La procesión del Cristo del Consuelo refleja seis décadas de transformación del suburbio de Guayaquil
La tradicional caminata de Viernes Santo surgió en 1960 en el suroeste de Guayaquil en un barrio levantado sobre esteros, manglares y terreno pantanoso. La procesión entraña una manifestación de fe, gratitud y pertenencia para más de 500.000 fieles.
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En el suroeste de Guayaquil, donde hoy convergen avenidas, se aprietan miles de viviendas y multitudes de fieles abarrotan las calles cada Semana Santa, alguna vez hubo esteros y manglares, caminos de lodo y tierra. En ese entorno nació -en 1960- una de las expresiones de fe más emblemáticas de Ecuador: la procesión del Cristo del Consuelo, que este 2026 cumple 66 años de historia.
Lo que comenzó como una caminata vinculada a la colocación de la primera piedra de un santuario en un barrio recién formado, sobre un terreno pantanoso rellenado con los años, se ha transformado en un “río humano” que congrega a más de medio millón de personas cada Viernes Santo.
De una ermita de caña a una procesión multitudinaria
El origen de esta tradición está ligado al propio crecimiento del suburbio oeste de la ciudad, levantado desde 1954 en terrenos de la antigua hacienda La Chala. En ese contexto, misioneros liderados por el padre español Ángel María Canals llegaron al lugar poco después e impulsaron la construcción de una humilde ermita de caña guadua.
“La primera procesión se hizo en 1960, inicialmente no por Semana Santa, sino para conmemorar la primera piedra del santuario”, explica el padre Benigno Reyes, de 94 años, uno de los párrocos del Cristo del Consuelo y una de las figuras más queridas por los fieles. Ahora el templo cuenta con dos torres, tres cámaras y 227 bancas, en una iglesia que celebra misas masivas por estos días.
Con el paso de los años, la caminata adoptó el sentido del Vía Crucis de Viernes Santo, incorporando las 14 estaciones que recuerdan la pasión de Cristo. Desde entonces, su crecimiento ha sido sostenido, impulsado por la fe popular, dice el religioso colombiano, con más de 13 años en la parroquia del Cristo del Consuelo, en el Suburbio de la ciudad.
“Esto lo ha hecho la fe de la gente”, resume el sacerdote, quien recuerda que el sector “era puro barro y pantano” y que en los inicios los misioneros claretianos incluso tuvieron que celebrar misas en una capilla rodante montada sobre un vehículo, por la dificultad del terreno. Muchas casas se levantaban aún en palafitos sobre el Estero.
“Viendo cómo era la cosa, el obispo le dijo al padre Canals: ‘No tengo más que darle sino cielo y lodo; barro nomás. Y montaron una capilla rodante en un jeep Land Rover”, relata el nonagenario religioso, quien ya había visitado la parroquia del Cristo del Consuelo en 1964.
Una comunidad necesitada de consuelo
- La imagen del Cristo, réplica tallada por el artesano Julio Rosendo Sinchi en Cuenca, llegó a la ciudad pocos días antes de la primera procesión, que partió desde la iglesia en Lizardo García y calle A, atrayendo a unos 2.000 fieles.
- La imagen es una réplica de un Cristo que se encuentra en palacio de La Granja, una de las residencias de la familia real española en Segovia (España), dice el padre Reyes. El propio simbolismo de la imagen -un Cristo doliente, con la mirada elevada- fue concebido en ese contexto de necesidad en un "entorno de gente pobre, que clamaba por ayuda y por piedad”.
- Por más de cinco décadas la procesión concluyó en la parroquia vecina de Espíritu Santo, hasta 2017 cuando el Municipio de Guayaquil levantó un monumento gigante al Cristo en el Cisne II, en donde ahora concluye la caminata, de 2,5 kilómetros.

“Cada año el Señor llama a más gente”
Entre quienes han seguido esta tradición desde la infancia está Martha Yanqui Valle, feligresa del sector, de 66 años, quien asegura que la devoción al Cristo del Consuelo ha acompañado su vida desde que tenía ocho años y asistió a su primera peregrinación.
Ella también dice que en aquellas primeras romerías el entorno era muy distinto y recuerda que solo había una franja de tierra, que hacía de calle. “Los carros se quedaban afuera y la gente tenía que caminar. Entonces imagínense el tumulto”. dijo. “Cada año el Señor llama a más gente”.
Para ella, la procesión tiene un profundo sentido espiritual. “Soy devota porque el Señor a uno le habla, lo llama, lo consuela, lo abraza cuando uno está necesitado de él”, afirmó. Y añadió que participar es también una forma de gratitud: “La procesión es un acto de penitencia, de amor, de darle al Señor lo que él me da también durante todo el año”.
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