Volvieron a Ecuador tras un proyecto migratorio fallido en España y ahora son emprendedores
Un plan de retorno para migrantes incluye una entrega de capital semilla con fondos de España, de otros países europeos y la gestión de una ONG ecuatoriana. Ahora, tres ecuatorianos cuentan con pequeños emprendimientos y un nuevo plan de vida, de vuelta en Ecuador.

Jefferson regresó de España, en donde le hicieron un trasplante de médula por su leucemia. Con un capital semilla de 6.400 dólares, pudo montar en Ecuador una pequeña planta de purificación de agua.
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MADRID. El retorno migratorio desde España es discreto, no hay aviones con personas maniatadas que aterrizan deportadas —aunque en el pasado sí existieron los llamados “vuelos de la vergüenza”—. El número de personas que ahora vuelven a Ecuador tampoco resulta llamativo. El Censo de 2022 registró 24.941 personas que regresaron al país después de vivir en el extranjero; de esos, el 19,2% lo hizo desde España, es decir, casi 4.790 personas.
Detrás de esas cifras están tres dueños de negocios levantados con un capital semilla que entrega la Asociación Rumiñahui gracias al Estado español y a fondos europeos. Se trata de una lavandería, una purificadora de agua y una carnicería que forman parte de ese tejido discreto de emprendimientos que empujan las manos migrantes de ecuatorianos retornados. Su proyecto migratorio en España terminó, pero consiguieron literalmente el boleto de vuelta para empezar otra vez.
Una madre que decidió regresar porque no pudo reagrupar a su hijo
Detrás de la lavandería está una mujer de 53 años que tuvo dos vidas migratorias en España: la primera entre 1999 y 2009; la segunda, mucho más breve, entre 2024 y 2025, cuando descubrió que el país al que regresaba ya no era el mismo.
Volvió al norte de Ecuador en junio de 2025, después de pasar un año en Madrid intentando repetir una historia migratoria que, dos décadas atrás, había funcionado.
“Yo me fui en el 2024 con la intención de llevar a mi niño, pero fue un poco difícil. Ya todo había cambiado”, dice. Su plan era reagrupar a su hijo adolescente, que se quedó en Ecuador con su padre.

Pero en el Madrid que encontró —caro, saturado y cada vez más exigente con los papeles— lo primero que escaseaba era la vivienda. El alquiler de un piso se convirtió en un obstáculo casi imposible.
Mientras tanto, el trabajo aparecía de forma intermitente: fines de semana en una chocolatería y turnos entre semana como empleada interna o limpiando oficinas. También había otro problema menos visible: la edad.
“Está bien feo en Madrid para los mayores de 50 años, los empleadores quieren gente joven”.
Ecuatoriana que retornó desde España
“Yo no aguanté más, o sea, mi angustia más grande era que mi hijo estaba solo”, dice ahora que está de vuelta y obtiene su sustento de una lavandería donde también hace pequeños arreglos de ropa.
Con el apoyo de la Asociación Rumiñahui —que le facilitó el pasaje y cerca de 6.000 dólares para iniciar un negocio— abrió una pequeña lavandería cerca de una estación de policía y de los bomberos en la ciudad fronteriza con Colombia donde nació. Su regreso tampoco fue sencillo. Emprender en Ecuador, dice, implica navegar una maraña de trámites. “En Ecuador es muy difícil. Hay mucha traba, mucha burocracia”.
Jefferson: el retorno de un sobreviviente de leucemia
Jefferson nunca soñó con emigrar. Su viaje a España empezó con un diagnóstico. A los 27 años le detectaron leucemia mieloide aguda, un tipo de cáncer agresivo que exige un trasplante de médula para sobrevivir.
En Ecuador no apareció ningún donante compatible. La única alternativa fue viajar a España gracias a un convenio entre el sistema de seguridad social ecuatoriano y hospitales españoles.
“Yo viajé más a España por temas de salud porque a mí me dio leucemia”, cuenta. En enero de 2024 llegó a Pamplona, donde los médicos le realizaron un trasplante haploidéntico, un procedimiento que utiliza células madre parcialmente compatibles.

