denomina la “arquitectura del afecto”, una manera de pensar el espacio cultural no solo como contenedor de eventos, sino como infraestructura emocional. “Me interesaba pensar la relación que establecemos entre las personas, la comunidad, la memoria y el entorno”, explica y advierte: “si tú le hablas a un niño de diversidad, pero no la vive, no la encarna”.
Mientras tanto, el proyecto también se profesionalizaba sin perder su ADN colectivo. Organizado en comisiones y sostenido por una economía híbrida —subvenciones, proyectos externos, ingresos propios y apoyo comunitario—, La Parcería ha aprendido a sostenerse en equilibrio precario. Una “gimnasia financiera”, como señalan Posada y Camacho.
En paralelo, han ensayado una estrategia que Posada define como “nueva institucionalidad” y es tener una propuesta sólida para resistir a la burocracia normativa. “Hicimos desde el principio el trabajo bien hecho… todos los permisos en regla, porque sabíamos que si no, desaparecíamos a la primera queja”, cuenta el colombiano.
En ese delicado equilibrio, el arte sigue siendo la herramienta central. No solo para mostrar, sino para nombrar. “Para mí el arte sí es una vía para comenzar a nombrar temas complejos, para transformar un poquito ciertas narrativas”, dice Camacho. Por eso, La Parcería no se define solo como un centro cultural, sino como “un espacio de creación, de pensamiento político y de acción”.
Quince años después, el proyecto se parece bastante a esa frase que quedó pegada en su entrada casi por accidente. Un lugar que cambia, que se desborda, que a veces se vuelve improbable. Un lugar donde, como en esa escena inicial, una voz desde la Amazonía puede atravesar Madrid y encontrar escucha.
Y quizá ahí está la clave, en seguir moviéndose. Porque, como recuerda Posada, citando a Rosa Luxemburgo, “quien no se mueve no siente las cadenas”. Y en La Parcería —entre maternidades, migraciones y cultura en disputa— quedarse quieto nunca ha sido una opción.
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