¿Por qué hay tan pocos zurdos? Un enigma de la humanidad que la ciencia intenta explicar
Solo una de cada 10 personas en el mundo es zurda. Los diestros son una mayoría absoluta en toda época estudiada, algo que la ciencia llama "preferencia poblacional” y que no se repite en otras especies. Los científicos llevan años buscando una explicación, con pistas en torno a cómo se desarrolló el lenguaje.

El músico Paul McCartney, exintegrante de The Beatles, es uno de los músicos zurdos más famosos de la historia. En la imagen, durante un concierto al pie del antiguo Coliseo, en Roma, el 11 de mayo de 2003.
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AFP
Autor:
Patricia Fernández de Lis
Actualizada:
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Hay un número que los neurocientíficos llevan décadas mirando con fascinación y perplejidad: 90. Es el porcentaje de humanos que, en cualquier cultura, época estudiada y rincón del planeta, usan preferentemente la mano derecha. Ese 90% es una cifra tan estable, tan universal, tan redonda y tan extraña que la pregunta siquiera no es por qué existen zurdos. Es por qué hay tan pocos, y de forma tan consistente, en el tiempo y en el espacio.
La lateralidad manual, es decir, tener una mano buena y una mano tonta, como decimos coloquialmente, no es exclusiva de nuestra especie. Los gatos tienen una pata favorita y los loros sostienen la comida siempre con la misma. Casi todos los animales con cerebro tienen algún sesgo que orienta su actividad un lado u otro. Lo verdaderamente extraño de los humanos es que casi toda la especie se inclina hacia el mismo lado desde nuestros mismísimos orígenes. “Lo llamamos preferencia poblacional”, explica Miquel Llorente, investigador de la Universitat de Girona especializado en etología comparada y evolución del lenguaje. “No es que cada individuo tenga su mano favorita, eso pasa siempre, sino que casi todos los individuos de la especie comparten la misma. En los chimpancés, por cada zurdo hay dos diestros; en nosotros, por cada zurdo hay ocho o nueve. Es ese salto el que pide explicación y no hay todavía una respuesta clara”, cuenta.
Los científicos llevan años buscando esa explicación, que no tiene una sola causa. Es una amalgama de varias de ellas, entrelazadas a lo largo de millones de años.
La lateralidad manual es, ante todo, una historia de cerebros. Aunque los dos hemisferios parecen gemelos a simple vista, en realidad reparten el trabajo de forma muy desigual: el izquierdo se ocupa preferentemente del lenguaje; el derecho, de tareas como reconocer caras u orientarse en el espacio. En más del 95% de los diestros, el lenguaje vive en el hemisferio izquierdo. La mano y el habla, en el cerebro humano, viajan juntas.
Esa conexión es la pista más interesante que existe hasta ahora sobre por qué existe esa cifra tan estable de diestros humanos. “La hipótesis que tiene más fuerza hoy es que el lenguaje no nació hablando, sino gesticulando”, dice Llorente. “Los signos manuales habrían sido la primera forma de comunicación compleja entre nuestros antepasados, y solo más tarde pasaron a la voz”. Como los gestos los hacemos preferentemente con la mano derecha, gobernada por el hemisferio izquierdo, ese mismo hemisferio se habría especializado en mover la mano hábil y en hablar al mismo tiempo, añade el experto. Las áreas cerebrales del lenguaje y las del control de la mano derecha no solo están relacionadas: están literalmente pegadas, compartiendo circuitos.
Los loros, que también son animales muy vocales y comunicativos, son casi la única especie no humana donde se observa algo parecido a esa asimetría poblacional. La coincidencia no parece casual.
La bola de nieve
¿Cómo sabemos que esta lateralidad se ha mantenido durante millones de años en nuestros ancestros? Los cerebros de nuestros antepasados no se conservan, pero el cráneo sí deja una huella interna (el endocráneo, una especie de molde del cerebro impreso en el hueso) que permite reconstruir su forma y sus asimetrías. Ya en los australopitecos, hace tres o cuatro millones de años, el cerebro no era simétrico. Cuando aparecen las primeras herramientas de piedra trabajadas, hace unos dos millones y medio de años, esas asimetrías se acentúan. Y por la forma en que están talladas las lascas más antiguas, los arqueólogos pueden deducir que la mayoría de aquellos homínidos golpeaba con la mano derecha.