“Mi caso era un poco especial porque yo no tenía donante de médula y el trasplante tenían que hacerlo de ley en España”. Durante casi diez meses su vida se redujo a un hospital, controles médicos y pequeñas caminatas por parques cercanos cuando el cuerpo se lo permitía.
“Salí bien del trasplante, entonces la clínica ya me estaba devolviendo para acá a Ecuador”, dice y confiesa que estaba abrumado con las deudas y que no podía volver a su antiguo trabajo.
Antes de enfermar era mensajero en una agencia de aduanas en Ecuador, un empleo físico que ahora su cuerpo no puede sostener. El programa de retorno le permitió montar una pequeña planta purificadora de agua en su barrio con 6.400 dólares de capital inicial.
“Fue una bendición de Dios para mí esto. Nadie me iba a dar trabajo porque yo soy una persona delicada”, cuenta desde el pequeño local donde rellena tanques de agua para vender.
Michelle: esperando el vuelo de regreso
Michelle Paz tiene 23 años y todavía no ha regresado. Pero su retorno ya está en marcha. Cuando habló para este reportaje estaba en Las Palmas de Gran Canaria, esperando la aprobación final de su plan de negocio.
Su historia también empezó con una despedida familiar. Dejó en Ecuador a su hija Montserrat, que entonces tenía tres años y, aunque intentó traerla a España, no pudo.
“Lo que más quiero es ya estar con mi hija”, dice esta joven que no tiene reparo en compartir su nombre.

Llegó a España en marzo de 2024 con visa de turista y encontró trabajo cuidando personas mayores, pero nunca logró regularizar su situación.
“España para mí ha sido la experiencia más bonita de mi vida, donde he madurado”, asegura. Su plan ahora es volver a Quito y abrir una carnicería. El negocio tiene incluso nombre: El Corte Secreto. No es una idea improvisada. Antes de migrar ya había trabajado en el sector.
España, dice, también le devolvió una confianza que había perdido tras una relación de pareja que salió mal. “España me ha dado esa fuerza de decir, ‘No, yo como mujer lo puedo hacer y lo quiero hacer’”. Solo falta la última confirmación administrativa. “A finales de este mes o comienzos del próximo yo ya podría retornar a mi país”, dice.
Un programa pequeño detrás de muchos regresos
La Asociación Rumiñahui gestiona estos retornos desde España. El apoyo incluye el billete de avión, hasta 6.000 euros (USD 6.880) para iniciar un negocio y una pequeña ayuda económica para la familia. Pero el alcance del programa es limitado. Cada año pueden financiar entre 10 y 12 proyectos productivos.

“El programa tiene 100.000 euros (USD 114.700) y en 10 personas se gasta eso porque es la iniciativa productiva de 6.000 euros más los billetes de avión, y cuando la familia es numerosa se van casi 2.000 euros en el dinero que llevan en bolsillo”, explica su presidente, Vladimir Paspuel.
Paspuel recuerda que, cuando el programa de retorno comenzó hace 15 o 16 años, dentro de la organización no estaban de acuerdo con la idea de que la gente regresara. En ese momento la situación económica en España era muy difícil y muchos migrantes no podían vivir ni sostenerse. “Lo veíamos como si fueran personas desechables”, dice.
Para ellos era una situación dolorosa y difícil de aceptar, porque interpretaron la política de retorno como parte de una lógica europea en la que, si ya no eras productivo, debías marcharte.
La organización también acompaña a los retornados después del viaje, con apoyo de la Fundación Vista para Todos en Ecuador. “Nuestra contraparte allí es la Fundación Vista para Todos, ellos llegan y ven en territorio si la idea de negocio puede asentarse”. Aun así, el éxito nunca está garantizado. Paspuel calcula que alrededor de la mitad de los 260 negocios impulsados en los últimos quince años siguen funcionando.
Volver no siempre es una elección
Los estudios sobre retorno migratorio coinciden en algo: la reunificación familiar es la principal razón para regresar, con casi el 59% de los casos, según el informe Regreso y reencuentro publicado en 2025 por el Instituto Nacional de Estadística y Censos. Todos los entrevistados para este reportaje encajan en esa estadística. La dueña de la lavandería regresó porque su hijo adolescente estaba solo. El sobreviviente de cáncer también volvió para seguir sosteniendo a su propio hijo y Michelle quiere recuperar el tiempo perdido con su niña. En los tres casos, el emprendimiento aparece como una salida cuando otras puertas se cierran: la edad, la salud o la falta de papeles.
Cuando se miran de cerca las cifras del retorno migratorio, los números dejan de ser abstractos: detrás de cada uno hay una historia que empieza con un vuelo de regreso y continúa con algo más difícil que migrar: volver a construir la vida desde cero en el lugar del que un día se partió.
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