'Lo primero que hice fue pedir a mis hijas'; incertidumbre de residentes en Estados Unidos por trámites estancados de sus familiares
Retrasos consulares y nuevas exigencias están desordenando proyectos de vida ya armados y afectando de forma directa la economía y la estabilidad emocional de familias migrantes en Estados Unidos.

Patricia, ecuatoriana residente en Estados Unidos, trabaja ayudando en el cruce escolar, regulando el tráfico en las inmediaciones de varias escuelas en Nueva Jersey, mientras espera reunirse con sus hijas en Estados Unidos, que están pedidas.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. En Newark, una pareja de ecuatorianos vendió su auto en diciembre de 2024 para pagar tasas consulares, exámenes médicos obligatorios, traducciones y otros gastos administrativos. Uno de ellos ya es residente permanente y presentó la petición para su pareja, cuyo proceso sigue en fase consular. Más de un año después, la notificación final aún no llega. El carro ya no está y la vida cotidiana se reorganizó alrededor de un gasto que ya ocurrió, mientras su permanece detenido.
“Este tipo de situaciones se repite en la mayoría de los trámites avanzados”, explica Carlos Méndez, asesor de migración. “Cuando los procesos entran en la fase consular, incluso con el expediente completo, los tiempos dejan de ser previsibles”. Desde 2025, el sistema migratorio estadounidense sigue arrastrando un volumen histórico de casos pendientes, según datos oficiales de USCIS, y el propio Departamento de Estado reconoce que la programación de entrevistas depende de la capacidad operativa de cada consulado y de la disponibilidad de visas por categoría.
En Nueva Jersey, Patricia sostiene sola a sus dos hijas, que viven en Loja, mientras el proceso para traerlas sigue sin avances concretos. Llegó a Estados Unidos huyendo de una relación violenta y pasó años regularizando su situación migratoria. Hoy lleva casi nueve meses sin una actualización formal.
“Yo hice todo lo que tenía que hacer”. Aguanté lo que tuve que aguantar, saqué mis papeles y lo primero que hice fue pedir a mis hijas”.
Patricia, migrante ecuatoriana en Nueva Jersey, con permiso de residencia en Estados Unidos
Las decisiones cotidianas también quedan condicionadas. A Patricia le ofrecieron mudarse a Chicago por trabajo, pero su abogado le recomendó no hacerlo para no alterar el proceso. Tampoco puede cambiar de empleo, porque debe demostrar estabilidad como patrocinadora. “No puedo moverme, ni mejorar mi salario, ni planificar”, afirma. “Todo depende de algo que no controlo”.
La distancia no solo se mide en millas. Patricia ejerce la maternidad desde una pantalla. Habla con sus hijas cada noche, revisa tareas por videollamada y participa en decisiones cotidianas sin estar físicamente. Pamela Pérez, psicóloga, advierte que estas separaciones prolongadas generan una parentalidad fragmentada, donde la autoridad y el afecto se sostienen de forma virtual. En los niños puede aparecer ansiedad y dificultad para proyectar el futuro. En los adultos, culpa y frustración por no poder cumplir un rol completo.

Los planes de los que esperan en Ecuador, en duda
En Ecuador, esa incertidumbre también reordena vínculos y decisiones. “No se trata solo de cuándo viajar; hay personas que evitan comprometerse laboral o emocionalmente porque la salida sigue pendiente. La incertidumbre no congela únicamente el traslado, congela proyectos personales.
Las categorías de visa añaden otra capa de presión. “Las visas para familiares inmediatos de ciudadanos estadounidenses no están sujetas a cupos anuales, pero otras categorías familiares sí dependen de límites legales y de la demanda global”, agrega Méndez.
Ese diseño tiene efectos directos en la economía del hogar. Se prolongan las remesas, se sostienen dos casas con un solo ingreso y se acumulan gastos asociados al trámite que no se recuperan. Traducciones, tasas consulares, exámenes médicos y desplazamientos internos se repiten cuando las fechas se mueven.
Karina llegó a Estados Unidos hace doce años. Obtuvo la residencia permanente hace tres y lo primero que hizo fue iniciar el trámite para traer a su hija y a su nieta desde Guayaquil. Desde entonces, el proceso marcó el ritmo de su vida. Su hija mantiene un pequeño negocio en Ecuador con el dinero que Karina envía cada mes, pero incluso ese esfuerzo se ha visto golpeado. Ya han sido extorsionadas.
En este tiempo, ha gastado más de USD. 7.000 entre traducciones certificadas, honorarios legales y envíos de documentos. La entrevista consular sigue pendiente desde hace más de un año y, sin visa, su hija y su nieta no pueden viajar. “Solo queda esperar”, responde su abogado cada vez que Karina pregunta cómo avanza el proceso. Mientras tanto, la habitación que preparó en Queens permanece lista y cerrada. Ella revisa su correo cada día sin perder la ilusión de encontrar una señal que mueva la línea de tiempo.
Durante 2025, el Departamento de Estado ha reiterado que los plazos publicados son solo estimaciones y que la capacidad consular sigue bajo presión. Para las familias, esa aclaración no ofrece alivio. Implica convivir con procesos abiertos y decisiones suspendidas.
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