Fabricar herramientas exige una coordinación muy precisa: una mano sostiene, la otra golpea con un ángulo, una fuerza y una secuencia determinados. Y eso se aprende viendo a otros, lo que añade una capa cultural. Herramientas, gestos, lenguaje, enseñanza entre generaciones… “La imagen que mejor funciona no es la de una causa única, sino la de una bola de nieve”, dice Llorente. “Empezamos con un sesgo diestro suave, parecido al de los grandes simios actuales”, añade. La marcha bípeda, las herramientas, los gestos comunicativos, el lenguaje y la cultura fueron añadiendo capas una sobre otra durante millones de años, explica el investigador. Y al final del proceso: nueve de cada diez personas diestras, en cualquier rincón del mundo.
¿Y los genes?
Todo esto ocurrió porque algo en nuestra biología lo permitió y lo favoreció. Así que una de las ideas de la ciencia ha sido tratar de identificar exactamente qué genes están detrás de la lateralidad. Pero la investigación ha resultado mucho más complicada de lo que los científicos esperaban.
“Cuando empecé a trabajar en esto, pensábamos que encontraríamos quizás 10 genes que lo explicaran todo”, cuenta Silvia Paracchini, genetista de la Universidad de St. Andrews (Escocia) que lleva años estudiando la lateralidad y su relación con el lenguaje y la dislexia. Hace años su equipo identificó el gen PCSK6 como un candidato prometedor. Después llegaron estudios con más de un millón de personas, y el panorama se complicó: aparecieron 42 genes superando el umbral de significación estadística, y aun así, no explican todo. “La biología es complicada”, dice Paracchini. “Y cuanto más sabemos, más apreciamos esa complejidad”.
Lo que sí empieza a dibujarse es qué tipo de biología está implicada en la lateralidad. Varios de esos genes tienen que ver con los cilios, pequeños orgánulos celulares implicados en establecer la asimetría izquierda-derecha del cuerpo desde las primeras fases del desarrollo embrionario. También aparecen genes relacionados con el neurodesarrollo, y una relación llamativa con variantes asociadas a condiciones como la dislexia, el autismo o la esquizofrenia. El efecto es pequeño —ser zurdo no aumenta significativamente el riesgo de nada—, pero la señal es consistente: los mismos circuitos biológicos que establecen qué lado es izquierdo y qué lado es derecho en el cuerpo parecen estar conectados con cómo se organiza el cerebro para el lenguaje.
¿Por qué no somos todos diestros?
Queda la pregunta más contraintuitiva: si ser diestro es tan ventajoso, ¿por qué no desaparecieron los zurdos hace millones de años? Una de las hipótesis más ingeniosas viene de la teoría de juegos: ser zurdo tiene una ventaja táctica en el combate cuerpo a cuerpo, precisamente porque es inesperado. Un diestro entrenado a pelear contra otros diestros se desorienta ante un zurdo, como bien saben los fans de 'La princesa prometida', donde un duelo entre dos míticos espadachines zurdos se vuelve aún más interesante cuando ambos confiesan estar usando la mano mala. Pero esa ventaja solo funciona mientras los zurdos sean minoría: si todo el mundo fuera zurdo, la sorpresa desaparecería. Así que la evolución habría encontrado así un equilibrio estable en torno al 10%. Que los zurdos estén sobrerrepresentados en deportes de contacto como el boxeo o la esgrima (entre el 13% y el 20%, según los estudios) le da cierto respaldo empírico a la hipótesis. Aunque sigue siendo solo eso: una hipótesis.
Casi todo en este campo sigue, en realidad, siendo materia de debate. “La lateralidad manual parece sencilla porque es binaria: o izquierda o derecha”, reflexiona Paracchini. “Eso hace que todo el mundo piense que debería ser fácil de explicar. Pero resulta que es una de las ventanas más complejas y fascinantes que tenemos para entender cómo evolucionó el cerebro humano.” Una mano tonta, una mano buena, y dos millones de años de preguntas que aún siguen sin respuesta definitiva.
Contenido publicado el 1 de agosto de 2026 en El País ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.
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