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Una Habitación Propia

¿Y si John hubiese matado a Lorena?

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

26 nov 2020 - 19:00

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Esta semana, a propósito del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el magnífico podcast Radio Ambulante publicó una crónica de Lissete Arévalo titulada Lorena, mi mamá y yo en la que la periodista cuenta la historia de la ecuatoriana más famosa del mundo, Lorena Gallo –Lorena Bobbitt, Lorena de Bucay, nuestra Lorena–, entrelazándola con la de su mamá y, como suele pasar con las historias de nuestros padres, con la suya propia. 

Arévalo hace un viaje al pasado y a la distancia, a Virginia, Estados Unidos, donde en 1993 una jovencita de origen ecuatoriano, víctima de violencia, castró a su marido y se hizo famosa en todo el planeta, pero por las razones equivocadas. 

En el episodio escuchamos a la propia Lorena contar su historia: del amor loco que sintió por ese marine llamado John, que la llevó a desoír a todo el mundo y casarse con él, a los años de maltrato, violaciones, vejaciones y humillación que vivió a su lado hasta esa noche de 1993. 

¿Por qué me haces esto una y otra y otra vez? 

Escuchamos la suave voz de Lorena Gallo recordando la noche en la que su entonces marido, borrachísimo, le rompió la ropa interior y la violó como era su costumbre. Lo que vino después todos lo sabemos: el cuchillo, el levantar de la sábana, el tajo. 

Y también lo demás: las burlas en prime time, los chocolates en forma de pene y las camisetas con mensajes de doble sentido que se vendían afuera de la corte, la ridiculización de la violencia cotidiana que había sufrido Lorena para terminar haciendo lo que hizo.   

El mundo se las arregló para convertir a una superviviente en un hazmerreír y nadie dijo lo esencial: si John hubiese matado a Lorena hoy nadie la recordaría, sería un número más en la lista de crímenes pasionales, eufemismo ridículo con el que se catalogaban los feminicidios hasta hace muy poco. 

Arévalo cuenta, cita, recoge. Va y viene, pasado y presente, distancia y cercanía, y, luego de contarnos la historia de Lorena, nos invita a pasar a su casa, a su intimidad, para escuchar a su mamá contar la suya. 

No debe haber sido fácil. Para las que nos dedicamos a luchar contra el machismo, la violencia que nuestros padres han ejercido contra nuestras propias madres es una espada que siempre tendremos atravesada en el corazón, un duelo que no acaba. 

Pero también el motivo. La fuerza mayor.

En el momento más emocionante de la crónica, hermanadas como las supervivientes que son, las distancias entre Lorena y la madre de la periodista se rompen gracias al teléfono. Se declaran admiración mutua, se abrazan en las palabras, se agradecen. 

Para muchas mujeres, como la madre de Arévalo, Lorena, esa jovencita emigrante que solo quería ser feliz, fue y es un símbolo del horror y también de la salvación. 

La reflexión que deja Lorena, mi mamá y yo es que lo que hizo Lorena Gallo hace ya casi treinta años ha servido para que miles y miles de mujeres se alejen de los hombres que quieren destruirlas y para darle un nombre y un lugar a la violencia dentro de los hogares, un crimen que, como este caso demostró, hasta los años noventa daba pie al humor y no al espanto.

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