Con menos trabajo y cuidados extremos, migrantes en Estados Unidos toman decisiones al límite para envío de remesas
El endurecimiento migratorio en Estados Unidos está cambiando la forma —y la cantidad— en que miles de ecuatorianos envían dinero a sus familias. En diciembre, el mes más importante del año para los giros, el temor a las deportaciones empezó a notarse en los bolsillos.

Una manifestante protesta contra las políticas migratorias en Estados Unidos en un barrio de Minneapolis, Minnesota, el 20 de diciembre de 2025. La marcha, con una temperatura de 12 grados centígrados bajo cero, fue realizada en una zona donde viven muchos somalíes y migrantes hispanos.
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AFP
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NUEVA YORK. A las siete y media de la mañana, cuando los primeros camiones descargan madera frente a Home Depot, Arturo ya está ahí, con un café en la mano y el teléfono listo. Espera clientes. Tres años atrás cruzó la frontera desde Ecuador, empujado por deudas que se le habían vuelto impagables. En su país había estudiado hasta segundo año de ingeniería civil; aquí se gana la vida haciendo plomería, gasfitería y arreglos de obra menor. Esa esquina fue durante años su oficina informal, el lugar donde construyó una red de clientes fijos que le permitía enviar dinero cada mes a su familia.
Este diciembre, sin embargo, la rutina se ha vuelto frágil. Arturo ya no se planta todos los días frente al local. A veces prefiere quedarse en casa y esperar que lo llamen. “Si estoy ahí parado y vienen los ‘del hielo’ y pasa algo, me agarran y me deportan. Prefiero moverme solo cuando ya sé que hay un trabajo”, dice. Ese cálculo cotidiano —salir o no salir— también decide cuántos dólares llegarán a Ambato. Los 'del hielo', como se habla en jerga hispana en estos momentos en Estados Unidos, son los agentes del ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.
En 2025, Ecuador recibió miles de millones de dólares en remesas (USD 7.916 millones según una proyección del BID), principalmente desde Estados Unidos, uno de los principales pilares de la economía familiar en el país. Datos oficiales del Banco Central muestran que los envíos aumentaron de forma considerable en 2025 frente a 2024, un fenómeno que algunos analistas atribuyen al temor de los migrantes ante cambios fiscales y migratorios en EE. UU.
Las deportaciones han sido un componente central de la política migratoria durante este año, con cifras oficiales que indican que más de 622.000 inmigrantes han sido expulsados del país y cerca de 1,9 millones han optado por autodeportarse antes de finalizar el año, según datos del Departamento de Seguridad Nacional (DHS). Además, la cantidad de personas en centros de detención gestionados por ICE ha alcanzado niveles récord este diciembre, superando las 68.000, un síntoma del incremento de la vigilancia y retención de inmigrantes.
Dinero que se mueve de formas distintas
En ese clima vive también Jacinto, guarandeño que lleva ocho años en Nueva Jersey. Él no dejó de trabajar, pero cambió su forma de enviar dinero. “Tengo un dinerito importante ahorrado”, cuenta, “Si me deportan, al menos la plata ya está allá. Lo voy mandando de poco, con cuidado, porque después creen que es plata malhabida”, dice y se ríe. La risa no oculta la cautela: sabe que cualquier movimiento financiero fuera de lo normal puede levantar preguntas. Prefiere enviar menos y más seguido, aunque eso signifique que en casa reciban los giros a cuentagotas.

El tercer rostro de esta historia es Ricardo. Durante más de un año trabajó a través de una agencia de empleos en una fábrica que procesa alimentos en Nueva Jersey. Pero desde hace tres semanas está suspendido. La razón, dice, no fue una falta laboral sino el clima de controles. Varias plantas redujeron turnos y cancelaron contratos temporales tras operativos migratorios en fábricas de la zona. Desde entonces vive de sus ahorros. En su casa, en Pastaza, ese ajuste se traduce en menos dinero para pagar deudas, servicios y las compras de fin de año.
“Antes, diciembre era el mes para mandar un poco más. Ahora tuve que guardarlo aquí por si esto se alarga”.
Ricardo, migrante ecuatoriano en Nueva Jersey
En el papel, las remesas hacia Ecuador siguen creciendo. El Banco Central y organismos internacionales proyectan un año récord, impulsado en parte por envíos adelantados ante el anuncio de un impuesto a las remesas que entrará en vigor en Estados Unidos. Pero las cifras agregadas no capturan lo que pasa en la calle. “Hay migrantes que envían más por precaución, y otros que envían menos porque trabajan menos o porque el miedo los mantiene lejos de los lugares donde solían conseguir empleo” admite una empleada de Macará Express, una agencia de envío de dinero en Nueva York.
Para Luis Hernández, analista de migración, diciembre de este año es especialmente revelador. “Coinciden tres cosas: más controles migratorios, cambios fiscales anunciados y una economía informal que depende de estar visible. Esa combinación empuja a mucha gente a esconderse un poco más, y eso se puede traducir en menos dinero enviado”.
En Ecuador, donde cientos de miles de hogares dependen de esos giros para gastos básicos, las variaciones mensuales importan. Un envío que no llega en diciembre puede significar una factura sin pagar o una compra que se posterga. Las familias no ven el total anual, ven lo que entra ese mes.
Arturo lo sabe. Por eso sigue contestando llamadas, aceptando trabajos a domicilio, tratando de no desaparecer del todo. “Es que ahora hasta trabajar se volvió una cosa que hay que pensar dos veces”.
En diciembre, cuando las familias en Ecuador esperan los giros con los que suelen cerrar el año; una parte de los migrantes que los envían se mueven entre horarios reducidos, contratos suspendidos y decisiones cotidianas sobre dónde estar y a qué horas. Una cadena de elecciones pequeñas que, sumadas, determinarán cuánto dinero logra cruzar la frontera este mes.
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